Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

El pizarrín

Javier Goñi

Un propietario rural insignificante


Déjenme que les diga que el pasado Sábado Santo era Sant Jordi y se cumplieron treinta años de la muerte incómoda de ese propietario rural insignificante, como gustaba verse Josep Pla, ese lujo de las literaturas del Estado Español.

Y como el sábado, día de Sant Jordi, además de Santo era Día del Libro, yo me compré en la casi centenaria librería Cervantes de Oviedo –me cogía de paso: un día espléndido de sol- un libro de Pla que no tenía: Nocturno de primavera, en bolsillo en Austral, antes salió en Destino, pero no me lo mandó Pilar Lucas, y no importa porque me gustó comprarme el otro día este Austral –han sacado tres para conmemorar los treinta años, los otros dos ya los tenía-, tan sólo unas pesetillas, 7,95 euros. Y aunque estaba la librería –preciosa- llena de carteles, advirtiendo que el 23 de abril, Día del Libro, se celebra hoy, 27 de abril –yo celebro además el cumpleaños de mi hijo Mateo, diez años, me advierte que es algo importante pasa a dos dígitos, a su edad, criatura-, yo, por si acaso, por ponerme a lo Pla, requerí descuento, unas pesetillas, unos céntimos de nada, algo, pero me dijeron –amablemente- que era lo que ponía en los carteles que el 23 de abril se celebra hoy, 27, día en que ve la luz este pizarrín, que va dedicado al gran Josep Pla, pues qué menos que si cumplió años de su deceso el sábado lo celebremos hoy miércoles, que a él le daba (casi) todo igual, y me fui a la Plaza del Fontán a curiosear mi Austral, y ocasionalmente me rodeaban camareros autóctonos –y uno latinoamericano- que escanciaban sidras en cada esquina de mi mesa –yo, cerveza- dejando que los rayos de sol se filtraran a través del liquido de manzana, de tal manera que uno se sentía estupendamente arropado por los soleados chorrillos de la sidra y con su Austral, con su Pla, y me puse a evocarlo, tan ricamente.


Llevaba boina y sin duda la ceniza se le iba, suelta y abandonada, por los acantilados de su pequeño y descuidado cuerpo de payés. Creo que en algunos de sus diarios tengo subrayada esta frase suya, lapidaria, irónica, playesca –apellidándose Pla el número de adjetivos formados a partir de su corto apellido es bastante menguado por no decir imposible: uno se llama Kafka, Dante, y la cosa cambia, vaya si cambia, pero ¿Pla?,  aunque Pla fue grande, muy grande-; la frase playesca, pues, es ésta: “yo soy un propietario rural insignificante, que siempre ha pagado la contribución”. Propietario rural, payés, tanto da. Payés, sí, un payés de Palafruguell, anclado, petrificado, como aquel célebre Don Tancredo, figura del coso taurino madrileño (él que nunca entendió de toros), en la cocina de mas Pla de Llofriu, donde murió hace 30 años; en esta ocasión, Sábado de Gloria, que no del todo del Libro.  

Un payés, sí, pero con mundo, que se movió por aquí y por allá, sin perder nunca el cabo de la cometa, que le enraizaba con su tierra, una cometa –la suya- a la que nunca se soltó, pues el hilo que le mantenía firme era ese inacabable rollo –como esas bobinas de papel continuo de los antiguos teletipos de las antiguas redacciones de los antiguos diarios, esos rollos de papel continuo en el que Kerouac hizo su camino y Benet Una meditación- en el que se pasó toda su vida escribiendo el mismo diario, en forma de artículo, de crónica de viaje, de biografías y, en ocasiones, aunque no es el mejor, como novelista. Aprovecho que me iluminan cuatro botellas, bien escanciadas tres –una me salpica los bajos del pantalón-, y leo en el epílogo de Nocturno de primavera, una novela olvidada y que la rescató Destino no hace mucho como una rareza y que la tradujo la hija de Carlos Barral, Dánae, ahora también –ya- la madre de Malcolm, y que sale estos días en bolsillo en Austral; leo, digo, en el epílogo de Baltasar Porcel –muy en su línea es un texto muy YO Porcel y él Pla: recuerdo una conferencia sobre Pla de Porcel en la Biblioteca Nacional donde Porcel habló básicamente de Porcel, y algo de Pla- que Pla nunca fue un gran novelista, un narrador nato. Posiblemente. Lo que es, es un lujo de la literatura catalana –a la facción más purista le gustaba poco el Pla en plan verso libre, que siempre lo fue; su muerte tuvo una reacción política digamos que bastante tibia- y lo es, también, un lujo de la literatura española, del Estado Español y de esta España de Españas.


