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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Bendita inocencia


El segundo largometraje de Brad Furman es un tan efectivo como impersonal thriller judicial que consigue su único propósito: entretener. No logra, en cambio, convencer de la historia que  nos cuenta y tampoco  los actores consiguen  hacer verosímiles los personajes que interpretan.

Así, Matthew McConaughey en el papel de un abogado soberbio especializado en defender a pequeños delincuentes ante una voraz maquinaria represiva parece una mala copia de Christian Bale en American Pyscho y Ryan Phillippe y Marisa Tomei se limitan a desempeñar con dignidad sus papeles ambivalentes.

El inocente se apoya en una trama compleja pero poco original, con un guión astuto. El realizador se revela como un hábil contador de historias mezclando unos elementos tomados del thriller y otros del cine negro sobre la corrupción y la apatía  de aquellos, bajo sus uniformes, dicen protegernos. Una versión viril y aún mas deleznable del mundo de Ally McBeall y Comisaria de guardia.

El filme en sus mejores momentos se acerca al policiaco europeo y en los peores, a las series de la televisión estadounidenses, con sus diálogos afilados pero poco o nada novedosos, su atmosfera turbia y sus tramposos pero agudos giros argumentales. Si algo coloca a El inocente por encima de otros filmes de su género, es la mirada ácida sobre el mundo de las leyes y el orden y las excentricidades de algunos de los personajes, ya que un montaje hábil no basta para convencer de que el director cree realmente en su historia.

El inocente muestra cierta tendencia del cine de Hollywood a aproximarse con cautela al cine independiente, lanzando algunos puyazos a las instituciones y saltándose algunas reglas de la narración convencional, pero refuerza la imagen de ciertos  personajes cercanos al arquetipo, y con un estilo visual algo chirriante y tremendista que —a pesar de las ráfagas de ironía y talento— provoca el progresivo desapego del espectador hacia el relato.




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