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Errata

Evaristo Aguirre

Leyendas urbanas

Me pasa con José Maria Eça de Queiroz, en literatura, como con David Bowie en música, que me gusta todo lo suyo, me parece que lo menos brillante de la producción de cada uno de estos dos creadores es superior a lo mejor de muchos otros que, en cada negociado artístico, están muy valorados, e incluso mejor que estos dos. E igual que casi cada vez que me encuentro un disco de Bowie me lo suelo comprar, cuando veo una nueva edición de Eça de Queiroz, hago lo mismo, y así ha ocurrido con Diccionario de milagros, que ha recuperado la editorial Rey Lear, y aquí lo tengo, a mi vera.


Cuenta el traductor –menudo curro hay aquí detrás– de la obra, Juan Lázaro, en el prólogo, que el escritor portugués se propuso hacer un repertorio de milagros ordenándolos por temas, pero que apenas llegó a la letra b, pues se murió, y lo hecho hasta la b se publicó en 1900; y ahora, en 2011, en español... De carácter más bien anticlerical y racional y sensato, Eça de Queiroz le arreó a la iglesia y a sus funcionarios (curas, etc.) en varias ocasiones, y este diccionario estaría en ese camino, siempre según lo que cuenta Lázaro, pues uno de los resultados es que los mismos hechos se repiten en diferentes milagros que ocurrieron en diferentes lugares y en diferentes momentos, vamos, como la chica de la curva, esa que hace autostop y cuando alguien la recoge cuenta que hay una curva muy peligrosa, que hay que tener cuidado, y al pasar por ese tramo de carretera, desaparece. Hay chicas de la curva en casi todas las carreteras españolas (seguro que por ahí fuera hay algo parecido) y es una de los grandes ejemplos de leyenda urbana.

Pues sí, los milagros o los hechos de los santos tienen ese componente de historia ejemplarizante o educativa (a veces solo tienen como objetivo asustar) y también ese de exageración y de fantasía que poseen las leyendas urbanas contemporáneas. Son anécdotas o acontecimientos que según se van contando van adquiriendo matices para adaptarse mejor al auditorio o a las intenciones (casi nunca buenas del todo) del narrador: desde la mano negra (tenías que tirar tres veces de la cadena de servicio para que apareciera, creo recordar) hasta algunas de las noticas que comentan en ciertas tertulias de las cadenas de la TDT.

Por aquello de que un libro siempre lleva (por lo menos) a otro libro, me he acordado de uno que publicó Lengua de Trapo hace diez años (por lo que veo en su web, sigue disponible) titulado Vidas de santos, que era una antología de textos hagiográficos del jesuita del siglo XVI Pedro de Ribadeneyra, cuya lectura te colocaba (bueno, me colocó a mí) en un punto indeterminado entre la ciencia ficción y el hardcore de ciertos cómics. La tradición cristiana es un valioso caladero de historias de lo más variopinto.

La editorial Rey Lear ya publicó otro eçadequeiroz, muy diferente, hace unos años, la excelente novela Alves & Cia, también con atinada traducción de Juan Lázaro.

eaguirre@divertinajes.com




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