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El pizarrín

Javier Goñi

Esa penumbra de las cinco y cuarto


Déjenme que les diga que fue un hombre huraño, irascible, invisible a todas luces, pero con un estilo hipnótico, una prosa fascinante, alguien que quiso escribir –él también- la “gran novela americana”. Acaso la escribió –él también-: El guardián entre el centeno: quién no la ha leído a los 17 años, que es la edad en la uno debe toparse para siempre con un tipo como Holden Caulfield; a esa edad o a cualquier otra, en el momento que sea, a la edad que sea. Una novela, ésa, y un puñado de relatos, excelentes, todo un monumento literario, el de J. D. Salinger, alguien que renunció a la visibilidad, que peleó, zeustonante, con todo aquel que quiso acercarse a él con aviesas intenciones, que litigó con biógrafos audaces, Ian Hamilton, y otros malandrines de la cosa literaria, periodistas, editores, críticos, responsables de revistas, y que no pudo evitar que Kenneth Slawenski, un salingeriano de pro, publicara hace un año exactamente en Estados Unidos, al poco tiempo de morir, en silencio, J.D Salinger, esta biografía que ahora, un año después, saca Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores: J. D. Salinger. Una vida oculta.


Vamos un poco más atrás. En ese hermoso relato, “El hombre que ríe”, que forma parte de sus estupendos Nueve cuentos (Edhasa, la edición clásica; muchas veces en bolsillo, en Alianza Editorial, ahora con el nuevo diseño) que es una historia de camaradería masculina –el entrenador, El Jefe, y unos críos, nueve, diez años, entre ellos el narrador, el Club de los Comanches, que juegan en Central Park, a la salida de la escuela, al rugby, o al béisbol- interrumpida por la aparición, súbita, de la novia, una chica, del Jefe, y de lo que aquello supuso en el grupo, hay un momento mágico en ese cuento, cuando el narrador ve cruzar a su Jefe, inquieto, confuso, la Quinta Avenida; y escribe Salinger: “todavía no había oscurecido, pero había esa penumbra de las cinco y cuarto”.

Esa penumbra de las cinco y cuarto. Hay que ser un escritor muy especial para, tantas décadas después, seguir atrapando al lector, tantas generaciones después. Cómo es la penumbra de las cinco y cuarto en la Quinta Avenida un día de 1929. Qué sabemos, qué importa, pero gracias a ese estilo hipnótico de las historias de Salinger, sus lectores, tantos años después, días atrás, en los que he vuelto a releer –con la fascinación de la primera vez- estos Nueve cuentos, seguimos atrapados, todavía hoy, un año después de su muerte, sesenta años después –el próximo mes de julio- de la aparición de la que posiblemente sea la novela más deslumbrante de toda la literatura aparecida tras la Segunda Guerra Mundial. El guardián entre el centeno, julio de 1951.


Que lo es –convendrán- al menos para una cierta edad y, sobre todo, para un cierto momento de la vida lectora de uno mismo. Un libro que, posiblemente, hay que leer a los 17 años aunque no se tenga 17 años cuando uno –u otro- lo leyó: mi manoseado ejemplar de The Catcher in the Rye en la conocida versión –la única que yo conozco en español-  de Carmen Criado es la primera edición en Alianza Editorial de 1978, y en septiembre de ese año leí la novela, cuando uno –ay- ya no tenía 17, ni posibilidades de echar la vista atrás. Envidio, desde entonces, a quienes han leído El guardián a esa edad. A esa.

Y su estupendo inicio, que más de uno se sabe de memoria: Éste es el de Carmen Criado de 1978: “Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso.” Unos años después, muchas ediciones después, en 2006, en una nueva edición conmemorativa de los 40 años de Alianza Editorial, la propia Carmen Criado revisaba su propia traducción, que es la que se mantiene en la renovada colección de Alianza, que salió el pasado otoño, y de la que me ocupé –mi generación ha leído tantos alianzas- en una de estas entregas de vinilo melancólico.  Este es el nuevo inicio de la traductora, que no modifica sustancialmente, como es obvio, la fuerza del original: “Si realmente les interesa lo que voy a contarles, probablemente lo primero que querrán saber es dónde nací, y lo asquerosa que fue mi infancia, y qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y todas esas gilipolleces estilo David Copperfield, pero si quieren saber la verdad no tengo ganas de hablar de eso.”


