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Los viajes

de Sara Gutiérrez

Taquile

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Cuando salimos hacia Taquile el viento arreciaba y nuestra embarcación apenas conseguía mantener el rumbo. Tardamos una hora eterna y bailona en llegar a la isla, y de nuevo nos recibió una empinada cuesta. Alguno de nuestros compañeros de viaje hubiera preferido esperar en el barco la hora de volver a Puno, pero no hubo opción (despues saldríamos de un puerto en el otro lado de la isla).

Subimos durante unos tres cuartos de hora por un camino empedrado en el que de vez en cuando un puesto de pulseras y muñecos de lana trataba de sacar provecho de nuestros descansos, entretenidos por la belleza del paisaje.

Y cuando por fin llegamos a la plaza, que parecía el decorado de una película con los extras descansando, nos dieron diez minutos de tiempo libre antes de ir al restaurante en el que, antes de mediodía, nos esperaba la comida.



 

Lo más llamativo del pueblo son sin duda sus tejedores, en cualquier parte hay hombres haciendo punto con varias agujas. Dicen por aquellos lares que son los mejores tejedores del mundo. Y posiblemente lo sean. Sus labores se acumulan en el Centro cultural a la espera de compradores, pero es imposible que los turistas descubramos piezas de interés en el breve espacio de tiempo que hemos de aprovechar para recuperarnos del cansancio, observar a los tejedores y comprar.


El restaurante estaba aún más arriba. Allí nuestro guía nos explicó con todo lujo de detalles el significado de los colores y posiciones de los gorros que llevan los hombres (tejidos por sus novias o esposas).

Con la sopa de quinua y la trucha aún entre los dientes comenzamos el descenso de los 535 peldaños que nos llevarían de nuevo a nuestro barco. Por la irregular escalinata nos cruzamos con hombres incomprensiblemente cargados (uno llevaba a sus espaldas entre otras cosas tres bombonas de butano llenas), y dejamos atrás turistas agotados que apenas podían respirar, o les temblaban las piernas de puro esfuerzo. Una agonía.


Apenas eran las tres y media cuando desembarcábamos en Puno.


La duda es sencilla: ¿por qué no empleamos la hora y media que aún quedaba de luz en pasear con más tranquilidad por Taquile?

Las fotos las hicimos a medias, Eva Orúe y yo misma. 

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