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El pizarrín

Javier Goñi

El “cabra” de Benet

Déjenme que les diga que, según lo veía Álvaro Pombo, de entre todos los Marías reales y posibles, él, Xavier, como prefería llamarlo Pombo, y Xavier, también, cuando se le pone cara de ser el Rey de Redonda, ese islote caribeño, o Javier, con grafía más ajustada, él, de entre todos los Marías reales y posibles, siempre será el Joven: palabras de Pombo, el hidalgo cántabro. Siempre lo será, o lo fue, el joven Marías, el otro Marías era el padre, Julián Marías.


Lo fue, o ya no lo es tanto, que en este año acabado en 11, el joven Marías cumplirá (en septiembre) 60 años y 40 se han celebrado ya, estos días pasados, de cuando con 19 años publicó su primera novela, Los dominios del lobo, y que Alfaguara, su editor senior, en bolsillo anda en DeBolsillo, de Random House Mondadori, saca ahora de nuevo acompañando su última novela Los enamoramientos (Alfaguara). De ésta voy por la página 54, y nada más terminar este cable prosigo la lectura, que me he quedado en los jardincillos de la Escuela de Ingenieros Industriales, y ya sabemos quién ha matado a Desvern o Deverne: que lo habían matado, desde la primera página; descuiden, no destripo nada.


El joven Marías, cuarenta años después de sacar su primera novela, nos da ésta de Los enamoramientos: un bonito título, arriesgado, que posiblemente sea suyo, y no esté inspirado en Shakespeare, o cedido generosamente por Vicente Molina-Foix, que tiene muy buena mano para los títulos, propios y –dice la leyenda- ajenos. Suyo fue, de VM-F, el título de su primera novela, y de ésta, Los dominios del lobo, me apetece empezar a hablar. Una novela, cuya primera edición “se terminó de imprimir el día 15 de marzo de 1971 en los Talleres Gráficos Ferrer Coll, Pje. Solsona, s/n. Barcelona-14 (España)”. La editó Edhasa, y la maquetó José M.ª Guelbenzu, hoy Laureado y Apreciado Guelbenzu. El joven Marías -19 años- se la dedicó con deseo impreso a Juan Benet y a Vicente Molina-Foix. A éste le debía el título, al señor ingeniero la mano recomendatoria editorial. El señor ingeniero tenía –entonces y durante mucho tiempo- mucha mano, donde le alcanzaba. También la tuvo con Pombo.

Álvaro Pombo, hidalgo cántabro con ilustres familiares que en el XIX dejaron perder por no verlo claro o por mala cabeza un incipiente Banco de Santander, que luego fue lo que es: tirantes y corbata encarnados, y apellido apropiado para un banquero, Botín; porque si fuera plural, Botines, pasaría a ser más apropiado para gángster de película de Billy Wilder, con faldas y a lo loco, pongamos que sea. Pombo, ah, Pombo. El joven Marías publica su primera novela en Edhasa, hace 40 años, y Álvaro Pombo, algo bastante mayor, está en Londres, huyendo de sí mismo, encontrándose consigo mismo. Demos, pues, en un momento un salto a Londres. Pongámonos en mitad de la calle, dejemos que nuestros pies, parados en la acera, los perciba, como una sombra, ese treintañero, bien cumplidos los años, Pombo; ahí abajo, tras el tragaluz, en ese sótano del Urquijo, un banco mercantil español asentado en la City, oficia de telefonista, de 9 a las 13 horas, una hora para comer, y de las 14 a las 18 horas (una extraordinaria, convenientemente retribuida). Por su eficacia y dedicación bilingüe –contesta al teléfono con el mismo entusiasmo en inglés y en español- ha logrado de sus jefes que le dejen utilizar una máquina eléctrica, y así consigue escribir, en horas de oficina, sus poemas y sus cuentos. Tiene casi 40 años, un par de libros de poemas y una colección de cuentos, Relatos sobre la falta de sustancia; uno de los títulos más hermosos que yo recuerde. Y agrego, ahora: y Los enamoramientos.

Para su primer libro de cuentos, escritos en Londres, Relatos de la falta de sustancia, le había sacado un prólogo a Aranguren. El inexperto Pombo pensaba que en la España de entonces –mitad de los años setenta— salir con un prólogo de Aranguren tenía su plus. Un prólogo, por cierto, bien significativo, pues desde el inicio se decía que era un libro “diferente” –diferente entre comillas—, y no sólo, o también, porque aparecía en esas historias la homosexualidad de una forma explícita. Pombo, aquel telefonista del sótano del Urquijo, suponía que lo de Aranguren le iba a abrir las puertas de por lo menos Las Ventas. Pero de eso nada y Aranguren le insinuó que acaso Benet, don Juan Benet, el señor ingeniero, le podía echar una mano. Y Benet le pasó los cuentos a Rosa Regás, para su hermosa editorial, La Gaya Ciencia, donde, por imperativo del señor ingeniero y por la indudable calidad de los mismos, aparecieron en 1977 los tan citados Relatos sobre…, con el prólogo de Aranguren, claro, y en un hoy muy buscado catálogo donde había –o habría— cosas del propio Benet, Iturralde, Javier del Amo, Azúa, Molina-Foix, etc. Y donde había publicado –ya en 1972— Marías su segunda novela, Travesía del horizonte. Pues después de la primera, vino la segunda, y el joven Marías, tenía –ya— 21 años.


Era una colección preciosa, lo ha recordado el propio Pombo (en sus palabras: “un bellísimo volumen azul y plata”, y cuyo primer ejemplar, añado yo, se lo llevó la propia Rosa Regás a Londres y la entrega tuvo lugar en un pub de Lancaster Gate), una colección preciosa, sí, pero con algo de ese exquisito ideal literario de lo minoritario a lo Benet. De su libro se editaron mil doscientos ejemplares y se vendieron unos seiscientos, la mitad. Pero no pasó desapercibido. Todavía era telefonista del Urquijo cuando Antonio, el hijo mayor de Alberto Oliart, aquel ministro de Defensa de UCD –hoy el Gran Jefe de RTVE— y que fue un gran amigo de escritores y autor él mismo de unas interesantes memorias literarias, y quien, además, le había enchufado —¡de telefonista!, suele enfatizar Pombo, para mantener su conocida honestidad a salvo— en el banco, le llevó, digo, el hijo mayor de Oliart, un recorte de Diario 16, con una reseña –perspicaz y generosa— de Carmen Martín Gaite

Con el título de “Una aguja en un pajar”, comentaba entusiasmada los Relatos sobre la falta de sustancia, que en el erial que era entonces el panorama narrativo español ese libro era una perla, un estímulo. Pombo hizo la maleta y con el recorte de Martín Gaite bajo el brazo se vino a Madrid. En aquel libro que le hizo volver hay dos relatos de igual título, “Regreso” y de parecido planteamiento, aunque de intención diferente. En uno de ellos, escribe Pombo: “Vuelve a España. Hay que escribir en sitios fijos. Hay que ser de un sitio para escribir en serio”. Para Pombo, en ese momento de su vida, cuando percibe que puede llegar a ser el escritor que será, que es, ese sitio es España; necesitaba ver su propia tierra, sus recuerdos del mar de su infancia, ese mar cántabro, bronco, oscuro, de un gris/azul, el oleaje, los acantilados, las playas desiertas, la lluvia, ese era su paisaje, y además necesitaba su lenguaje, el idioma español. Éstas son –sin entrecomillarlas— palabras de Pombo.

Pero Pombo –con esa bonhomía que es natural en él—  tendrá ahora que echarse a un lado para que uno siga con Marías, aunque pronto volverá, pues ambos pertenecieron, con diferentes talantes, al reino de Camelot de la calle Pisuerga, el chalé del sr. Ingeniero  Juan Benet en la colonia de El Viso, un pequeño oasis o más bien espejismo de un Madrid con cimientos institucionistas y republicanos que bien pudo ser eso antes de acabar siendo un poblachón manchego, o lo que sea ahora, que es más. La cosa, en fin, es que Javier Marías unos años antes se había escapado –en sucesivos prólogos suele matizar la escapada— con 17 años a París, a ver cine, sobre todo; a comer baguettes con aire y mostaza, para subsistir; y, además, a escribir como un poseso una primera novela, que transcurría en Estados Unidos…

“La familia Taeger, compuesta por tres hijos –Milton, Edward y Arthur—, una hija –Elaine—, el abuelo Rudolph, la tía Mansfield, y el señor y la señora Taeger, empezó a derrumbarse en 1922, cuando vivía en Pittsburg, Pennsylvania.”

