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Pantumaca

Sara Orúe

La bolsa

Me crucé ayer por la calle una señora que llevaba una bolsa…


—De plástico en la cabeza, no me digas más, cuando llueve siempre ves alguna. —Julieta tiene la habilidad de adivinar lo que voy a decir… y fallar—. Si hasta hay un grupo de esos del feibuk…
—¿Un grupo de señoras con bolsas de plástico en la cabeza?
—No, peor. Un grupo de admiradores de las señoras que se ponen bolsas de plástico en la cabeza.

… lo que llevaba era una bolsa de El Corte Inglés de cuando la Exposición Universal de Sevilla de 1992, con la imagen de Curro y todo.

—¿Estás segura amiga?
—Lo que yo te diga.
—Ya sería una imitación.
—Vamos Julieta,  no digas tonterías, ¿Quién va a imitar una de esas bolsas?
—No sé, ¿los chinos?

En serio, la señora llevaba una bolsa de hace 19 años, una bolsa mayor de edad, una bolsa del siglo pasado…

—¿Qué pasa? Sería una señora ahorradora.
—¿Ahorradora? No guapa, ahorradores son los del banco ese que hace tanta publicidad. —Esta señora era roñosa.
—Quizá reciclaba.
—Reciclar no sé, reutilizar fijo.
—A lo mejor era una nostálgica.
—Seguro, o una amante de los objetos vintage, no te fastidia.
—No me fastidia, me asombra. Si no fuera porque me lo dices tú… no me lo creo.

Pues créelo, porque es cierto. Y desde que la vi no me puedo quitar a la pobre bolsa de la cabeza.

—Lo que te decía, cuando llueve una bolsa en la cabeza es muy útil para no mojarse el pelo. Pero, claro, una bolsa que tiene casi 20 años, no sé… probablemente tendrá agujeros.
—Era una manera de hablar, quiero decir que llevo todo el día la bolsa dentro de la cabeza, no encima.
—¿Bolsas dentro de la cabeza? ¿Te has hecho un implante de bolsa de plástico? Amiga, me estás empezando a preocupar.
Julieta, no conseguirás hacer que pierda mi línea argumental.
—No creo que haya un grupo de seguidores de personas con la cabeza llenas de bolsas de plástico,  lo voy a averiguar.
—Pero, como no lo dejes, sí conseguirás hacer que pierda la paciencia.
—De todos modos, ¿adónde vamos a llegar? Implantes de silicona, prótesis de titanio, uñas de porcelana y, ahora, polietileno en el cerebro… seremos los Frankensteins del futuro.
—O lo dejas o perderé la paciencia y la cabeza.
—Pues ten cuidado dónde la pierdes, que esas bolsas no son biodegradables y tardan siglos en integrarse en la madre tierra…
—Vale Julieta, me rindo, me canso de oírte.
—Uf, te cansas de oírme, qué fuerte… Ya me callo, ya me callo. ¿Qué ibas a decir?

Solo iba a decir que, como me llamó tanto la atención la bolsa, me la quedé mirando. La señora, que llevaba la bolsa cargada a reventar, la dejó en el suelo en un semáforo y, al levantarla cuando se puso en verde para los peatones, se le soltó un asa y se rompió.

—¿No me digas? ¿Y qué hizo? ¿Le entablilló el asa?

Más bien no: juró en hebreo y, mirándome, dijo. “¿Ha visto? Estas bolsas  no aguantan nada? ”.

—¿Nada? —le casi grité—. Pero señora, si la bolsa va para 20 años.
—Pues eso, ya lo dice el tango: 20 años no es nada. En fin, tendré que hacer otra compra en El Corte Inglés, a ver si las bolsas las han mejorado y me aguanta hasta el 2040.




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