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El pizarrín

Javier Goñi

In vino, veritas


Déjenme que les diga que, como sabían, sobrios, y ebrios, los clásicos, in vino, veritas, y a Berceo, nuestro clásico, se le sigue asociando con ese verso tal célebre y celebrado del bon vino, y es que vino y literatura, pues ya me dirán. La cosa es que el jueves 31 de marzo se falla, o se falló –usted sabrá cuándo se asoma por aquí–, el II Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, dotado con 50.000 euros, que convoca el Consejo Regulador de la Denominación de Origen Ribera del Duero y que publica –el libro de cuentos ganador– la Editorial Páginas de Espuma, cuyo editor, mi paisano (aragonés: si no preciso, qué sabrían ustedes) Juan Casamayor lleva unos años demostrando que se puede –noblemente– vivir del cuento.

A esta edición se han presentado 660 libros, de autores de 25 nacionalidades, y de entre estos se han seleccionado siete finalistas: Lolita Bosch (1970), Marcos Giralt Torrente (1968), Pablo Gutiérrez (1978), Marcelo Lillo (Chile, 1963), Juan Carlos Méndez Guédez (Venezuela, 1967, con muchos años de residencia en España), Clara Obligado (Argentina, con muchos más años de residencia) y Javier Tomeo (1935).

La cosa es que no sé si porque en el dossier de prensa que enviaron desde la villa de Roa, con los datos literarios de los finalistas –siete muy estimables escritores, no lo van a tener/no lo han tenido fácil los del jurado–, se aprovechaba la ocasión informativo/publicitaria para anunciar que se hará/o se he hecho ya pública la calificación obtenida por la última cosecha (la 2010: la de 2009 fue excelente: leo), y también que en el acto público del jueves 31 de marzo se procederá /o se ha procedido ya a una cata de diversos riberas; eso sí la invitación dice/decía: señores, traje oscuro, señoras, traje de cóctel. Lo de traje oscuro, acaso sea por si se manchan, se les derrama una copa, los caballeros. De damas en traje de cóctel no sé nada.

La cosa, la cosa…

La cosa es que con el anuncio de la cata, con los riberas por trasegar, me ha dado un bajón anímico de tal intensidad etílica, que me he puesto a recordar finalistas, se me ha soltado la lengua y aquí me veo, hasta que esto acabe, como el pelma medio ebrio de cualquier barra de bar, intentando acercarme a los finalistas, que en el momento de enviar este cable lo son aún, después del jueves, a uno de ellos le habrá servido el zapatito de cristal. Suerte.


Lolita Bosch. Supe de ella por primera vez en 2005. Constantino Bértolo, que es un editor que en Caballo de Troya, esa audacia amparada por Random House Mondadori, apuesta por lo que él considera que debe publicarse, nos dio entonces Tres historias europeas de Lolita Bosch, que, en principio, sonaba entonces –lo insinuó algún diario catalán– a seudónimo. Quién se escondía tras Lolita Bosch; pues posiblemente entonces, y desde hace tiempo está claramente confirmado, la misma Lolita Bosch, que se dio a conocer entonces con tres excelentes –dos mejor que la otra, recuerdo, en Babelia tengo traspapelada la reseña– historias cortas: las dos primeras tenían un aroma centroeuropeo: la primera era una magnífica novela corta, que trataba de la ceguera y de la determinación de un médico por librar de ella a una mujer; la segunda, muy en la onda de Sebald, tenía que ver con la necesidad de seguir escuchando voces del pasado, de supervivientes del exterminio nazi y tenía voz polaca; la tercera, menos satisfactoria en mi lectura, abandonaba el terreno de la memoria colectiva, y se refería a un caso de abuso sexual infantil.


Lolita Bosch

Por aquel primer libro –la apuesta de Constantino– yo me preguntaba al final de esa reseña que quien se escondía tras Lolita Bosch y añadía: “acaso Lolita Bosch”. No me equivocaba. Ha publicado muchas cosas después, algunas especialmente interesantes –muy– para mi gusto lector, como, por ejemplo, La familia de mi padre (Mondadori, 2008), una estupenda indagación por el pasado familiar.


