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El pizarrín

Javier Goñi

Olor a Ezra


Déjenme que les diga que le detuvieron dos partisanos, la mañana del 3 de mayo de 1945, en Rapallo. Se llamaba Pound, y así comienza la última novela, real e inventada, de Justo Navarro. Como ya hiciera con Gabriel Ferrater, a quien le dedicó F. (Anagrama), una falsa biografía, o una falsa novela, según, ahora ha hecho lo mismo (El espía, Anagrama), el escritor granadino, que se gana la vida traduciendo, como el escritor granadino, que se gana la vida traduciendo y que relata en primera persona sobre su indagación en Pisa, en Rapallo; ahora ha hecho lo mismo, digo, Justo Navarro, con Ezra Pound, uno de los poetas más controvertidos y relevantes del siglo XX. E.P., a quien sus propios compatriotas, los norteamericanos, mantuvieron, tras la II Guerra Mundial, en una jaula, en un campo de internamiento en los alrededores de Pisa, y trasladado posteriormente a Estados Unidos fue condenado a muerte por alta traición y conmutada ésta se le internó en un centro psiquiátrico hasta 1958, cuando regresó a su amada Europa, a su amada Italia, y allí murió, en Venecia, el 2 de noviembre de 1972.  

Se defiende Justo Navarro con este frontispicio de su apasionante novela, o lo que sea, que he devorado con fruición estos días santos ya pasados: “Todo, real o inventado, aparece como hecho, personaje o lugar de la imaginación”. Y así esto, El espía, es o no novela, tanto da, y es también una detallada investigación sobre el poeta Ezra Pound, en Rapallo, ese lugar mítico de la costa italiana, que tantos lugares míticos por literarios tiene, desde los años treinta, ganado para la causa mussoliniana y que desgranó durante unos años de guerra su confuso mensaje por las ondas propagandísticas del régimen fascista contra sus compatriotas, contra esa camarilla de judíos y plutócratas que rodeaban, a su juicio, en Washington al presidente Roosevelt. Al acabar la guerra, sus paisanos del otro lado del océano (había abandonado EE UU a principios del siglo XX, para instalarse en Londres, París y Rapallo, y solo regresó, que yo sepa, en 1939, cuando ya olía a pólvora en el ambiente, a recibir un reconocimiento universitario y a exponerle, si le hubieran dejado, al presidente Roosevelt  su manera de ver las cosas, su fervor mussoliniano), sus paisanos, al acabar la guerra, le mantuvieron en una jaula, en medio de un centro de internamiento, intentando escudriñar qué había llevado a Ezra Pound a cometer lo que ellos –con lógica del momento— consideraban alta traición. Lo llevaron a Estados Unidos, fue condenado a muerte y se le conmutó la pena suponiendo que las facultades mentales de Ezra Pound estaban lo suficientemente mermadas como para internarle en un psiquiátrico, el Saint Elizabeth´s, en Washington, y allí permaneció entre 1946 y 1958. Internado, loco, repudiado por alta traición, siguió escribiendo su extraordinaria y complicada obra poética, sus The Pisan Cantos, por los que se le otorgó ¡en 1948! el prestigioso Premio Bollingen de Poesía que concedía ¡la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos!, y en 1954 aparecieron, seleccionados y prologados por su antiguo amigo T. S. Eliot sus célebres Ensayos literarios  (edición española, 1989, Laia/Monte Ávila, Barcelona, Caracas).

Me detengo en este libro, que preparó T. S. Eliot, y en el que en el prólogo, éste le califica a Pound de “pedagogo y propagandista”. Pedagogo lo fue: ha sido uno de los poetas más influyentes de la primera mitad del siglo XX y a un periodista, Francesco Monotti, que una vez se acercó con la intención de hacerle una interview le dijo: “no es necesario que Vd. comprenda todo lo que digo. Lo importante es que le obligue a pensar”. Pedagogo, pues, y propagandista: sus emisiones por Radio Roma contra sus compatriotas son suficientemente célebres, y deleznables.


