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El pizarrín

Javier Goñi

"Blogadurías" de papel

Déjenme que les diga que me gusta que se chapotee con verdadera fruición en las www., en las http://, y que se acabe, al final, buscando sombra en los códigos de barras; me gusta, sí, que esos internautas de pluma y teclado acaben regresando a casa, a nuestro código de barras, que me he enterado, de forma casual, el otro día, de que en Sevilla –debe ser la ciudad con más poetas, editores y colecciones de poesía por metro cuadrado— hay una editorial, poética, La Isla de Síltola, que tiene una colección, Álogos, se llama, dedicada a seleccionar, en pulcros, cuidados y hermosos tomitos, entradas del blog de cada uno de los autores, escritores todos, los más, poetas, incluidos en esta colección que ya anda con más de una docena de títulos, de autores, de blogueros, escritores todos, los más, poetas. Y todos ellos, marcados a fuego, orgullosamente, con su código de barras. Papel, papel, papel.

Me emociona recuperar el momento y enviarlo por la red. El cartero de la zona, hace unos días, me llevó una mañana que yo no estaba en casa un sobre amarillo con unos libros y mi nombre y dirección escritos a mano. Franqueo postal, el corriente. Nada de express, ni certificado, ni mensajero privado. Confianza total en el Servicio de Correos. En el Estado. Como no estaba en casa, como no cabía el sobre en el buzón, como no había –afortunadamente— piadoso vecino que se hiciera cargo –con intenciones sin precisar— del sobre, el honrado funcionario me dejó un aviso, para que lo recogiera –cuando  pudiera, sin rebasar el plazo establecido, y que sea costumbre en Correos— en la oficina que me corresponde, a un paso de mi casa.

Me acerqué, y cogí número. Coger número: Carnicería, Agencia tributaria, Seguridad Social, renovación del D.N.I; no sé si también ahora, en las iglesias, para confesarse se coge número: estaría bien que los confesionarios de madera oscura tuvieran encima un luminoso con el número correspondiente y que se fuera encendiendo según te iba tocando la vez. Qué nervios ver que se acerca tú número y puede que te toque este confesionario o este otro, pues es de imaginar que al igual que ocurre con las mesas de la Agencia tributaria uno, con el número –ya húmedo por los nervios— en la mano, desearía que te tocara éste o esa otra funcionaria, éste o ese otro sacerdote. Tenemos la impresión de que un funcionario del Catastro o de la Eternidad, si es joven atenderá tus asuntillos o tus pecadillos, con más comprensión que si es de cierta edad, pues puede que el conocer los problemas o las faltas graves o leves de la condición humana en lugar de darte una cierta capa de tolerancia y aceptación de las debilidades humanas te haga callo en el alma y eso se nota en la cara, y en el trato.

De confesiones, poco sé, o nada; de asuntos tributarios, tampoco. El funcionario de correos era joven, y amable. Fue a buscar el sobre. Los tienen cerca, puestos de pie, ordenados a su manera, y a su lógica, también puede ser que la manera, o la lógica sea la del compañero del turno anterior, pues en ocasiones se demoran. Al igual que un padre asomado tras los cristales de un paritorio de la Sanidad pública sabe perfectamente cuál es el suyo, uno reconoce –ignoro por qué, pero me ocurre— cuál es el tuyo, el sobre, el paquete. Uno sólo va a Correos a recoger paquetes. De libros. Ni multas de tráfico, ni sobres perfumados y alargados de mujer.

Hasta que lo encontró; se llevó su tiempo. Iba a firmar el aviso, por detrás, como suele ser pertinente; pero el funcionario, amable y aliviado por haberlo encontrado, miró el sobre y me disuadió: no hacía falta, era un envío normal. Sólo libros. Desgarré el paquete delante del probo funcionario, para que viera que aquello no eran ni frutas de Aragón ni yemas de Santa Teresa: tan sólo, o nada menos, que cuatro libros de La isla de Siltolá, una editorial sevillana, de la que no tenía noticia hasta el momento. Miré el sobre, a mano. Mi dirección particular, alguien se la habría pasado.