Pla con Cunqueiro

Pla fue autor de una vastísima obra completa de 45 volúmenes o así en edición original, aparecida, tomo a tomo, en Edicions Destino: yo tengo el 45, Imatge Josep Pla a cura de Josep Vergés (Vergés el viejo y legendario editor de la vieja Destino), es un tomo de cartas y de fotos y en estos formatos mi catalán es más aceptable. En las librerías catalanas –Blanquerna y antes- que pone la Generalitat con sus cosas –que son muchas y hermosas; otro día habrá que hablar de Sagarra, o no- aquí en Madrid siempre he ojeado con envidia estos cuarenta y tantos volúmenes de Obra Completa de Pla: uno, negado para los idiomas, se ha tenido que conformar desde siempre con las traducciones al castellano, que nos venían, con cuentagotas, a este lado de los Monegros. Desde que en los años treinta se hicieron excursiones de intelectuales castellanos y catalanes para confraternizar y comparar tamaños: unos, chorizos y longanizas, los otros butifarras y fuets, la cosa siempre ha estado así así. Para uno, que no es nadie, pero se apropia de este espacio, Pla era, desde este lado de la raya, un mito, el Santo Grial de los cruzados castellanohablantes que queríamos ampliar horizontes, a los que nos les valían las anteojeras de baratillo de la Lengua del Imperio. Allá por los Monegros, se alineaban los cuarenta y tantos volúmenes rojos –letras doradas- de la obra completa de Pla, que más parecían, codo con codo,  el Muro de Lamentaciones en donde darse de cabezazos.

Se traducía algo, sí, por aquí y por entonces, con cuentagotas, eso sí, ya digo, a Pla, esa flor que ya se sabe no florece en la Meseta: algún libro de viajes, alguna narración –viejos tomos azules de la edición original de Destino, colección Áncora y Delfín-, y poco más. Hubo un gerifalte de antaño, de muy antaño, el más laín de todos los laínes, que entró en Barcelona, en enero del 39, con todo el correaje y la parafernalia fascistas, pero con las manos vacías, aunque esa no hubiera sido su intención inicial. A última hora no acabó de cuajar –o no le dejaron- esa idea suya de traer, en la retaguardia del Ejército Victorioso –Franco, Franco, Franco-, camiones con libros y propaganda en “la lengua del país” (escribiría años después en sus Casi unas memorias). Aquel gerifalte, claro, fue Dionisio Ridruejo.


Pla con Delibes

Y viene esto a cuento porque este laín arrepentido con cargo de conciencia –lo otro, lo de Laín, fue Descargo de conciencia-, que pagó como pocos su propia travesía del desierto –murió en junio de 1975, sin poder disfrutar el futuro democrático-, tampoco pudo ver impresa la obra a la que tantos esfuerzos dedicara al final de su vida, bastante perjudicado de salud. La empresa fue trasladar a la Lengua del Imperio la extraordinaria prosa de El Quadern Gris, de Pla, uno de los libros memorialísticos más importantes de las literaturas del Estado Español. La primera edición, en español, aparecería en octubre de 1975, en traducción de Ridruejo y, sobre todo, de Gloria Ros, su mujer: el soriano de físico frugal pondría la pluma y su mujer, catalana, el idioma materno. Octubre de 1975, las cosas no estaban como para acercamientos de los pueblos ibéricos pero desde entonces, en numerosas ediciones en Destino, en grande y en bolsillo, ahí está nuestro, de todos, Cuaderno gris. Ridruejo no pudo ver físicamente el libro, pero desde entonces, desde este libro, descomunal, inmenso, desorbitado –un ejemplo excepcional de prosa dietarista-, la figura de Ridruejo va unida a la de Pla para siempre.

No era el único Pla traducido, claro. En los años ochenta, la Generalitat de Jordi Pujol lanzó en coedición con Alianza Editorial una Biblioteca de Autores Catalanes de los Països con el fin de ilustrarnos un poco a los mesetarios, andaluces de Jaén y demás de las cosas –muchas extraordinarias: mis preferencias, Sagarra, la Rodoreda y Llorenç Villalonga, por decir tres- que tenían por allá. Años después Destino intentó sacar una Biblioteca Pla en castellano y debieron vender lo justo, o más bien poco: recuerdo en el Círculo de Bellas Artes una mesa redonda de apoyo a esa bienintencionada biblioteca, en la que con Xavier Domingo a la cabeza había más gente en torno a la mesa redonda que ya se sabe que es alargada que entre el público. Media docena –lo juro- de letraheridos conjurados por la afición a Pla. En fin.