Su padre está también en el último libro de Marcos Giralt Torrente, Tiempo de vida (Anagrama, 2010), uno de los libros en español más notables que uno ha leído el año pasado, un ficción/no ficción en el que Marcos escribe los últimos meses de vida de su padre, el pintor Juan Giralt, aquejado de uno de esos males de nuestro tiempo y la peculiar relación que establecieron padre e hijo, que nunca se habían llevado bien del todo y con el que había vivido tantos años de la forma esporádica que determinan –con juez, sin juez– los usos y costumbres de nuestros tiempos. Ese libro que tiene ese bonito inicio: “El mismo año en que mi padre enfermó publiqué una novela en la que lo mataba”. La novela había sido Los seres felices (Anagrama, 2005), editorial a la que le sigue siendo fiel Marcos desde que en 1995, el nieto de Gonzalo Torrente, el hijo de una de las mujeres más fascinantes que uno trató en saraos literarios hace años, publicó su primer libro de cuentos, Entiéndame.


Giralt Torrente

Entonces –lo es también, aunque ya es padre responsable, aunque el Cock  lo tenga muy cerca de su casa– era un guapo joven, como pueden apreciarlo –para gustos, colores– en la fotografía de solapa de su primer libro. A Marcos le conocí en 1985, en un curioso concurso de cuentos que daba un constructor de puertas con sede social a finales de la calle de Serrano, y que patrocinaba para complacer –decían– a su joven y hermosa mujer –la recuerdo en la entrega–, que tenía inquietudes intelectuales: aquel año el Puerta de Plata lo ganó un cubano, que luego publicaría en Tusquets, algonosequé Kennedy; el segundo premio lo obtuvo no importa ahora quién –pero recuerdo que estaba dotado el segundo premio con 250.000 pesetas de la época, que se dice, recuerdo–, y uno de los accésits se lo llevó un jovencísimo escritor que era el nieto de Torrente, Marcos, que ha hecho carrera literaria, pues no le falta talento. El segundo premio, fue el sueño de una noche de verano –estaba a punto de entrar la estación–, y del cubano nada sé, aunque desde aquí le mando un saludo.


En el otoño de 2008 yo formaba parte del jurado del Premio Ojo Crítico de RNE, que como no tiene dotación, tiene prestigio –al jurado tampoco nos pagan, una agenda de RNE, o un llavero de RNE, y unos canapés; pero todos vamos encantados, RNE: un servicio público–, y ese año lo obtuvo Jon Bilbao, por un inquietante conjunto de relatos que estaban muy bien. Esa ocasión me permitió conocer a Jon Bilbao –que ya ha echado a andar con muy buen pie: último Tigre Juan, ese premio que también tiene seriedad y prestigio–. Aunque yo, esa vez, puse sobre la mesa un libro, que me había gustado mucho, de alguien totalmente desconocido, que había editado La Fábrica y que yo encontré golisneando  como si fuera trufa blanca en los estantes del Crisol más añorado y cercano a mí mismo que tenía por entonces. Crisol, una cosa que hubo, y que siempre añoraré por los buenos ratos pasados. Crisol, bueno. Aquel libro se titulaba Rosas, restos de alas, su autor era un joven andaluz, Pablo Gutiérrez, que ese año no ganó el Ojo Crítico, lo obtendría dos años después por su segunda novela, Nada es crucial  (Lengua de Trapo), y hace unos meses se convirtió en unos de los chicos Granta, que tendrá la importancia que tiene –ser uno de los 22 mejores narradores jóvenes en español de la versión española de la prestigiosa revista Granta–, pero tiene su cosa. Me gusta pensar que en ese otoño del 2008, entre los canapés y los vinos de RNE mi defensa de Pablo Gutiérrez –y mi posterior entrega, todo hay que decirlo, a Jon Bilbao– fue acertada. No lo conocía de nada. Olfateé.


Algo así me pasó también ese verano de 2008 con un chileno –tengo una gran predilección los escritores latinoamericanos, pero de éste, como de tantos otros, nada sabía–, Marcelo Lillo, de 1963. Era un librito –otro, como el de Lolita Bosch: éste me lo enviaron los de Babelia para reseñarlo; el de Lillo me lo compré, como el de Pablo Gutiérrez–  de los de Constantino, de Caballo de Troya, ya saben su lema: “nuevos autores, nuevas propuestas, nuevas voces”. La colección de Lillo –la reseña en Babelia la propuse yo, y me la aceptaron: no siempre ocurre– se titulaba El fumador y otros relatos, una estupenda decena de relatos, bocados de realidad, parejas desorientadas, desnortadas, parejas sin fuelle que se agarran como un náufrago a un hecho fortuito, soledades contrariadas o más o menos llevadas, relaciones personales, etc. El relato que daba título era una extraordinaria historia de amistad entre dos hombres –desnortados, estos también: en el momento de escribir la reseña consideraba, porque lo escribí, que un hombre sin mujer es como una brújula loca, ¿ahora?, ¿ahora qué?: se me acaba el espacio del inciso–, y era también un inteligente homenaje a otro tipo de escritores, a los itinerantes, frente a los de escritorio. Lillo me parecía entonces un escritor de escritorio, al que le gustaría, sí, acaso, ser itinerante. Decía entonces que me quedaba con su nombre. Que no se me despintaba. El año pasado, Mondadori reunió en un solo volumen estos cuentos con los de otra colección chilena con el título de Cazadores, que pienso que no ha despertado el eco que Lillo, en mi opinión, se merece.