Eran cuatro títulos de la colección Álogos, de cuatro autores: a tres los conocía, a Fernando Valls, que tiene un blog, La nave de los locos; a José Manuel Benítez Ariza, que tiene otro, Columna de humo; a Felipe Benítez Reyes, que tiene otro, Mercado de espejismos. A los tres los tengo en favoritos. Al cuarto, Enrique García-Máiquez, poeta de El Puerto de Santa María aunque murciano de agua de cristianar, sólo le conocía de nombre; ahora, ya, de leerlo en el papel, y agrego sus Rayos y truenos a mis preferencias. A Máiquez le gusta hablar más de “salidas” que de “entradas”, y mientras las de los demás, al pasar al papel, seleccionadas, o archivadas en su lugar correspondiente, prefieren que se diga entradas, él al contrario se decanta por salidas, y además a lo suyo no lo llama blog sino con insistencia blogg, y no es capricho pasajero –como todos lo son, los caprichos-, sino homenaje –leo— a la mujer del orondo y genial  G. K. Chesterton, que se llamaba –leo— Frances Blogg.


Chesterton

Chesterton. Mira por donde. Máiquez lo ha traducido, y lo cita algunas veces en esta selección de sus 50 salidas del blogg. Chesterton. Mira por donde. Esta mañana –pónganse en mi lugar: domingo por la mañana, 20 de marzo, se inicia la primavera, sale por la tele ese payaso de Gadafi sacudiéndose como moscas los misiles de la Entente Cordiale, o no tan cordiale, que desde Occidente le están lanzando, justa devolución a la gira europea que durante estos últimos años ha ido haciendo este payaso, cuando le aplanaban la explanada para que pusiera su carpa circense con sus vírgenes armadas—; esta mañana le leo a Javier Cercas en el colorín de El País; escribe sobre Chesterton: “Es un apologista del catolicismo a quien adoran agnósticos y ateos, además de feroces comecuras como quien firma; más extraordinario aún es que sea un provocador cuyas impertinencias han sobrevivido un siglo”. Por si hay un inesperado corrimiento de comillas: el “comecuras como quien firma” es Javier Cercas. Chesterton. Mira por donde. Recuerdo que hace meses, Juan Manuel de Prada en una conferencia en la Fundación Juan March (se puede consultar el audio) arremetió como un Savonarola orondo contra los progres y gente sin fe que reivindicaban y leían a Chesterton, y de paso arremetió, con cólera divina, contra el último –entonces— Philip Roth, que era muy malo, dijo: desde entonces, Mondadori le ha sacado a Roth varias novelas más, una por año, debe ir, unas más mejor, y otras menos mejor, pero a mí Roth, que es esbelto como un junco, y Chesterton, que tenía su cierta dosis de sobrepeso, bien albondigado, me gustan mucho. Pero uno no lee a Roth porque uno sea judío, que uno no lo es, ni a Chesterton aunque uno sea, que no lo es, un comecuras, y menos aún, porque uno, como Chesterton, lleva –cada uno en su rayita de la báscula— con dignidad mejorable su sobrepeso. Como el de Prada, que es notable.


Pero si Chesterton nos ha escorado un poco esta torpe barquilla, con riesgo de zozobrar, si me atienden un momento y se ponen todos ustedes en el centro, supongo que lograremos recuperar el equilibrio, y con él, la tranquilidad. Y seguiremos.

La cosa es que Javier Sánchez Menéndez, en su blog, La vida al filo de la espada, que es, además, el editor de La isla de Siltolá,  usó exactamente el 19 de marzo de 2009 –leo— el término álogo como comentario a una entrada de blog y días después, ya puesto, creó el término de blogaduría, que a lo mejor aprovecha retales de la palabra –ramónicamente prestigiada— greguería con otros muchos retales de colores de la palabra, de uso habitual, habladuría.


Curiosamente, si estamos con los ojos muy abiertos delante de la pantalla del ordenador apenas reparamos en que muchos de estos cuadernos de bitácora, que han proliferado como champiñones, tienen un algo –en estos cuatro, en el caso de Benítez Ariza, es indudable, también en Máiquez, que ha conservado incluso, al pasar al código de barras, las fechas— de diario, de entradas –o salidas— de un diario personal, que ya no llevamos en papel, sino que vamos arrojando, palabra a palabra, por la inmensidad de esa tierra de nadie que es Internet donde somos ya todos astronautas errantes –no sé si holandeses todos, pues el óxido del espacio ha borrado las iniciales del país de origen de cada uno—, condenados a ir dando tumbos por aquella inmensidad sideral, sin posibilidad de retorno, y sin poder parar. Basura cósmica.


