Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Señoras y señores: con ustedes, Ian McEwan


Hace ya más de veinticinco años que escribí mi primera crítica sobre una novela de Ian McEwan en la mítica revista Zikkurath  ─si la memoria no me falla se trataba de Primer amor, últimos ritos─; y la encabezaba con el mismo título que he elegido para comentar la última aparecida en España bajo el  título de Solar (Anagrama).

En estos veinticinco años ─celebro pues con su autor una especie de bodas de plata literarias─  he sido un lector fiel y enamorado de la prosa de este inglés  que ya es nombrado entre sus compatriotas como “el escritor de facto” con lo que esto puede tener de bueno y malo para él. Famoso malgré lui, su vida personal ha saltado varías veces a los tabloides ingleses como si se tratara  de una estrella del espectáculo: unas veces por la batalla legal por la custodia parental con su primera mujer, otras por la aparición de un hermano del que desconocía su existencia, y finalmente  por sus problemas con los visados de entrada a Estados Unidos. Se ha convertido pues en un escritor público lo cual, a veces, ha ido en su contra  y además, para cierto segmento  de lectores, ha sacado de foco la importancia de una obra absolutamente coherente a su filosofía de vida y su forma de entender el mundo que nos rodea, y que ha ido escalando cimas de perfección literaria  en un crescendo imparable de la primera a la última de sus novelas. Títulos como El inocente, El placer del viajero, Niños en el tiempo, Amor perdurable, Ámsterdam, Expiación, Sábado o Chesil Beach forman una carta de presentación lo suficientemente abrumadora por su calidad y diversidad como para no considerarlo uno de los escritores mayores en lengua inglesa actual.

Solar, su última obra, no es una excepción, sino la confirmación de un autor de talla excepcional donde todo lo mejor de su estilo se concentra para ofrecer una novela sólida, un personaje inolvidable, Michael Beard, del cual se sirve para ofrecernos una acerada, vitriólica y descacharrante  sátira sobre la ética del ser humano. Su enorme capacidad narrativa, su maestría al plasmar las miserias humanas  aderezadas con  sus ingredientes habituales de vileza y perversidad y sazonadas en su punto con un sentido del humor que chorrea por cada línea de la novela como una mala baba  terapéutica.

El orondo Beard, físico que vive de las rentas de un premio Nobel otorgado por su descubrimiento, conocido en los medios científicos como la combinación Beard─Einstein, vive su cincuentena  acompañado de su quinta esposa, diecisiete años más joven. Siempre ha sido un seductor y ha tenido gancho para las mujeres y en todos sus matrimonios anteriores él ha sido culpable de adulterio. Este no iba a ser una excepción, y cuando su neumática y curvilínea mujer se entera de su aventura, en vez de montarle un escándalo, parece estar encantada. Abandona la habitación matrimonial y se lía con el rehabilitador que se está encargando de las obras de la casa familiar.

Beard se siente herido en su orgullo por primera vez. A este sentimiento inesperado se suma la falta de emoción y aventuras de su vida actual. Pero entonces llega el becario Tom Aldous y todo se complica…

Con maneras de slapstick, nos adentramos en la delirante aventura  del físico escrita con el negro más intenso de la pluma del autor que nos lleva desde el Ártico a un control de pasaportes, con fantasía sexual incluida, y donde las pieles de oso se convierten en peligrosas y traicioneras, o  donde una bolsa de patatas puede organizar un duelo a bordo de un tren.

En suma una farsa absoluta escrita con mano maestra por el gran McEwan.




Archivo histórico