Por cierto, en sus Ensayos, que preparó Eliot,  hay un texto muy breve dedicado a la obra literaria y pictórica de Wyndham Lewis, su amigo inglés, y con quien tanto colaboró en el vorticismo, aquel movimiento de vanguardia, literario y artístico. Como quizás recordará más de un lector de este pizarrín, hace un año, entre febrero y mayo de 2010, la Fundación Juan March dedicó una extraordinaria retrospectiva a Lewis, y pudieron verse varios dibujos suyos de Pound además del impresionante retrato, que acompañan ahora este texto. La traductora de la edición española (o venezolana) de los Ensayos literarios de Ezra Pound señala, en nota a pie de página, que Wyndham Lewis “falleció en Madrid el 24 de noviembre de 1969”, dato que no sé de dónde lo sacó, dado que Lewis murió, casi ciego, a causa de un tumor craneal el 7 de marzo de 1957 en Londres, que no es lo mismo. En fin.

Vuelvo a la novela, o lo que sea, de Justo Navarro. El narrador de la indagación, ese traductor granadino que aterriza inesperadamente en Italia por un contratiempo de índole sentimental, y drástico, empieza a obsesionarse con la figura de Ezra Pound, y sus últimos días antes del regreso a EE UU, y empieza a elucubrar qué le habría llevado a Pound a hacerse tan mussoliniano, tan fascista, y tan antiamericano, qué falta de cordura le hizo cometer tales actos radiofónicos, actos todos ellos protagonizados por confusos discursos, por frases ininteligibles, que le hace sospechar, al narrador, que acaso había en ese galimatías mensajes cifrados, que los norteamericanos podrían entender o descifrar. La presencia en aquellos tiempos de un joven admirador y discípulo de Pound, que acabaría, al poco tiempo, contribuyendo a la creación de la CIA –El buen pastor, la película de Robert de Niro—, y otros elementos más o menos fantasiosos, como ese casi centenario profesional del espionaje italiano que le desvela algunas claves, y al que le lleva ese escritor de novelas policiales, Carlo Trenti, al que traduce el narrador, y que ya aparecía en la novela italiana anterior de Justo Navarro, Finalmusik (Anagrama, 2007); en fin, todo esto le hace suponer que Ezra Pound pudo ser acaso… Hasta aquí la novela, El espía; una novela, o lo que sea, que me ha enviado a las sentinas de mi biblioteca a por mi ración de Ezra Pound, a quien le tengo leído de una forma muy fragmentaria, pero constante –no soy un buen lector de poesía—, y cuya figura me ha atraído siempre, tal vez por las mismas razones que le han llevado a Justo Navarro, o al traductor granadino narrador del libro, a escribir este texto, y que a mí me ha forzado a perderme por las sentinas de mi biblioteca y salir a cubierta con las manos llenas de polvo y algunos pounds.


Por ejemplo, esta edición muy fea, que se titula Escrito en Rapallo, de la Editorial Swan, San Lorenzo de El Escorial, 1982, una edición no muy cuidada, aparentemente poca cosa, fea, ya digo, pero que como dice su autor, el recopilador, René Palacios More, que creo que es un escritor latinoamericano que traté hace muchos años y que quizás andábamos juntos por entonces en algo que se llamó, en papel de periódico, La Gaceta del Libro, puede ser: bueno, pues habla, en su prólogo a esos textos, cogidos aquí y allá, unos, los más, de un periódico local de Rapallo, Il Mare, donde colaboró Pound en los años treinta; bueno, pues habla René Palacios More, recordando sus viajes a Rapallo en tren, del “olor a Ezra”, y me gusta tanto que me apropio de él para titular estas notas dispersas y erráticas –una vez más—. Y el olor a Ezra se me mezcla, en el momento de reunir estas frases, con la hermosísima frase del Papa actual haciendo –el otro domingo— Beato al anterior. Y esta frase es: “desde el día de su muerte su perfume de santidad flotaba en el aire”. No hay que tener mucha fe para distinguir y saborear un endecasílabo perfecto o lo que fuese la frase de S.S. Pues eso, olor a Ezra.