Por eso me parece tan romántico –y no diré paradójico— el que los blogs seleccionados, algunos, al menos, tengan una nueva vida, una nueva oportunidad recogidos, ahora, en papel, con su correspondiente código de barras. Esta sensación ya la tuve hace unos meses cuando vi y adquirí –aunque los tengo archivados en su lugar correspondiente, puedo darle a “Anteriores” y encontrarlos, y además ilustrados: ay, esas fotos que combinan tan bien dos cosas que gustan tanto a muchos lectores; de qué abrevadero se nutre, de dónde sacará esas ilustraciones, no sé, hace tiempo también echaba mano de ellas Rafael Reig en su blog—. Antes del largo inciso, señalaba que hace unos meses vi y adquirí –pasé por caja: 10 euros; ISBN: 978-84-96614-94-9- un breviario de la Ed. Melusina, Vida y opiniones de Juan Mal-herido, de autor anónimo –o minimamente confuso—, en edición al cuidado de Alberto Olmos. Olmos, un joven escritor, que a lo mejor.


No tengo ninguna duda de que tienen a Juan Mal-herido entre sus favoritos. Es más divertido, impertinente e iconoclasta que aquel panfleto que hizo fortuna, hace un tiempo –si existe aún, supongo que su ponzoña ya estará caducada—, en algunos mentideros de la república de las letras, que se llamó La fiera literaria, tras el que se escudaba un mediocre escritor, MG-V, y su equipo-bisturí (pongo las iniciales tan solo, no vaya a ser que lea esto y me ponga una querella por llamarle escritor: por menos, le dio un guantazo a Vicente Molina Foix en el programa de Fernando Telemadrid S. Dragó, que era el único que le reía las gracias, si las tenía, que todo es opinable). Amparado, pues, Juan Mal-herido en un cómodo —¿un secreto a voces?— anonimato periódicamente arremete, colérico y malhablado, contra rebaños de corderos: la complacencia del mundo editorial, la mansedumbre de los suplementos literarios y la falta de ambición de los escritores, que son objeto de su ira y de su verborrea. Que conviene mantear prestigios nadie lo duda y menos aún quien –cada uno en el lugar del rebaño, que nos ha tocado estar— participa de ese estado de cosas, y contribuye a ello. Pero curiosamente las soflamas de Juan Mal-herido pierden –es mi opinión— al pasar al papel. El papel, este pulcrito breviario, unifica todas las manifestaciones coléricas y se malogra el resultado final, se agua la mala intención o la conseguida maldad. Quedan mejor, en este caso, en la red, verlas acompañadas de esas ilustraciones, esas fotos subidas un tanto de tono, pero siempre, eso sí, con un libro entre las manos o en algún rincón discreto del cuerpo femenino fotografiado. Y tanto es así que desde hace unos meses al entrar en ese blog  te encuentras una “Advertencia de contenido; algo así como “algunos lectores de este blog se han puesto en contacto con Google porque consideran que el contenido del mismo es dudoso…”,  y aparece una pestaña en naranja: “lo comprendo y deseo continuar”. Y tú das, claro, a la pestaña de seguir. Por asentir en el desprestigio de Murakami, si toca, y si éste está sobrevalorado. Es un ejemplo, que no hace ciento.


Rafael Reig

Este Alberto Olmos, joven escritor, finalista del Herralde 1988, Premio Ojo Crítico 2009, y que publica básicamente en Lengua de Trapo, que prologa a Juan Mal-herido y al que se le pone cara flaubertiana en el momento del tránsito, es alguien, por cierto, que sale, de vez en cuando, en el blog del flamante Premio Tusquets Rafael Reig. El blog de Reig está muy bien, pero de Rafael Reig me ocuparé en otra ocasión. De él y de otros lenguas de trapo. Que de aquellas páginas amarillas ya hace, o va a hacer, 15 años, ay, ya. Me meto en el blog de Reig y le cojo, de una entrada reciente, su botella de Cutty Sark, es un whisky que yo no uso, él al parecer sí. Pero, ¡maldición!, la batalla de Cutty Sark, de la que me he apropiado en un descuido –estos días, en estas entradas, recibe a tanta gente, viaja tanto—, lleva una marca en el borde del líquido, para que no la malgasten otras manos sin que él se entere, como la de los clientes en las whiskerías antiguas. Aunque él es más de compartir. Estas pasadas navidades hicimos juntos un Madrid-Burgos con (casi) billete-barra. No se puede conseguir –al parecer— por Internet, pero un tío de Reig quiso en una ocasión hacer un Valencia-Madrid –cuando Valencia estaba lejos y aquello era un viaje como Dios manda— en billete-barra. No necesitaba asiento, se justificaba, le bastaba con un discreto acodarse en la barra de la cafetería, entre preferente y el resto. Al parecer RENFE no contempla al día de hoy ese tipo de billetes. Hasta la próxima, pues, Rafael Reig, te devuelvo la botella. Es tuya. Yo no gasto Cutty Sark. Coincidimos en el hielo, eso sí.




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