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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Belfondo o el hipervínculo


Curiosamente hace unos pocos días nos reuníamos un grupo de amigos  para hablar, en principio, del libro digital, de su presente y su futuro. De la muerte, también, de una forma de entender el negocio editorial. Allí estábamos editores, escritores y lectores  exponiendo cada uno su particular punto de vista sobre el asunto,  y, afortunadamente, sin llegar a un mínimo consenso. Se barajaban razones económicas, logísticas, estilísticas y todas las “isticas” posibles en un animado coloquio.

En lo único que hubo una cierta unanimidad fue en la idea de que el libro digital debería ser un libro abierto en el que el lector pudiera interactuar con la narración por medio de hipervínculos que le abrieran otras páginas sobre, por ejemplo, determinados detalles de  la  vida de los personajes no incluidos en la narración; o información sobre acontecimientos reales o ficticios que acontezcan en el argumento, sean estos reales o ficticios, etc. Que el lector pudiera, también, incluir notas sobre sus opiniones y o emociones a medida que avanza su lectura. Un libro pues no rizomático, sino abierto al aire, como una parra salvaje que va lanzando sus pámpanos en todas direcciones y con el fin único de cubrir el mayor espacio posible de terreno y llegar cada vez más allá.

Obviamente todo ello llevó también a hablar del papel del escritor en este desafío del nuevo soporte ─el último por ahora─; de si habría que escribir de otra manera, inventar un nuevo lenguaje más acorde a la era tecnológica que nos ha tocado vivir. Evidentemente tampoco nos pusimos de acuerdo en esto.

Y en estas estaba cuando llega a mis manos la primera novela de la escritora catalana Jenn Diaz, Belfondo (Principal de los libros), joven ─veintidós años tan solo─, dueña de un talento narrativo realmente envidiable, que, con la sencillez de un maestro consagrado, se ayuda de una prosa poéticamente  traslúcida y libre de arabescos innecesarios para levantar una ficción que es el paradigma de la escritura hipervincular donde cada personaje ─un mundo en sí mismo  que la vez  forma parte del  todo que conforma esa especie  de  universo ucrónico y cerrado que es el pueblo de Belfondo─ se convierte en el hipervínculo que nos abre a otro personaje, y así sucesivamente, hasta cubrir como la parra salvaje todo el entramado vegetal de la novela. Ramificaciones de un mismo tronco que entretejen el tupido devenir de las gentes oscuras y sin futuro que viven en un pueblo regido por la voluntad soberana de un “amo” que dirige su vida con el poder tonante, omnímodo de un dictador  y que decide hasta los más nimios detalles de ésta. Una especie de Brigadoom a la inversa donde las voces de la prostituta Beremunda, el cura invidente Sontano ─que sabe que Dios es una mujer─, el poeta Horacio, encargado de redactar los epitafios de las tumbas; Arcadio, el maestro que enseña a leer y a escribir a todos su convecinos excepto su esposa; el enamorado incestuoso Dositeo; la niña sorda Cuca, que conoce la manera de  detener el tiempo, componen, junto a otras muchas,  la historia coral  con la que se atreve Jenn Diaz sin perder el pulso ni el tempo narrativo, contando justo lo que quiere contar y ni un ápice más.

No sabemos la época, ni el lugar en que se desarrolla la historia, ni que se fabrica en la fábrica, ni otra multitud de detalles que otro escritor hubiera considerado indispensables. Pero, realmente, ¿es eso importante? Jenn Diaz nos demuestra que no. Algunos críticos hablan de milagro refiriéndose a la madurez literaria de la joven  autora, yo prefiero hablar de un talento que a Díaz parece estallarle por todas las costuras de su obra. La novela me ha durado una tarde de lectura, pero no la olvidaré fácilmente. Tal vez  haya logrado dejarme varado en la encrucijada final acompañando para siempre a sus protagonistas.




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