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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Nexus, Carnestolendas y trabajo sucio


Me lo estaba temiendo: alguno de mis sofisticados circuitos neuronales me estaba avisando subliminalmente de que al final, los Nexus nos veríamos metidos en política; que la tranquilidad de mi prado eléctrico —donde disfruto de mi apacible retiro y me dedico a comentaros todo lo que se me ocurre— se vería amenazada por ese agujero negro que es la política, y que fagocita cualquier otro tipo de información que no sea la de las idas y venidas de sus protagonistas empeñados en subvencionar hasta el Tres en Uno que utilizo para engrasar  mis engranajes con tal de obtener mi voto.

Todo esto va porque esta mañana, leyendo el periódico, descubro con auténtico terror que los Blade Runner aún siguen en activo en la persona de Harrison Gallardón (un escalofrío ha sacudido mi biónica espina dorsal  temiendo haber sido descubierto a pesar de mi camuflada identidad), y que viene dispuesto a desenmascarar por la vía del doble sentido a la más peligrosa replicante (aquí he respirado con alivio: no se trataba de mí) con la que ha tenido que enfrentarse,  y de cuya existencia ni yo mismo, otro de su serie, estaba enterado. Esto dice mucho de la inteligencia y arteras mañas que ésta posee para haberse hecho con el puesto que ocupa sin levantar sospechas de que no es otra cosa qué el más sofisticado, y ¿último?, producto de la Cope Corporation destinado a hacerse con el poder absoluto de la forma más sibilina posible deshaciéndose de sus enemigos por el expedito camino de la tercera vía. Pero, ¡ojo!, Harrison Gallardón, que ya sobrevivió al ataque con triple salto mortal  tijereta de piernas sobre su cuello de toro incluida de otra peligrosa replicante, ha descubierto su juego y pronto le veremos aplicarle el test de Turing. Ya ha  lo ha avisado parafraseando a otro de mis compañeros replicantes ya desaparecido, "al final de tantas fatigas, ¿quién vive?", ha dicho. El que avisa no es traidor.


Pero dejándome de estas digresiones políticas que hoy han perturbado mi ánimo, y  volviendo a lo mío y al campo que  os interesa: ¿Quién de vosotros vio o recuerda aquella serie de corta  vida —sólo dos temporadas— de desternillante y ácido desarrollo que se llamaba Tan muertos como yo. Aquella que comenzaba con la muerte de una adolescente a la que le caía un retrete desgajado de una estación espacial?

Bien, no tenéis ni idea; pues correr al e-mule y bajárosla; no tiene desperdicio esta aventura en el Más Allá donde su protagonista, una adolescente con un sentido del humor muy peculiar, aprende, como  la recolectadora de almas en que se convierte, que hasta allí existe una normativa que reglamenta las relaciones entre los vivos y los muertos. Mezcla explosiva de comedia, terror y fantasía, fue una pena que no tuviera continuación.


El recuerdo de esta serie me ha venido propiciado por la lectura de la última novela de Christopher Moore, Un trabajo muy sucio, recomendada por mi librero que sabe del eclecticismo de mis gustos literarios y que quería desintoxicarme de mis últimas y sesudas lecturas. Gracias Germán, de verdad, por tu recomendación, he pasado unos ratos realmente divertidos leyendo las casi  trescientas páginas de un libro lleno de desgracias y muerte, de situaciones macabras y jocosas, de humor de primera clase, casi surrealista, negro, negrisimo, con diálogos dignos de una película de los maestros Lutbich, o Wilder, o del Berlanga más ácido, o el Fernán-Gómez del Extraño viaje.

Moore nos cuenta la historia de un hombre al que la muerte de su mujer va a cambiarle la vida. Unos oscuros seres del más allá le eligen como garante del tránsito de almas ente la vida y la muerte sin saber que el pobre Asher es poseedor de un encefalograma plano. La diversión está servida: cualquiera de nosotros puede convertirse en la Parca.

Todo vale. ¡Qué la disfrutéis!

***

Tan muertos como yo en Cuatro.
Un trabajo muy sucio. Christopher Moore. Ed. La factoría de ideas.




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