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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Fuera del mundo


Al borde mismo de cumplirse  los veinte años de la publicación en Planeta de Fuera del mundo, original de Luis Antonio de Villena, Cabaret Voltaire la reedita para solaz de las nuevas generaciones de lectores que entonces, o eran niños, o estaban por nacer.

Aunque me considero lector fiel de la obra de Villena, esta novela no llegó a mis manos en su momento ─en aquellos años el que andaba  fuera del mundo era yo─ por lo que para mí, éste ha sido mi primer contacto con ella. Y esta circunstancia, me temo, ha resultado un hándicap  al planear sobre  mí  durante toda su lectura una sensación de déjà lu bastante irritante, debido, sobre todo, a  mí conocimiento casi total de la obra posterior de su autor.

No voy a descubrir el mundo a estas alturas si digo que Villena, aparte de su prolífica labor en otros ámbitos literarios, como el ensayo o las traducciones en los que ha alcanzado cotas de  excelencia, es sobre todas las cosas un gran poeta y esta vocación en su obra como prosista, a veces, esta vocación le lastra: las convenciones de la novela son en la mayoría de los casos distintas a las reglas de la poética y se rigen por parámetros distintos, y muy raramente, se halla una conjunción perfecta entre ambas ramas. El material del que se nutre Fuera del mundo es estrictamente literario, como lo son las estímulos  que mueven a sus  tres protagonistas principales: Álvaro, Carlos y María, tres jóvenes estudiantes de letras que viven una especie de menage à trois lírico e iniciático que les lleva a compartir sus vidas en el descubrimiento de la amistad, el sexo, las drogas. Pero, sobre todo, es la crónica  puntual de un particular y literario descenso a los infiernos de uno de ellos, el joven poeta Álvaro Alba, muerto a los 22 años tras pasar por el mundo casi de puntillas y sin dejar demasiado rastro, si exceptuamos el dejado en la vida de las personas que le rodean. Penúltimo o antepenúltimo arquetipo del romántico tardío  ─cuando le conocemos a través de Carlos lleva en su mano un ejemplar del Conde de Lautrémont─, Álvaro se va a nutrir de la obra de Novalis, de Baudelaire, Rimbaud, Monherlant y, buceando un poco más, tal vez de Goethe. Y me temo que si el joven lector que se acerca  a la novela  en la actualidad  no va pertrechado de este bagaje intelectual le va a ser bastante arduo comprender las razones que llevan a Álvaro a tomar su drástica decisión final a pesar de los esfuerzos del autor por huir del esquematismo  argumental dando pistas del comportamiento de su protagonista a  través de los dos cronistas que se intercalan en la narración: uno omnisciente; y otro, Carlos, que relata en primera persona sus impresiones y aventuras junto a su amigo.

Por lo demás, la novela, escrita con el cuidado y mimo de alguien que conoce el valor de las palabras ─y Villena ha dado muestras suficientes de ambas cosas a través de su dilatada carrera─, sigue manteniendo su lozanía pese a los veinte años pasados desde su escritura, y para  el joven lector de hoy  puede ser un libro referencial de una cierta forma de entender la vida por parte de aquellos jóvenes que entraban en la vida ─y de la que algunos de ellos, como el protagonista, salieron precipitadamente─ en los ya  lejanos finales de los setenta del pasado siglo.




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