De lo que hizo en ese fin de semana en Nueva York, en ese viaje iniciático por la ciudad ya nos habla Holden Caulfield.  Dónde nació, cómo fue –sin adjetivaciones previas- su infancia, qué hacían sus padres antes de tenerle a él, Jerome David Salinger, es lo que ha intentado hacer en esta biografía Kenneth Slawenski, y que he leído con mucho interés, poniendo post-it´s de color amarillo que se mezclan en mi biblioteca –en mi memoria- con los añejos post-it´s  que le puse en su momento a una biografía –no autorizada, como todas, y que le llevó a juicio a su autor- que a los salingerianos de los años ochenta nos gustó mucho: En busca de J. D. Salinger. Una vida de escritor, de Ian Hamilton, que la Mondadori de 1988, la de un (buen) amigo, un (excelente) editor, Julio Ollero, nos puso entonces en las manos. Que el pringue de los post-it´s de entonces y de ahora reúna datos y datos que permitan –a este lector, y a otros- atar cabos y sobre todo quedar cautivos, con los nudos de uno y de otro, de Hamilton y de Slawenski, en la fascinación que produce un escritor tan singular, tan invisible como J. D. Salinger. Creo que en el mundo anglosajón hay otra biografía, de Paul Alexander, que no conozco, aunque la de éste, la de Paul Alexander, “es más vivida y astuta psicológicamente” que la de Slawenski, según Jay McInerney, aquel neoyorkino autor de Luces de neón, uno de los títulos fundamentales de aquella Generación X de las letras norteamericanas, y que aquí, en este confín del Imperio, leímos en los años ochenta. Luces de neón en Edhasa, creo, en las mismas tapas duras de su colección de Narrativas Contemporáneas, donde yo leí Nueve Cuentos.


Pues bien, Jay McInerney reseñó la biografía de Slawenski para el New York Times, que aparecida traducida en la revista Ñ, el suplemento cultural del diario Clarín, de Buenos Aires, la recoge –la reseña; no perderse, en fila, de uno en uno- Iván Thays, el escritor peruano en su “moleskine” o blog limeño que aquí, en la Península, leo a través de de El Boomeran(g). Iván Thays, que acaba de publicar su segundo libro en Anagrama, Un sueño fugaz, que acabo de recibir en mitad de la redacción de este ciempiés. Palabra. Un libro que es –sólo me da tiempo a ver la contraportada- una road movie literaria y que trata, al parecer, de un escritor acosado –o requerido, no sé- por una groupie literaria que le considera un escritor “de culto”, sin saber que ese escritor vive según un dictum del mismísimo Kipling: “debes encontrarte con el éxito y el fracaso, y tratar a esos dos impostores de la misma manera”. El éxito y el fracaso, ambos sueños fugaces –se justifica el título de la novela de Iván Thays- de los que estamos condenados a despertar. ¿Y qué tiene que ver todo este párrafo –incluso esa posible delicia limeña de Thays- de éxitos y fracasos, de sueños fugaces, con Salinger, un hombre invisible?


Invisible. Como este pizarrín solo aspira a justificar su confusión y enmarañamiento que produce la tela de araña por las fascinaciones y entusiasmos que la vida lectora causa, déjenme regresar a hace un par de entregas de este pizarrín, a la dedicada al fascinante Diccionario de Literatura para esnobs, de Fabrice Gaignault (Impedimenta), donde hay una entrada dedicada a lo invisible: y comienza así Gaignault: “Extraño estado de eclipse –corporal y vocal- muy en boga entre algunos escritores, que les aporta cierto añadido de visibilidad mediática y de paso suscita una opinión de lo más favorable por parte de esnobs no necesariamente cultos”.


Pynchon

Cultos o no, usted, yo, lectores ambos que no somos esnobs, sino lo contrario, que bien se subtitula el Diccionario “y (sobre todo) para los que no lo son”, usted, yo, y sigue la entrada de Gaignault diciendo que pocos más invisibles en este siglo que Salinger o ya puestos a desviarnos –una vez más- Pynchon, Thomas Ruggles Pynchon, otro gran enigma de la narrativa norteamericana, que Tusquets lleva unos años rescatando en gruesos volúmenes –reconozco que me falta ánimo-, y que según opina Gaignault, estos franceses siempre tan envidiosos, es “sospechoso de ser el seudónimo de un colectivo de escritores”. Quién sabe. Si no fuera porque tengo la mesa tan llena de libros y cuadernos, post-it´s y anotaciones, encontraría un librito, un alpha mini, de Ediciones Alpha Decay, que compré el otro día porque me encapriché del título: Thomas Pynchon. Un escritor sin orificios, de Rubén Martín G. No sé cuál haya sido la intención que le ha puesto Rubén Martín G., pero sí sé, al menos, cuál ha sido la que le ha llevado a Kenneth Slawenski a escribir esta biografía de Salinger: “proporcionar un relato veraz, justo y sin sentimentalismo de la vida de Salinger, impregnado de agradecimiento por su obra”.

Y si Holden Caulfield ya nos advertía desde la primera frase que no quería que supiéramos nada de él, ni dónde había nacido y cómo eran sus padres, lo cierto es que Kenneth Slawenski –a partir de ahora, KS: se me podría haber ocurrido recurrir a las siglas bastante antes- sí se ha puesto a rastrear los antecedentes familiares de Jerome David, conocido en su familia desde el primer día como Sonny y nacido en 1919, hijo de Miriam Jillich Salinger –la madre que le adoraba y le sobreprotegía, y a quien dedica El guardián- y de Solomon Salinger, próspero y emprendedor judío, proveniente de una familia de la frontera polaco-lituana del Imperio ruso. La relativa prosperidad de esa familia judía neoyorkina les proporcionó suficiente acomodo como para cambiarse –y siempre a mejor- varias veces de barrio y para codearse, el joven Salinger, con algunas chicas bien, una Vanderbilt, por ejemplo, y su amiga, la hija de Eugene O´Neill, el gran dramaturgo norteamericano, Oona, de la que muy enamorado estuvo el joven Salinger, aunque poco le podía ofrecer éste y en cambio mucho acabaría por encontrar la jovencísima Oona en la madurez del gran Charles Chaplin a quien le gustaron siempre –como a Salinger- las chicas muy jóvenes.


