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La ilusión imperfecta

Daniel Tubau

La regla de tres en "El jovencito Frankenstein"

danieltubau@gmail.com

 

IGOR
¿Doctor Frankenstein?

FREDERICK
Fronkonstin.

IGOR
¿Me toma el pelo?

FREDERICK
No. Se pronuncia Fronkonstin.

IGOR
¿Dice usted también Frodorick?

FREDERICK
No. Frederick.

IGOR
¿Y porque no es Frodorick Fronkonstin?

FREDERICK
Porque no. Es Frederick Fronkonstin.

IGOR
Muy bien.

FREDERICK
Usted debe de ser Igor.

IGOR
¡No! Se pronuncia Aigor.

FREDERICK
A mí me dijeron que era Igor.

IGOR
Pues estaban equivocados, ¿sabe?


En este excelente gag de la película El jovencito Frankenstein coinciden diversos recursos. Uno de ellos es la aliteración de sonidos y la sorpresa que nos causa escuchar un nombre pronunciado de otra manera a la que estamos acostumbrados: “Fronkonstin” en vez de “Frankenstein”. La situación resulta especialmente cómica cuando se ha visto el comienzo de la película y sabemos que el personaje que llega a la estación, interpretado por Gene Wilder, es hijo del doctor Frankenstein al que todos conocemos, pero que se avergüenza de ese parentesco. Esa es la causa de que haya cambiado su apellido.

Casi todos los chistes, incluso los más sencillos, y éste es un rasgo que creo se ha destacado poco, necesitan de un conocimiento previo para resultar divertidos. Pero no me refiero tan sólo a lo que la película El jovencito Frankenstein nos ha contado ya, sino a todo lo que el espectador ya sabe acerca del doctor Frankenstein y su monstruosa criatura.


Igor... o Aigor.

Si el lector repasa algunos chistes, se dará cuenta de que es un género narrativo que casi siempre exige que el oyente tenga ciertas ideas previas bastante definidas: lo gracioso surge porque el desarrollo del chiste parte del planteamiento de esas ideas, para inmediatamente romperlas, desbaratarlas, deformarlas o chocar ruidosamente con ellas, a menudo al interpretarlas de manera literal. Tendremos ocasión en próximas entregas de esta Ilusión imperfecta de ver otros ejemplos de lo importantes que son los códigos aprendidos, o si se prefiere los prejuicios, en la narrativa.

Volvamos al juego lingüístico de la escena de la estación. El momento más cómico, como señala Diego Cañizal, viene después del toma y daca de pronunciaciones freudianas del doctor, cuando la situación se invierte y el jorobado Igor (Marty Feldman), que fue criado del doctor Frankenstein original, responde al doctor con la misma moneda. Todo ello, nos dice Cañizal, “con una concisión brillante”: de veintisiete palabras (en español, porque en inglés son menos), nueve juegan con el sonido “fr”.


Stendhal señala en su Racine y Shakespeare otro aspecto fundamental en el humor, que se emplea también en la escena que estamos comentando, el equilibrio entre concisión y rapidez:

“Si el cuento se cuenta de manera muy prolija, si el que lo cuenta emplea demasiadas palabras y se para a pensar demasiados detalles, la mente del auditor adivina el final hacia el que se le conduce demasiado lentamente; ya no hay risa, porque no hay lo imprevisto.”

Pero si, por el contrario:

“El narrador corta su historia y se precipita hacia el desenlace, tampoco hay risa, porque falta la suma claridad necesaria. Observad que con mucha frecuencia el narrador repite dos veces las cinco o seis palabras que constituyen el desenlace de su historia; y si sabe su oficio, si tiene el arte encantador de no ser muy oscuro ni demasiado claro, la cosecha de risa es mucho más considerable a la segunda repetición que a la primera.”


Stendhal

Repetición, concisión, inversión, ideas previas en el espectador, son algunos de los elementos de la breve escena que hemos visto. