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Los viajes

de Sara Gutiérrez

Amantaní

 OTROS DESTINOS

 


En el pequeño puerto nos esperaban, con un collar de kantuta para cada uno, las familias de villa Orinojón que habrían de alojarnos.

Nuestra anfitriona, Flora, nos condujo entre huertos hasta una casa, la suya, en la que no hay agua corriente pero sí un retrete y un bidón de agua con un grifo, no hay electricidad pero sí luz gracias a un panel solar. Nos dio a elegir entre dos habitaciones con vistas al lago, e inmediatamente nos sentamos a comer. Al calor de la sopa de quinúa, Flora nos contó cómo su padre ya había empezado a alquilar habitaciones en los años ochenta, cuando la mayoría de los isleños veían con malos ojos la llegada de turistas, y ahora es rara la familia que no ha añadido a su casa una o dos habitaciones para acoger pasajeros, como ella nos llama. Mientras tanto, entre cucharada y cucharada, su hija de cuatro años, Madelainy, nos hace reír continuamente con sus caras y comentarios; y la otra niña de la casa, Betsy, de doce años, nos prepara el segundo plato, queso frito. Terminamos la comida con un mate de muña, de olor parecido a la menta y propiedades similares a la manzanilla: apropiado para que se nos asiente el estómago y protegernos del mal de altura.



Rápidamente se da por terminada la sobremesa porque «tenemos que cumplir el programa» y ahora toca ir a la biblioteca. Nos guían Madelainy y Betsy, cuyo diploma por ser la mejor alumna de primaria en aprovechamiento y conducta cuelga en nuestra habitación. Cogemos el lote de boligrafos, lápices, pinturas y libretas que compramos a una vendedora ambulante en el puerto de Puno, donde había numerosos puestos de comida y un gran mercado de artesanía, y nos vamos al encuentro de la persona encargada de la biblioteca y más niños.

Llegamos las primeras, así que nos ponemos a hacer puzles con Madelainy; Betsy se sienta a leer un libro. Van llegando los demás: nuestros compañeros de grupo y las familias que los hospedan. El guía nos invita a representar para el par de niños que hay en la sala el cuento de La bella durmiente. Hacemos el teatrillo y salimos corriendo porque ahora toca subir a Pachatata para ver la puesta de sol.


Era la semana de fiestas patronales y en la Plaza hay mucha animación. Las gradas de uno de los laterales de la Plaza están cubiertas de turistas y locales sentados que disfrutan con las orquestas y grupos de baile. Los otros laterales de la plaza están tomados por puestos de chucherías. Por todas partes mujeres vestidas con su pollera típica y niños corriendo. Nos entretenemos un poco, pero el guía nos pide que le sigamos y comienza a ascender por un camino muy arreglado. Va engañando nuestro cansancio con el consabido «es difícil hasta aquel árbol, pero después es muy fácil», hasta que nos damos cuenta de que el camino va a ser más duro cada vez, y más alto (todo son números para volver al dolor de cabeza), y nos damos la vuelta para ver la puesta de sol desde un lugar con vistas suficientemente buenas como para disfrutarla sin dejar la vida en el intento.



Al bajar, nos encontramos con las familias que ya nos esperaban en la Plaza, más animada aún que cuando pasamos hacia Pachatata, si cabe. Ahora muchos puestos ofrecen pequeños pinchos de carne y patatas. Nos entretenemos viendo un par de bailes pero notamos el nerviosismo de Betsy, que como nosotras se quedaría de buena gana en la Plaza pero tiene la misión de llevarnos ya para casa; la seguimos con nuestras linternas. Por el camino, Betsy nos cuenta cómo va la liga de voleibol que casi gana con su colegio privado (en los públicos se pierden muchas lecciones porque a veces los profesores no vienen, nos dice).

En la casa nos espera su padre, quien cena con nosotras sopa y arroz con un guiso de patatas. Entre ellos hablan continuamente en quechua.

Flora nos ofrece ropa para que podamos vestirnos como las mujeres de la isla: con blusas bordadas, faldas armadas y chuco, el manto negro bordado con el que cubren la cabeza, la cara o simplemente los hombros. Declinamos la invitación a disfrazarnos y únicamente aceptamos ir al baile (peña) que va a organizarse en el salón comunal porque ella tiene que ir sí o sí, le toca abrir y hacerse cargo de la venta de bebidas. Poco a poco, van llegando las familias anfitrionas, unas seis, con sus turistas (ellas como hubiéramos ido nosotras, ellos con poncho y gorro), y por fin aparece un grupo de jóvenes músicos. Empieza la música y el baile. Divertido si el mal de altura no existiera, nocivo cuando en un día -como es el caso de más de un turista- se ha pasado del nivel del mar a casi 4.000 metros.


Bajo un cielo nítidamente estrellado, seguimos los pasos de Betsy (que cargaba en su manta a la espalda una caja de coca-colas, y de ninguna manera quiso que la ayudáramos a transportarla) y alcanzamos por fin la cama. No eran las diez de la noche.

Dormimos regular, posiblemente por el cansancio de las caminatas, en unas camas cubiertas de pesadas y coloreras mantas cuyo testero lucía compartimentos con cerradura.

A las seis y media estábamos en pie, y a las siete desyunando los exquisitos pancakes de plátanos que Betsy nos había preparado. Jugamos un poco con la pequeña Madelainy y salimos hacia el puerto. Por los caminos la gente iba y venía, muchos niños ya estaban volando cometas a las puertas de sus casas.  


Por un momento pensamos que alguno de nuestros compañeros de viaje se había puesto realmente enfermo porque no acaban de llegar al puerto. Esto nos dio pie para comentar con el guía dos cosas: uno, que las actividades deben organizarse teniendo en cuenta la altísima probabilidad de que los turistas se vean afectados por el mal de altura; dos, que en las islas debería haber un puesto sanitario perfectamente dotado para atender los casos de mal de altura o cualquiera otra complicación que pudiera surgir. Porque hasta allí no puede llegar nadie que no vaya en un grupo organizado por las agencias locales, y son muchos, cada vez más, los turistas que trasladan de Puno a las islas.

Una humilde recomendación: vivan tranquilos sin escenificar para los turistas, nos basta compartir sus casas y sus paisajes reposada y libremente.

Las fotos las hicimos a medias, Eva Orúe y yo misma. 

OTROS DESTINOS

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Cañón del Colca
Puno y el Lago Titicaca
Amantaní
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Puno-Cuzco (I)
Puno-Cuzco (II)
El valle sagrado de los incas
La Plaza de Armas de Cuzco
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Por fin... Machu Picchu




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