KS sin abrumarnos con datos nos va llevando por los primeros pasos del joven Salinger, que pronto quiso ser actor y al poco tiempo escritor –por ambas cosas frunció el ceño el padre emprendedor-. Fue a buen colegio, como Holden, y luego a una escuela militar, a foguearse con cadetes, y supo Salinger adaptarse. Se matriculó en la Universidad de Nueva York –el Washington Square College era lo suficiente bohemio, como para que le atrajese-. Estamos en 1936, y un año después, en abril, embarca hacia Europa, para perfeccionar el francés y el alemán, que para un clima (pre)bélico como aquel le vendría bastante bien unos pocos años después. En Viena se aloja en casa de una familia judía amiga –la hija, uno de sus primeros amores-: toda la familia perecería en el Holocausto. Vuelve a EE UU, a casa. Quiere ser escritor profesional. Otro amor, una mujer un poco más mayor que él, hermana de un amigo, le inicia –además- en Scott Fitzgerald. Le interesa mucho. Vuelve a la Universidad, a Columbia, y se matricula, de noche, en dos cursos, uno de Poesía, que lo imparte una vieja gloria de las letras americanas, y otro de Escritura de relatos cortos. Este lo da Whit Burnett, editor de la revista literaria Story: es apasionante y tan americana la travesía literaria de Salinger por las revistas literarias del momento, desde el célebre y estricto The New Yorker, hasta cualquier otra publicación satinada o no, de tiradas millonarias, que pagan muy bien los relatos, si los admiten, que los rechazos en la carrera de Salinger fueron increíbles, y cómo perseveró y cómo logró que –al menos algunos- le publicaran. Muchos de ellos se han perdido. Otros, los menos, son los mejores relatos, los de Nueve Cuentos.

Burnett es un personaje esencial en su vida, una suerte de mentor, animador, estimulador, pero también, tal como lo cuenta KS, acaso fuese también una suerte de salieri envidiando el talento de su joven alumno, que tardó en enterarse de qué iba aquello. Me gustan mucho esas páginas en las que KS relata –existe abundante documentación, cartas: contra todo esto no pudo luchar Salinger- cómo acudía a clase, y se ponía al fondo del aula, mirando por la ventana, la calle –allí estaba la vida-, y sin prestar atención a lo que allí dentro se decía hasta un día en que Salinger dejó de mirar por la ventana y se puso a escuchar: Burnett leía un texto. Era de Faulkner. Esa noche, ese lunes, la literatura le atrapó para siempre. Esa noche se hizo escritor, y durante años luchó para conseguirlo. Antes vivió su mayor experiencia humana: sus años de militar en la Europa en guerra. En esa geografía devastada, y que KS relata con mucho detalle y precisión, pero sin saciar al lector, descubriría el mal, la verdadera condición humana. Fueron años muy duros y nunca dejó de escribir. El rastreo pormenorizado, en la biografía de KS. Sí, se encontró –al parecer- con Papa Hemingway en el bar del Ritz, en París, en agosto de 1944, que éste acababa de “liberar” de los alemanes: Salinger era un oscuro oficial de la contrainteligencia militar. Hemingway era Hemingway. A Faulkner, a Hemingway –Escila y Caribdis de la mejor literatura norteamericana del siglo XX- les fascinó El guardián entre el centeno. Y a quién no, incluso hasta al asesino de John Lennon, Mark David Chapman, quien confesó haberle matado a la salida del célebre y exclusivo edificio Dakota, cerca del Central Park de la niñez de Salinger y de algunos de sus más hermosos cuentos –“El hombre que ríe”, por ejemplo-, por influencia de Holden Caulfield. Y el que disparó, tres o cuatro meses después, contra Reagan, John Hinkley, también confesó su admiración por El guardián. Yo también leí, por entonces, esta novela de nuestros imposibles 17 años en la primera versión de Carmen Criado, pero sólo me atrevo a perpetrar este largo discurso, y a recomendarles, eso sí, esta estupenda biografía de Kenneth Slawenski, y por supuesto El guardián entre el centeno, aunque uno empezaría –de tenerlo que hacer- con los Nueve Cuentos.

¿Con “Una día perfecto para el pez plátano? Con ése.

¿Con “Justo antes de la guerra con los esquimales”? Con ése.

¿Con “Para Esmé, con amor y sordidez”? Con ése (dicen que es su mejor relato: ahí está todo lo que vivió en guerra en Europa).

¿Con “En el bote”? Con ése (qué sutileza la de ese madre y ese niño subido a un bote, y ese final).

¿Con…? Con ése.




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