Recuerdo de entonces, hace 25 años, dos estupendos tomitos de Alianza Editorial: Madrid. 1921. Un dietario y Madrid. El advenimiento de la República, y en los que les hablaba de nosotros –los madrileños, quienes lo sean- a sus paisanos, lectores catalanes de los diarios en los que escribía: les hablaba del Madrid del año 21 y del Madrid de la Niña Bonita, y qué deliciosamente extranjero se mostraba Pla en esas páginas, qué payés más irónico y desconfiado pisa con precaución la Corte –Madrid siempre ese enigma, esa suspicacia-, no fuera a ser que le hicieran a él el timo de la estampita, pero, ay Dios, qué escritor hay ahí, qué periodista, y qué gracioso cuando observa el buen pescado fresco que se come en Madrid –mejor que en Barcelona, dice, allí está como más refrigerado; en Barcelona, señala, parece como si el pescado llegara a pie-, y cómo se escandaliza del trajín que se traen en las tabernas madrileñas con el marisco: gambas, que se comen con los dedos, anota, el percebe es un marisco atlántico extraño a sus costumbres mediterráneas, que en Madrid sólo se consume de octubre a marzo, apunta. Lo peor son los residuos que dejan en el suelo, que suelen, observa, eternizarse, y es que –escribe- “después de cenar, pisar la cola de un langostino o de una gamba pone la carne de gallina y es un acto de una tristeza irreparable”.


Deliciosos estos dietarios, crónicas periodísticas como lo son las Notas para Silvia, Notas dispersas y Notas del crepúsculo, que junto a una nueva edición de El cuaderno gris editó Espasa en dos gruesos –e impagables- volúmenes en 2002, en edición de Xavier Pericay. Ya se conocía –desde este lado de los Monegros- El cuaderno gris, según el colombiano Álvaro Mutis “uno de los mejores libros escritos en el siglo XX” (decir esto es no decir nada y, además, decir algo: toda hipérbole tiene su verdad profunda), ese dietario de su juventud, los años 1918 y 1919, que Pla reescribiría en los años sesenta (gente sensata y brillante como el propio Pericay, Valentí Puig, Castellet o Arcadi Espada, autor de un personalísimo y sugerente Pla, esbozado en biografía y salpimentado en interpretación, ya se han ocupado en extenso de esta anomalía dietarista, y a ellos me remito). Faltaban para los castellanohablantes, pues, los otros dietarios, que se reunieron entonces  en esa extraordinaria edición de Espasa. Unos dietarios, aquellos, para leerlos con tranquilidad, yendo y viniendo, picoteando aquí y allá, avanzando, retrocediendo, y en esos dietarios está un siglo de historia, la suya, la tamizada por el ojo de Pla, y está él mismo, un Pla de cuerpo entero, en o con zapatillas, a la manera barojiana. Pla no solo admiró a Baroja –tenían sus cosas en común, fueron escritores grandes, y zarrapastrosos-, sino que pueden leerse estos cientos de páginas como una suerte de memorias, tan fascinantes y deslavazadas, tan precisas, arbitrarias, sugestivas, seductoras e irritantes e irritables como las de Baroja.


Las páginas de Pla, en las que hay que zambullirse con tiempo –como en una piscina para los males dorsales-, sin prisa y sin desfallecimientos, son un espléndido aluvión de recuerdos, de reminiscencias, que va apresando el ampurdanés sin retórica –en eso, él tan barojiano- y sin trascendencia. Pla gusta de las pequeñas cosas (esa frase: “yo soy un propietario rural insignificante, que siempre ha pagado la contribución”), pues de ellas extrae un personal concepto del mundo, y esos instantes mágicos que él apresa en sus dietarios y que me encuentro ahora –en este curiosear por sus páginas- anotados a lápiz: “hoy he comido las primeras habas y los primeros guisantes del país”. O en otra página: “las primeras cerezas”. En estos dietarios, en fin, memorias deslavazadas, desordenadas, repetitivas a veces, y en esos también espléndidos libros de viajes (fue un payés que viajó mucho y que sabía mirar las cosas, hasta las más insignificantes), hay todo un mundo, y una reflexión profunda, y hay mucho saber e intuición.

Y humor todo el que quiera. Una anotación de Notas para Silvia: “El coñac –me refiero al coñac francés, porque el español, como coñac no ha existido nunca- produce una orina pesada, turbia, lenta y oscurecida. El whisky –me refiero al escocés auténtico- produce una orina clara, rápida, fácil y color de paja. Dudar carece de sentido. Es una pérdida de tiempo incuestionable.”

A Pla, no hay que decirlo, le gustaba mucho el whisky.

Aunque también le horrorizaban ciertas cosas, que me encuentro, subrayadas, en Notas dispersas: “Cosas que me dan horror: los libros de lujo, el tuteo, la poligamia ejercida simultáneamente, los paisajes sin árboles, los vinos espumosos (incluido el champán francés), los poetas de los Juegos Florales, el patriotismo local, la franqueza, los japoneses, los curas bien vestidos, los pederastas artísticos (en cambio, siento una gran admiración por los pederastas modestos), las señoritas inexpertas, la virtud, los sargentos, los hombres llorones, el sentimentalismo, los mauristas, los cornudos dialécticos e iracundos, etc.”.

En fin, el payés y su mundo. Pla.




Archivo histórico