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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

La versión de Barney, o cada uno cuenta la feria según le va


Pues eso, que todo depende del color del cristal con que se miran las cosas. Y si se trata de la propia vida, normalmente, el cristal es deformante la mayor parte de las veces. Eso le pasa a Barney Panofsky, un hombre de negocios judío, obsesionado con dos cosas: el equipo de jockey sobre hielo de Montreal y su adorada ex esposa Miriam, que ante la inminente salida de un libro de memorias de un, en otro tiempo, amigo, Terry McIver, donde le acusa directamente de  “…abusar de su esposa, de ser un intelectual fraudulento, un mero triturador de obviedades, un borrachín amigo de la violencia y, para colmo, seguramente un asesino…” , decide escribir sus propias memorias con el fin de rebatir lo que considera un libelo y explicar su punto de vista sobre su vida y los motivos que le llevaron a hacer lo que hizo, y lo que dejó de hacer.

La versión de Barney ─que nos presenta en castellano la editorial Sexto Piso─ es, pues, un libro de memorias ficticias escritas con mordacidad, mala leche, bastante talento y buen humor por el afamado escritor canadiense Mordecai Richler que nos llega con trece años de retraso ─su autor murió en 2001; la novela apareció  en 1997─,  en las que su protagonista y narrador en primera persona, Barney, se despacha a gusto con todos aquellos que ha conocido a lo largo de su vida muy especialmente si éstos eran vegetarianos o separatistas quebequenses. Como a sus 67 años empieza a no recordar determinadas cosas o las confunde, la edición viene corregida  a pie de página por uno de los hijos del protagonista que también redacta un epílogo. 

 La versión de Barney es, por lo tanto, una especie de recordatorio vital que no busca la verdad: la memoria, ya se sabe, es siempre una trampa peligrosa para la objetividad. Y que, además, está completamente desprovisto de añoranza: las cosas fueron como fueron, la mayoría de las veces completamente erradas, pero ellas han sido, en opinión de su autor, las que le han llevado a ser el hijo de puta que es. Convertido en un millonario productor de series televisivas de gran éxito, este canadiense, judío y anglófono por más señas, está convencido también de que los nacionalismos, sean del signo que sean, deberían ser erradicados del planeta como la mala hierba.

Este personaje mujeriego, alcohólico, malcarado y en perpetuo descontento con el mundo que le rodea es descrito con habilidad  por la vena satírica de Richler aplicando sobre él y sus comentarios la lupa deformante del humor para convertirlo casi en un arquetipo de una cierta manera de triunfar en la vida basada en pasar por encima de los demás aprovechando la ocasión propicia.

Barney  siempre ha tenido claro lo que quería en su vida y desde su juventud libertina y libertaria en el París de los cincuenta rodeado de un grupo de amigos, jóvenes intelectuales, para los que no tiene piedad en sus comentarios, como no la tiene para sus ex esposas ─excepción hecha de la ya mencionada Miriam─ ni para sus propios hijos, a los que vapulea sin piedad, nos va descubriendo su pensamiento y su particular ética de la existencia. Sabe que está en el tramo final de una vida, que vista ahora en perspectiva, se le antoja una absoluta pérdida de energía, pero se afana en la tarea de apresar el pasado que ya estaba medio olvidado, aunque sólo sea para darle en las narices al presuntuoso  mentiroso de su  ex amigo. Así logra reanimarlo componiendo un poderoso retrato de dos mundos distintos, el del París bohemio de la posguerra y el de Canadá, Montreal, y las veleidades separatistas de la provincia francófona de Quebec, que sirven de marco a la extraordinaria, densa y siempre divertida aventura vital de este personaje tan desopilante como, en el fondo, entrañable.




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