…Mientras la escribía probó suerte con diferentes y ocasionales ganapanes, entre ellos tocar la guitarra –maltratar, ha precisado— e incluso llegaba a entonar “canciones de Bob Dylan y otros arrastradores de la voz”. Y esos francos así ganados se le convirtieron en pesetas cuando regresó a Madrid ya con su primera novela, que todavía no tenía título, y fue entonces cuando conoció, entre otros a Juan Benet y a Molina-Foix. Se iniciaba la década de los setenta, Pombo en Londres no se imaginaba todavía que iba a ser Pombo y el joven Marías participaba en una tertulia de gentes del cine y de las letras, y a la salida, despejándose el grupo de contertulios del humo de las palabras y de los alcoholes de los acaloramientos, iban a dar al Paseo de RecoletosCalvo Sotelo, se supone, que estas cosas son Memoria Histórica o no hay Google que lo remedie—, donde celebraban las habilidades del joven Marías, que no eran sino volatines y piruetas, para lo que estaba al parecer mucho más dotado que para el rasgueo guitarril. Lo que para el joven Marías era imprudencia –atreverse sobre la pétrea acera a esos volatines y piruetas— acabó siendo leyenda y, sin duda, no creo que haya habido en las letras hispanas en el último medio siglo del XX un escritor, joven o de edad, que haya destacado por este don, que incluso le hizo obtener algunos beneficios económicos, pues pronto el sr. Ingeniero y VM-F, al ver el cierto gentío –en términos relativos pero significativos— que congregaba el volatinero y el piruetista –si el DRAE lo consiente—, decidieron pasar la gorrilla, y así el sr. Benet semejaba ser el gitano de la abollada trompeta y patriarca del grupo, VM-F, el gitano rumbero y musiquero –para eso, es, levantino, y muy habanero, o a lo mejor— y el joven Marías, con sus volatines y piruetas, dicho sea lo que sigue con todo el afecto que uno le profesa desde siempre, el cabra. El joven Marías en uno de esos prólogos, en los que gusta explayarse en cosas de la vida de uno mismo, ha confesado que algunas noches de éxito regresaba –baldado, aporto yo un adjetivo, por poner algo— a su casa en taxi, fruto del menudeo, de repartirse las monedillas.


Guitarra. Piruetas. Volatines. E incluso, de creer –y porqué no— al escritor y periodista Eduardo Chamorro, canciones country, como se verá un poco más abajo. Chamorro fue autor de un libro muy personal, divertido y chismoso a partes iguales, Juan Benet y el aliento del espíritu sobre las aguas (Muchnik Editores, 2001), donde se cuenta con detalle y partidismo cómo era el reino de Camelot del sr. Ingeniero, donde rivalizaban por ganarse el favor real e ingenieril –a ver quién tenía más ingenio para el ingeniero, vamos— los benetines y los benetones. Y es que para Chamorro no había, entre los que abejorraban  —please, DRAE— en torno a la reina madre –don Juan Benet Goitia—, benetianos, sino benetines, que eran –aclaraba Chamorro— todos ellos, o casi, y algunos, éstos, los del casi, a lo más eran benetones. Un gran benetón, por ejemplo, era Antonio Martínez Sarrión, apodado el Moderno entonces, un señor mayor ahora, un estupendo poeta siempre y un excelente memorialista –en Alfaguara—, que se ha prodigado solo lo que ha querido; y también lo era Javier Pradera, el periodista de entonces, benetón. Y luego estaba, por cierto, Ferlosio, y Ferlosio en expresión –textual— de Chamorro era “el recopón del benetón”.

(…Caprichosa la máquina, diga usted que sí, benetines tiene su pase, pero pruebo con bonetón, ¿ven?, pruebo con bonetón, ¿ven?, y yo quiero decir benetón: he tenido que ponerme burro, insistir, vamos…)