Al venezolano Juan Carlos Méndez Guédez, con varios libros a sus espaldas, afincado en Madrid –trabaja en el Cervantes– no le he reseñado nunca, que recuerde, aunque me gustó mucho, en su momento, Hasta luego, míster Salinger (tal vez me sedujo por razones obvias desde el título). A la hispano–argentina Clara Obligado, que se ha hecho un merecido hueco en los talleres de escritura madrileños, la conozco especialmente por una colección de relatos –ésta sí la reseñé–, Las otras vidas, que como el libro de Guédez publicó Páginas de Espuma. Un puñado de historias, éstas de Clara Obligado, que hablan sin forzar la violencia, sin alzar la voz más que lo justo, de personas con la vida partida en dos, de seres que se creyeron con el derecho a elegir, y el exilio, el trastierro, el desarraigo los eligió, los forzó. El libro de Clara estaba hecho con muchos bultos de dolores y pesares, como una maleta apresurada, historias que rasgan la piel del lector como el borde de un folio irritado de tanta melancolía, de tanto recordar, de tanta verosimilitud; había otras historias hechas con espuma de mar, que se pierde entre los dedos a poco que se descuidara el lector. En fin, era un excelente libro de relatos.


Y por fin, Javier Tomeo, ese escritor aragonés legendario que tiene un físico –amado monstruo– que tiene que ver con sus espléndidas criaturas, todas inquietantes, morbosas, equívocas. El finalista más veterano, el que más libros ha escrito –nunca muy gruesos–, tantos que ha rebosado catálogos enteros en Anagrama, en Planeta, por dónde andará ahora, hace tiempo que no sé nada de él, he dejado la copa de vino en el borde de mi mesa de trabajo, que se ha convertido esta vez en barra de bar y he ido a buscar sus libros, tantos, tantos, y de uno de ellos, rescate y reedición de su primera novela –¡de 1969!–,  El cazador (Mira Editores, Zaragoza, 1993), que me lo dedicó, han salido planeando, en caída libre, un par de papelillos, una cartita de máquina de escribir y un breve y cortés uso de bolígrafo y una mala fotocopia de la primera crítica que obtuvo en 1969 aquella primera novela; la crítica era de Julio Manegat, un histórico critico catalán que todavía vive –lo conocí el año pasado en Barcelona–, y la cartita de Tomeo decía lo siguiente: “Querido amigo: Tal como te dije, te envío la reedición de mi primera novela El cazador (siempre estoy cazando) publicada hace la friolera de 25 o 26 años. Encontrarás en ella la raíz de todos mis tics literarios. Te envío asimismo fotocopia de la primera crítica que tuve en mi vida, precisamente sobre El cazador, escrita por Julio Manegat, uno de los criticos más importantes de su tiempo, en El Noticiero Universal, de Barcelona. Sus piropos me dieron muchas alas. Esta segunda edición está dedicada a Rafael Conte (entonces en el desaparecido Informaciones), que fue uno de los pocos críticos no catalanes que acogió con benevolencia la novela y me concedió un amplio margen de confianza… ¡Ten en cuenta que tiempos eran aquellos…!”

Y estos, querido Tomeo. ¿Me sirve otra copa, la última? Gracias. Me giro, acodado como estoy en la barra y me doy cuenta de que ya me he quedado solo, no tengo con quién hablar más de esto o de aquello. Dejo de hacer el pelma. Sea quien sea el ganador de este Premio tan vinícola –Javier Ibarra, su ganador de la primera edición, dejó el listón muy alto–, todos se han ido ya a sus cosas o han huido, literalmente. Me tomo, pues, la última copa, a la salud de algunos de ustedes, los que, o el que, hayan llegado hasta estas últimas líneas. Salud. In vino, veritas. Eso dicen. Quiá.




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