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El pizarrín

Javier Goñi

Bola de Villar


Di Stéfano con camiseta del Barça.

Déjenme que les diga que el 22-M acaba la Liga, y no sé si más cosas, pero yo ando, los días previos de reflexión, con Patxo y con Petón, y con la bola de villar. Verán. Todo empezó un domingo, el anterior,  temprano, a buena hora, bajé a por mi papel habitual, y me encontré el artículo, “Un chamán de feria”, de Javier Marías amenazando  –o amagando– con irse a otro equipo, a otros colores, por culpa de Mourinho, ese legionario o acaso costalero, que puede hacerle un siete a la camiseta blanca o darle días de gloria y cólera a la venerable institución. Hala Madrid. Uno, que es de otro, suscribe las palabras de Marías de la cruz a la firma. No le sobra nada, a Marías, al Madrid, Mourinho, y a Mourinho, todo. Es opinión.


Pichichi, retratado por Aurelio Arteta.

La cosa es que seguía siendo temprano el otro domingo y me dio por ponerme a ojear, y hojear, dos libros que Silvia Fernández, esa eficacia de roca basáltica, granítica, me había enviado unos días antes, dos libros que inician un nuevo  sello, Córner Roca Editorial. Uno es de Patxo y el otro de Petón. Apasionantes los dos. Verán. En el de Patxo hay una errata deliciosa en la página 35, que viene que ni pintiparada para hablar –como es mi intención, en este final de Liga 2010-2011, Barça, Barça, Barça– de fútbol. Rescatando Patxo un viejo perfil aparecido en El País hace 20 años sobre Zarra, aquel mítico gol que igual se lo inventó Matías Prats porque sólo había radios entonces y los equipos no tenían páginas webs y, por tanto, no se sabía si donde se decía “mono” se quería decir “mucho morro”, o al contrario; pues bien en el perfil –espléndido– sobre Zarra, en la página 35, se dice de un futbolista del Atleti de los ochenta, Sarabia, que manejaba el balón como si fuera “una bola de villar”. ¡Villarato, villarato, villarato!, gritará la bancada blanca, que ha sido el grito apache de esta temporada, y no sé si de la pasada. Villarato por Villar, eterno presidente de la Federación Española de Fútbol, que es de Bilbao, y odia –me aconsejan los abogados de divertinajes.com que lo ponga en cursiva y añada:– presuntamente a los del Madrí. No dudo que la errata es involuntaria, pero en un libro –estupendo, éste de Patxo, lo es aún más, fíjese lo que le digo, el de Petón– de fútbol como éste una errata como esa, bola de villar, no es asunto baladí, aunque tampoco intencionado. A mí me ha venido bien para titular, que qué quieren que les diga: uno es de los que confían en acertar con el título, y luego, el resto, ancha es Castilla.

Patxo, Petón. Aclaremos la cosa.


El Atleti en gabarra en 1983.

Patxo es Patxo Unzueta, veterano –y querido, además de respetado– periodista de El País, autor de un mítico libro, aparecido hace 25 años, en San Sebastián, aunque él sea de Bilbao, y hablaba básicamente del Atleti, en la Casa Editorial Baroja. El título, A mí el pelotón, que ahora, en esta primavera del 11, 25 años después, aparece en este nuevo sello editorial con la coletilla, y otros escritos de fútbol. El libro que vuelve a echar a andar ahora recrea la épica de los leones de San Mamés, sus triunfos, el descenso por la ría en gabarra que es más original que bus descubierto del Madri o del Barça, digo yo, o romancea las gestas de unos y de otros, la de –por ejemplo– Sabino Bilbao Líbano, para el santoral rojiblanco, Sabino, quien debutó como internacional el 1 de septiembre de 1920, y participó en esa anécdota célebre que dio origen a ese tópico tan conservado de la furia española. El otro participante fue José María Belausteguigoitia, para el santoral y para los incipientes ases de la radiodifusión española, Belauste. Pues ocurrió que Belauste vio puerta y le gritó al otro: “A mí el pelotón, Sabino, que los arrollo”. Y así, en Amberes, en un partido contra Suecia, nació la furia española: cosa –como se ve– de vascos, siempre dispuestos a dar gloria a España: Ignacio de Loyola, Lope de Aguirre, Juan Sebastián Elcano, Zarra, Gaínza, Sabino y Belauste, desde luego, y hasta Javier Clemente, que es un vasco internacional, trotamundos de selecciones nacionales exóticas, homenajeado–caricaturizado en ese divertido programa de ETB Vaya semanita y que hace exactamente 25 años protagonizó un desgarrado y acaso politizado –qué no, entonces, allá, en el Norte– enfrentamiento entre Clemente, votante de PNV, hijo de zamorano, y que creía que, sin ser violento, pues no lo era, ser vasco era algo distinto, como de raza aparte (entrevista de Patxo), y Sarabia, ídolo del Atleti, hermano pequeño de una familia andaluza emigrada, a cuyo hermano mayor iban a ficharlo los ojeadores por sus muchas cualidades futbolísticas, que se fueron por el desagüe cuando se vio que había nacido, como el resto, menos el pequeño Sarabia, en Jaén. Patxo explica con ponderación y acierto por qué el Atleti sólo ficha vascos y afines (de Navarra, desde luego, y hasta de la Rioja próxima a la linde). Por eso, añado yo, Luis María Ansón –creo que entonces con tilde, como guión–, director del Abc auténtico que le gusta a él decir, llevaba a su huecograbado de vez en cuando al Atleti, el único equipo de la Liga formado exclusivamente por jugadores españoles. Un juergas, Maestro Anson, que otro vez hizo a Pujol Español del Año. Pues eso.