A uno no hay nada que le guste más –con permiso del respetable— Que el que se le comuniquen los sótanos de estos pizarrines con nombres que saltan como diabloscojuelos desorientados de unos a otros. Y si hace semanas recordé al querido y desaparecido Jaime Salinas, homenajeado el otro día en la Residencia de Estudiantes, ahora vuelvo a Salinas, al repasar el libro de Chamorro sobre Benet y su reino de Camelot, pues me encuentro subrayada en vertical buena parte de la página 134, y es que Jaime Salinas, en inciso de Chamorro: un bostonian cuya leyenda incluye sus peripecias al volante de una ambulancia durante la World War II (la frase así tal cual es de Chamorro, yo sólo agregaría que las páginas de sus andanzas como camillero durante la WWII, y que forman parte de su único libro, sus memorias, Travesías, son espléndidas, esas páginas, como lo son todas ellas; cierro)…

Y es que Salinas organizaba cada 14 de abril unas sonadas fiestas en su casa madrileña de la calle de Don Pedro, portal con portal donde nació Lina Morgan, dicho sea todo, que creo que hay placa Municipal y espesa, en lo de Lina Morgan. Y Chamorro se acuerda de una: “Eran fiestas que comenzaban a muy buena hora; a eso de las siete de la tarde ya se podía plantar uno en casa de Salinas a beber de gorra. Había cena fría y mujeres muy guapas o que lo habían sido. Javier Marías amenizaba, en ocasiones, el baile con canciones country, mientras corrían las habladurías de sus aventuras con damas exóticas y aventureras, de las que Marías jamás soltaba prenda, sin embargo.”


El joven Marías.  De octubre de 1988 es un estupendo retrato al minuto de Marías, el Joven, como le llamaba por entonces Pombo, y que éste trazaba cada semana en Diario 16, en su suplemento cultural, y donde apresaba y diseccionaba escritores jóvenes y no tanto, y que están recogidos en un muy recomendable libro misceláneo, Alrededores (Anagrama, 2002). Y del que me apropio –las excelencias son de Pombo— buena parte de ese retrato en estas líneas que siguen:


Marías, Xavier, de entre todos los Marías reales y posibles, siempre será el Joven. De esa su juventud consustancial le viene la apariencia de aventajada frialdad (para que sus enemigos literarios clamen al cielo y no les oiga) y también un poquitín lo litri. Y de su juventud viene a su prosa esa combinación de lo infantil (que florece en relatos epicoburlescos) y lo solemne (que a los jóvenes editores franceses les está quitando el hipo). Las Obras Completas de Marías, el Joven, se dividirán en dos grandes partes: una copiosísima Correspondencia y el resto. Con ser importante y ejemplar lo segundo, yo siempre me quedaré con lo primero: ahí Javier Marías se despreocupa y se descalza y cuenta cosas con el solo deseo de divertir a su corresponsal…

Y continúa Pombo líneas más allá:

“Para sus corresponsales, como digo, Marías se descalza, por antonomasia, el pie. Para sus lectoras y lectores, en cambio, por casualidad se descalza la pechuga, que siempre se le ve desabrochado. De aquí que en las fotos oficiales de las solapas de sus libros tenga, con frecuencia, un aire pelón, como de osezno, con la litri nariz un poco levantada de quien acaba de oler un mal olor o descubrir repentinamente un faux pas


Lo de la pechuga. Acaso se refiera a solapas como las de, por ejemplo, Travesía del horizonte  (Alfaguara, 1999), El siglo (Alfaguara, 2000), El hombre sentimental (Anagrama, 1986), Mañana en la batalla… (Anagrama, 1994) o Negra espalda… (Alfaguara, 1988), y algunas más.


Y recuerda también Pombo un invierno madrileño, cuando en Castellana había un ministro de Cultura que se llamaba Ricardo de la Cierva, aunque puede que éste le dijera a su chofer: a Generalísimo:

“Recuerdo aquel invierno: paseábamos por Valle Suchil ya de noche hablando de las becas de don Ricardo de la Cierva. Había luces en todas las ventanas. ‘Son todos novelistas’, comentó Marías, ‘que nos están comiendo la merienda’. Y casi exactamente fue así. (Diario16, 22 de octubre de 1988).

(En fin, llegué el otro sábado de Cáceres del fallo de los Premios de la Crítica. Ese viernes, ese sábado, Ángel Basanta, José María Pozuelo Yvancos dejaron por escrito, en sus papeles, su entusiasmo por la última novela de Javier Marías. El suyo lo traía ya desde Barcelona Enrique Turpin. Envidié sus entusiasmos, ellos envidian ahora que no vea el momento de enviar esto –unas pocas palabras más, y ya está— y ponerme con la lectura que había dejado en la página 55. Me pongo.)




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