Y por el olor a Ezra he repasado esta no muy conseguida edición, Escrito en Rapallo, pues en realidad uno pretendía hablarles de mi primer contacto con la obra poética de Ezra Pound, y fue un folleto que adquirí y firmé como propietario en octubre de 1977, Breve Antología, un folleto ya digo preparado y traducido por Rafael Vargas y que con el nombre de “Material de Lectura” preparaba hace décadas la Universidad Nacional Autónoma de México, aunque no consta en qué año. El mío es, ya digo, de 1977 y por alguna razón, que ya he olvidado, subrayé entonces, al leerlo, este breve poema, que se titula “El retrato”:

Los ojos de esta dama muerta me hablan,
porque en ellos estuvo el amor, y no fue posible
     ahogarlo.
Y en ese cuerpo el deseo, que no pudo ser borrado
     con besos.
Los ojos de esta dama muerta me hablan.

Lo subrayé, sí.


Y recuerdo, sí, también, haber leído, un par de libritos más, de aquella hermosa colección de Tusquets, ya antiguos, que busco, que colecciono. Uno se llamaba Patria mía (Cuadernos Marginales, Tusquets, 1971), en traducción y nota del escritor peruano Mirko Lauer. En el origen de este texto, tal como lo publicó su viejo amigo y editor Ralph Fletcher Seymour en 1950, están unos artículos que había empezado a escribir Pound en 1911 –hace un siglo— cuando abandonó Estados Unidos por Europa y “lo hizo –apunta Lauer, de quien me apropio todos los datos— casi para siempre”. Es un texto en el que ya desde el Viejo Continente Pound percibe el estancamiento cultural de su país, de las primeras décadas del XX, y manifiesta la necesidad –siempre fue un zahorí cultural muy perspicaz y un gran y lúcido agitador cultural también, en este caso al menos— de que surja una ciudad—faro, lo que después de la II Guerra Mundial sería –para siempre— Nueva York, algo que él intuía ya entonces. Ese comienzo: “Estados Unidos, mi país, es casi un continente y, sin embargo, a duras penas logra ser una nación; pues ninguna nación llega a ser considerada históricamente como tal antes de haber construido una ciudad a la que conduzcan todos los caminos, y de la cual emane la autoridad.”

Nueva York, pero cuando ésta empezó a ser ciudad—faro, y le arrebató la primacía y el fuego intelectual a París, el viejo Pound, acaso loco a su manera, estaba recluido en un psiquiátrico en la capital federal. Allí por cierto –doy otro salto— fue a visitarle Juan Ramón Jiménez, autor de una integridad moral a veces no estimada en toda su totalidad y en cuya monumental obra, recién restaurada, Guerra en España (Ed. Point de Lunettes, Sevilla, 2009), se lee la siguiente nota de JRJ tal como la redactó:


“El Tribunal supremo de justicia de los Estados Unidos ha sido injusto con Ezra Pound considerándolo como traidor por haber hecho propaganda radiada contra su patria en tiempo de guerra. Ezra Pound se fue (…) de los E.U. porque no podía soportar la vida mediática, técnica (…) ya que él era libre y (…). Lo mismo hicieron en su época Shelley, Keats, Byron, Browning y su Elizabeth etc. Se fue a París, a Inglaterra, a Italia. Simpatizó con los pueblos (…) de Mussolini y cuando vino la guerra Ezra Pound no hizo más que seguir lo que había hecho antes durante muchos años. Condenado a muerte de perros que era demasiado. Entonces lo internaron en el SEH. ¿Él un loco Ezra Pound quizá? ¿A quién no se le puede predicar que es loco? Pues ahí está E. P. traduciendo su Confucio, terminando sus cantos, riendo ingenios, a punto a veces de estallar. Y allí lo vamos a ver amigos suyos que no son fascistas y yo que detesto el fascismo. Si sólo pudiéramos ver a los que piensan como nosotros ¿a quién podríamos ver? Yo escribí hace años este aforismo: “Dime con quién andas y te diré quién eres. Ando solo, dime soy”. Ando solo y me gusta ver a los que andan solos”.

Tremenda esta nota sobre Ezra Pound, y tan hermosamente juanramoniana. Juanramón en estado puro.