El legendario Heleno de Freitas.

Y pues bien: el pequeño Sarabia –vizcaitarra o bizcaitarra–  juró cogiendo un puñado de tierra de la tierra que de mayor sería futbolista, para sustituir al mayor Sarabia, rechazado por una partida de nacimiento. Y Sarabia fue uno de los grandes jugadores del Atleti y el caso Clemente-Sarabia en todo su ardor guerrero está contado con buena pluma por Patxo en este libro, que lleva prólogo de Santiago Segurola, con marca de agua actual en otro papel, pero que durante años fue –en El País–  la mejor pluma deportiva de la sección. En cierta ocasión –sin duda, en otro siglo– me enamoré de una mujer que no era libre del todo –creo que un personaje de una novela de Muriel Spark, la estupenda escritora inglesa, se lamentaba, como yo, de que las mujeres que nos interesan, son siempre mujeres de otros, ay–, a la que le gustaban mucho las crónicas de Segurola, aunque no le interesaba nada el fútbol. Me consta que –por entonces– ocurría lo mismo con Joaquín Vidal, y sus crónicas taurinas, aunque a la mayoría no nos gusten los toros.
Y pues bien: a mí –ahora– me gusta mucho, capricho de lector, Diego Torres, buena pluma de las páginas deportivas de El País,  pues gusta de adjetivar y hasta de citar clásicos, se ponga como se ponga el Libro de Estilo de obligado cumplimiento. Que yo recuerdo –ahora– que en una entradilla citaba a Kavafis, lo de Itaca, sí, pero Kavafis. Uno no es un buen lector de poesía –ya lo he dicho aquí más de una vez más, aunque nadie se haya interesado por ello–, pero Kavafis, sí, el primer Kavafis que leí creo que le ponía las palabras en español José María Álvarez, aunque el Kavafis que más leí, y una vez lo regalé –a ti, que no eras libre entonces, sin duda, en otro siglo–, es el de la edición de Seix Barral de Ramón Irigoyen, poeta, helenista, vecino mío, con quien comparto no colores –es muy, muy del Madrí– pero sí amistad y kiosco, y ahí nos vemos, yo ojeando The Wall Street Journal y él el Marca.

Y pues bien, de Ramón Irigoyen es la versión española de estos versos, con los que intenté detener lo inevitable. Un triste adiós en el café Belén, Madrid. Nos despedimos en la puerta. Su coche estaba a unos metros aparcado en una calle transversal. Antes de cogerlo me dijo que tenía que acercarse a por unos kiwis a una frutería muy acreditada de la calle Fernando VI, cercana al café Belén. Me había despedido, se había despedido, me había devuelto el libro de Kavafis. Hay mujeres –al parecer– que al decirte adiós te devuelven el libro (de esa vida, por corta que haya sido, o imposible). Fui donde tenía el coche, y copié en un papel estos versos:

Ítaca te ha dado un viaje hermoso.
Sin ella no te habrías puesto en marcha.
Pero no tiene ya más que ofrecerte.

Aunque la encuentres pobre, Ítaca de ti no se ha burlado.
Convertido en tan sabio, y con tanta experiencia,
ya habrás comprendido el significado de las Ítacas.

Y lo dejé como si fuera una multa sin convicción o un anuncio de un imposible en su parabrisas. Y para ver si lo leía, entré en un bar de esos de cañas mal tiradas que dejan un reguero de espuma por la barra y te ponen cinco aceitunas y un boquerón –de las aceitunas una pocha, el boquerón con anisakis–, y aguardé a mi desdicha parapetado tras un Marca. Ya no recuerdo si acababa Butragueño o empezaba Raúl. Entonces. La vi venir, con su bolsa de la frutería, además de kiwis habría encontrado otras frutas de la pasión (extinguida), y como siempre buscando las llaves. Yo quise ver, por encima de los bordes protectores del Marca, el efecto causado por el final de ese poema, Ítaca, que tanto, tanto, pues eso. Pero no lo vio. Se subió al coche justo al lado del vehículo en cuyo parabrisas yo había dejado el fragmento de poema (desesperado). Eran los dos del mismo color, los coches, pero de distinta marca, los coches, y me equivoqué, de coche. Nunca la he vuelto a ver. Ítaca. Kafavis. Una historia de otro siglo, contada con cierta pasión melancólica, con la misma pasión melancólica que ha puesto Patxo Unzueta en su libro sobre el Atleti.


