Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Devuelto al remitente


Para entender el concepto de lo kitsch en “el arte” no hay más que ver Cartas a Dios: el mal gusto reivindicado, el objeto cultural degradado.

Pero, ¿reivindicado por quién? Por los fundamentalistas y sus seguidores, por los amantes de la estética Amélie al servicio del melodrama más básico, por los admiradores de quien nunca debió dejar la pluma y tomar la cámara como el franco-belga Eric-Emmanuel Schmit.

El director y guionista adapta su propia novela llevándola a una estética de cómic sin fuste que, gracias a un equipo técnico-artístico que incluye al veterano compositor Michel Legrand y al bergmaniano Max Von Sydow, hace digerible su mensaje, pero que no convence por la falta de encanto de todos los personajes, incluyendo al niño protagonista quien, a pesar de su innegable esfuerzo, palidece al lado de la mirada intensa y la verdadera rabia de los personajes de En un mundo mejor de Susanne Bier.

Cartas a Dios es la historia de un jovencísimo enfermo terminal convertida en una fábula de dudoso gusto y aún más dudoso mensaje, que fracasa allí donde triunfaba el escalpelo de Lourdes de Jessica Hausner, es decir, narrar con intensidad un relato sobre la fe como dudosa tabla de salvación y el silencio divino. Ni la cuidada ambientación de los primeros momentos del filme, ni la astuta iluminación en tonos sombríos, ni la ¿herencia? de Jaques Demy, Luc Besson y Jeunet-Caro logran impregnar unas imágenes que mezclan la tragedia con la comedieta fantástica, lo humano con lo divino y que confunde el cómic con la horterada. Ni la relación entre el niño y la mujer (ridiculizada desde su aparición), ni la del niño con el reino de los cielos acaban de cuajar porque el director quiere ganarse a toda costa a un público crédulo y poco preparado con unos personajes fuera del tiempo y mal ubicados en el espacio.

Allí donde Alice Walker lograba hechizar, Schmit fracasa sin discreción y se limita a colorear la pantalla sin llegar a hacer verdadero cine ni buena literatura.




Archivo histórico