Ahí estaba, cuando lo fue a ver, traduciendo a Confucio, lo recuerda. Y Justo Navarro, o el narrador, cuenta en el primer párrafo que cuando fueron a detenerle en mayo de 1945 dos partisanos –en otros sitios, no sé si es lo real, he visto que lo detuvieron los americanos  en el 44, tanto da—, estaba traduciendo Ezra Pound a Mencio, filósofo chino, discípulo de un discípulo –copio literal— de un nieto de Confucio.
Y su afición desde siempre por las filosofías y las poesías orientales, chinas, sobre todo, japonesas, también, nos lleva ahora al otro libro de Tusquets, al que antes me iba a referir, un libro, en su brevedad, y salvando lo mal lector de poesía que soy, y la poca curiosidad que en mi despierta el extremo oriente, un libro que literalmente me deslumbró. Se llama Cathay, apareció igualmente en los Cuadernos Marginales, de Tusquets, en 1972, el año de su muerte, en traducción de Ricardo Silva—Santisteban, otro escritor peruano, como Lauer. La cubierta era vertical como cualquier libro, pero su interior había que leerlo en horizontal, como si fuera una antigua chequera: dicho sea esto con toda prudencia, por si Ezra Pound que aborreció el idolatramiento judío –en su manera de verlo— del capitalismo norteamericano no lo considerara, allí donde esté, como una blasfemia, un sacrilegio.


Cathay es un puñado de poemas del poeta Li Po, que firma el japonés Rihaku, y que son variaciones de temas tradicionales chinos, que a principios del siglo XX los recogió y re—creó un tal Ernest Fenollosa, un personaje desconcertante, hijo de norteamericana y de músico español, que fue Comisionado Imperial de las Artes de Tokio y autor de un libro, Épocas del Arte chino y japonés y que murió sin haber podido ver impresas sus versiones o recreaciones chinas. Fenollosa murió en 1908, y unos pocos años después, en 1913, la viuda de Fenollosa se puso en contacto con Pound, de quien conocía su interés por la poesía china. Le ofreció las notas que había dejado preparadas su marido, le dio la posibilidad de hacer con ellas lo que quisiera, le cedía los derechos de autor y 40 libras esterlinas. La única condición que puso la viuda era que Pound tenía que tratar aquello como lo que era –o quería que fuese—, como literatura, y no como mera filología. Así lo hizo Pound, pues ya estaba metido en eso, ya estaba en su mente hacer esos inmensos Cantos, que le llevarían toda la vida –charlas a favor de Mussolini, encierro en una jaula, psiquiátrico, etc., al margen—, esos Cantos, que Pound en una  carta había llamado “un poema criselefantino de infinito largo que me ocupará las siguientes cuatro décadas”. Como añade Lauer, toda una vida. Y el inicio estaba en este Cathay, que apareció en 1915, como obra de Pound, aunque podía ser de Li Po, de Rihaku, de Fenollosa, e incluso –apunta Lauer— del propio traductor, al español en este caso, en el que leo, esta noche, el inicio de la “Canción de los arqueros de Shu”:

Henos aquí, arrancando los primeros brotes de los helechos
y diciéndonos: ¿Cuándo volveremos a la patria?
Henos aquí porque el Ken—nin es nuestro enemigo,
no tenemos reposo con estos Mongoles.

Hay una traducción reciente –una versión diferentes— de esta canción y de otras en la antología que hizo Javier Calvo en Disfraces, una antología en una colección en bolsillo y popular (Mitos Poesía.350 pesetas: así se llamaba la colección), que sacó Mondadori a finales de los años noventa. Era una buena aproximación –básica— a un Ezra Pound intrincado y complejo, como lo fue su mundo personal y literario. Y una estupenda antología general de textos (poemas en edición bilingüe) fue aquella vieja edición en bolsillo de Barral Editores de 1973, que prepararon Carmen R. de Velasco y Jaime Ferrán, éste un amigo y un poeta de los de la Escuela de Barcelona que se perdió o se encontró –quién sabe— en las universidades americanas. Esta Introducción a Ezra Pound lleva conmigo más de 30 años, la novela, o lo que sea, de Justo Navarro me ha hecho bajar a las sentinas de mi biblioteca. A por el viejo Ezra Pound, la otra noche.




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