Bob Marley, sí.

Pasiones arrebatadas hay muchas en el otro libro, en el de Petón, un extraordinario conjunto de historias desaforadas, de espléndidos perfiles de gentes locas por el cuero, de futbolistas de otras épocas, de otras épicas, y las más de esas historias están oxidadas por el tiempo y así lucen mejor, como pepitas de oro entre la podredumbre que nos rodea. El libro de Petón se llama El fútbol tiene música, pues en cada una de esas historias suena, cerca o lejos, algo de música: brasileña, desde luego; tangos hasta decir más que ¡basta!: ¡otro!; flamenco: Lola Flores en plan ¡A mí, Sabino!, llevándose de dos en dos, por orden, a los futbolistas, pongamos que fuese uno Gustavo Biosca, del Barça, pongamos, que lo del lazo negro es too much, pues buena era La Faraona;  y hasta los mismísimos escarabajos de Liverpool, los reds o Bob Marley y sus rastas. Que quién es Petón acaso se preguntará usted, amable lector, tal vez más interesado por la literatura que por –hasta hace poco– Carrusel Deportivo y ahora Punto Pelota, pues Petón es José Antonio Martín Otín que está desde mayo de 2008 en el exquisito catálogo de la Editorial Pre-Textos; el texto de solapa es digno de llamar la atención: lo que daría por leer su agotada novela El hombre al que Kipling dijo sí, donde se da cuenta, entre otras cosas, de la historia de amor de José Antonio Primo de Rivera con la Princesa Bibesco. En fin, el libro de Martín Otín de Pre-Textos se titula La desesperación del té (27 veces Pepín Bello), que es una interesantísima aproximación y conversación con Pepín Bello, ese más que centenario superviviente de la Residencia de Estudiantes, a quien Martín Otín visitó asiduamente antes de su muerte, y le escuchaba y recogía sus cosas, sus recuerdos. El libro es verdaderamente notable y bien armado, y llega hasta la muerte, a los 104 años, de Pepín Bello, amigo de todos los del 27, especialmente de Lorca, Buñuel y Dalí.


Carlos Gardel visita a Platko y Samitier, accidentados.

(Dalí, por cierto, podía haber sido el cuarto hombre en esa historia de futbolistas amateurs  que cuenta estupendamente, con Carlos Gardel por medio, Petón en el libro de fútbol  que acaba de aparecer en Córner Roca Editorial.)

Según cuenta  el autor del libro sobre Pepín Bello, cuando este murió en 2008, a los 104 años, Carrusel Deportivo paró su emisión, dejaron de dar resultados o sortear un jamón –creo: Pepe Domingo Castaño; ahora no sé qué hacen en la COPE, no los sigo– y durante diez minutos el propio Petón se ocupó de Pepín Bello, un legendario aragonés, que nunca escribió una línea, que jugaba al fútbol en las traseras de la Resi con Buñuel y Dalí, y así.


Lo de Pepín Bello viene a cuento para presentar el libro de Petón sobre historias de futbolistas del pasado reciente o, sobre todo, remoto, porque las encuentro espléndidas, porque Petón, a quien sólo le vi una vez en la azotea de La Casa Encendida, en Madrid,  y me lo presentaron: es Petón –y había que saber quién era el tal Petón, ojo, Petón y punto pelota– , comentarista de radio, muy del Atlético de Madrid, representante de jugadores –del Niño Torres, de otros–, y que salía entonces en el Carrusel Deportivo, cuando el de Paco González y Pepe Domingo Castaño, antes de la Escisión: yo ni entro ni salgo, pero me quedo, ocasionalmente, con el Carrusel Deportivo de la SER y si dicen –que dicen– que se lo van a dar a Carles Francino, pues qué menos que lo haga éste con Javier Cansino, de pareja humorística. Francino y Cansino, yo creo que funcionaría. Vamos, digo yo. Es una idea.

Pacogonzalez y pepedomingocastaño, por cierto, prologan el libro del Gran Petón –si no lo digo, reviento: presuntamente no me iba a imaginar que uno presuntamente alguna vez iba a leer un libro, si líneas más arriba hablábamos de Kavafis, pordiós, pordiós, prologado por pepedomingo, pues a éste presuntamente no lo he tragado nunca, ahora ya no lo gasto: lo de presuntamente me lo aconsejan los abogados de divertinajes.com–, un libro, el del gran Petón, verdaderamente fascinante y recomendable. Aquel ensayo  breve de Jorge Valdano en Revista de Occidente. Miguel Pardeza, del cuadro técnico del Real Madrid, estudioso de Cesar González-Ruano. Pep Guardiola leyendo en voz alta los poemas clásicos de la literatura catalana. Y ahora Petón. La Liga se acaba, ¡viva la Liga 2011/12! La de Mourinho, que lo suyo –dicen– es triunfar a la segunda, no a la primera. Toma ya, así cualquiera. Lo difícil es estar a lo que se espera de uno la primera vez. Ahí te la juegas.




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