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Los viajes

de Sara Gutiérrez

PUNO - CUZCO (I)

OTROS DESTINOS


Volamos al otro lado del Atlántico con la intención de recorrer el sur de Perú a nuestro aire, pero el sistema peruano de acogida turística es de lo más encorsetado que he vivido después del rígido régimen soviético de visados internos. Puedes entretenerte organizando tu viaje, pero al final, irás con un grupo, quieras o no quieras. Incluso han convertido los autobuses de línea para foráneos en autocares de excursión. Un ejemplo clarísimo es el trayecto Puno-Cuzco.

Nosotras escogimos para la ocasión la compañía que en el mundo virtual nos transmitió mayor confianza, y he de decir que en el mundo real no nos defraudó. Me estoy refiriendo a Inka Express.

Tuvimos la suerte de que nos acomodaran en la primera fila del piso superior, así que no perdimos detalle del recorrido, amenizado desde el minuto cero por un experto animador turístico, Hugo.

Apenas a una hora de Puno, atravesamos Juliaca, también conocida como la ciudad de los vientos. No sé si será cierto que circulan por sus calles 25.000 cholotaxis, pero cierto es que desde la altura de nuestro asiento sus calles parecían un hormiguero animado por caóticas líneas de gentes y vehículos en movimiento.


Al igual que ocurre en otros países, por ejemplo, Jordania, prácticamente todas las casas están a medio hacer, y no es porque realmente haya un boom de la construcción: es una treta para no pagar impuestos, así, habitando la casa sin terminar, pagan por el espacio pero no por el edificio. La globalización también lo es para las cosas de la picaresca, está claro.

Después del bullicio de Juliaca, nos esperan enormes llanuras amarillas rodeadas de montes pelados. De tarde en vez, vemos algún que otro rebaño de ovejas , y muy pocas aves.



Han pasado casi dos horas cuando hacemos la primera parada, es en Pucara, también conocida como la tierra del torito, por la figura que adorna los tejados de casi todas las casas. La tradición manda inaugurar las viviendas con una gran fiesta y colocar el torito, así que intuyo que los pucarienses han de ser muy amantes de la juerga para pagar más impuestos que el resto de los peruanos, solo por el placer de colocar un torito en el tejado. Claro que ese torito es símbolo de fertilidad, protección a la familia, buena suerte y dualidad.

La visita al Museo de Pucara resulta agobiante. Hay tanta gente (todos los autocares han salido de Puno a la misma hora y, por tanto, todos los turistas estamos rentre las cuatro paredes del Museo) que da la sensación de que de un momento a otro el Museo puede reventar, saltando por el aire sus tabiques como lo harían los botones y costuras de un chaleco mil veces heredado.


No dudo del interés de las piezas preincas que expone, pero es imposible apreciarlas en todo su valor. Un humilde consejo: escalen las salidas de Puno, no tiene sentido embutir cientos de turistas en decenas de metros cuadrados para que suden, se empujen, y no vean nada memorable.

En fin, de las notas que tomé, deduzco ahora: el Museo tiene unos 10 años y muestra elementos del complejo arqueológico de Calasaya, cuyas excavaciones comenzaron en 1923. La representación más frecuente es el pezgato, del que dicen que cuando mueve los bigotes poco antes de que llegue la lluvia. Nos dice el guía que no es un animal mitológico, que los hay en el lago.


Pukara - Iglesia de Santa Isabel

Estos hombres que vivieron entre 5.000 y 1.000 años aC. incluyen jaguars en sus representaciones, lo que hace suponer que conocían a la selva.

Si lo entendí bien, los pukara desaparecieron a manos de los tihuanacos, que dieron lugar a la nación aimara al conquistar al resto de grupos. Después vendrían los incas. Y más tarde los españoles.

Nos cuentan que la torre de la de Santa Isabel (1680) permanece inacavada como muestra de la rebelión de estas gentes contra la conducta violenta de los conquistadores españoles.

Al regresar al autocar, nos ofrecen de nuevo mate de coca. Ya casi nos hemos olvidado del mal de altura, pero estamos ahí, a miles de metros sobre el nivel del mar.

Pasto y barro es cuanto vemos a los lados de la solitaria carretera, rebaños pastando y hombre haciendo ladrillos.


Estiramos las piernas en La Raya, el punto más alto, en medio de las cordilleras oriental y occidental de los Andes.

De haber ido en coche, nos habríamos dado un chapuzón en los concurridos Baños del Inca, a diez minutos de La Raya.

En veinte minutos, descendemos 1.000 metros, y entramos en el Valle de Cuzco, donde la agricultura cobra importancia. A medida que avanzamos, los espacios entre las montañas se hacen más pequeños y menos áridos. Hay riachuelos, y aparece el verde y los árboles. Se acabaron las interminables rectas sobre la llanura, el camino se ha hecho muy sinuoso.


A mediodía nos detenemos para comer en un restaurante-mercadillo-buffet, y vuelven los apretones (menguados) del museo. La comida, como las entradas a los museos, está incluida en el billete.

El recorrido de la tarde lo dejaremos para la próxima semana.

Las fotos las hicimos a medias, Eva Orúe y yo misma. 

OTROS DESTINOS

PERÚ EN DIVERTINAJES

Preparación del viaje
Lima: Miraflores y Barranco
Lima: Centro histórico
Oro y chifa
Paracas: Islas Ballestas y Reserva
Nazca y sus inquietantes líneas
Arequipa
Conventos arequipeños
Cañón del Colca
Puno y el Lago Titicaca
Amantaní
Taquile
Puno-Cuzco (I)
Puno-Cuzco (II)
El valle sagrado de los incas
La Plaza de Armas de Cuzco
Más Cuzco
Por fin... Machu Picchu




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