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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Confesiones a Alá, o la mujer de los tres nombres


Que Alá es grande y misericordioso lo saben los creyentes del islam y algunos otros infieles entre los que me cuento. Lo sabe, también, la protagonista de Confesiones a Alá (Demipage), el alter ego de uno de los descubrimientos literarios más sonados en los últimos años en Francia, la bella y talentosa Saphia Azzeddine

Esta  joven mujer de veintinueve años, de padre marroquí y madre normanda, criada entre Francia y Marruecos, ha encontrado el tono justo, directo y conmovedor para narrar una historia de nuestro tiempo, una historia de liberación femenina frente a  la  opresión de la familia, la sociedad y la religión.

Esta especie de Moll Flanders a la marroquí, presentada a través de un largo monólogo escrito con una crudeza y naturalidad sorprendentes pero también con un humor liberador, nos va mostrando su adolescencia, su rito de pasaje por el puterío de lujo y su caída en el infierno, para lograr finalmente la redención no sólo por el amor a un hombre (como le sucedía su licenciosa antecesora inglesa) sino sobre todo gracias a su línea directa con Alá, con el que mantiene en todo momento un diálogo vis a vis, reprochándole, pero jamás desafiándole, todas las penurias por las que le hace pasar. Ella no entiende el porqué de estas pruebas  pero las acepta porque, como le confiesa ella entregada a su amor al final de la novela: “El bien y el mal no existen. Eres demasiado sutil para que sea de otro modo”. Y esa es su particular y consecuente forma de redención; aunque, también, apostilla: “Erradiquen las ratas, erradiquen los barrios de chabolas y verán como las barbas integristas serán cada vez más cortas”. Ese es el tono…

Pero para llegar ahí, Jbara la pastora adolescente de las montañas del norte del Magreb, bella sin que ella lo supiera, debió ser primero  ninguneada y humillada por su padre y familia, después follada y preñada por Miloud, otro cabrero, a cambio de golosinas. Y ella  aceptaba esta situación como lo más normal del mundo porque no conocía otra forma de vivir, aunque a veces le echaba  en cara a Alá que la tuviera encerrada en ese agujero maloliente. Es por eso que, cuando un día pasó un autobús y de él cayó una lujosa maleta rosa llena de ropa y lencería de marca, Jbara, empezó a creer en l´mirikan (lo imposible) y a adorar también a Dior. Echada de la casa por su embarazo ─un harum (pecado) de los gordos─, se va  a la ciudad más próxima y, tras ejercer de criada, siendo ya consciente de su belleza y su poder de seducción con los hombres,  se convierte en Scherezade, una  prostituta, y termina en la cárcel. A su salida, más hundida y humillada que nunca, un imán de la mezquita donde va a rezar se enamora de su bellos ojos verdes y la convierte en su tercera esposa, transformándose a partir de ahí en Khadija, la virtuosa.

El retrato que Azzeddine hace de la sociedad rural y urbana de  Marruecos no se atiene a las medias tintas: es de las escritoras que gustan de llamar a las cosas por su nombre y no andarse con edulcorantes eufemismos. Rozando un naturalismo a lo Zola, pero trufándolo de un humor tierno y perverso a la vez, el devenir de esta mujer de los tres nombres pasa ante nuestros ojos con enorme ligereza pero dejando también un poso de tristeza por el destino que aún en nuestros días sufren otras mujeres en su misma situación y posiblemente sin ninguna esperanza de redención,  condenadas a vivir en una sociedad machista donde la mujer no es más que una alfombra en la que los hombres se limpian los pies o el esperma.




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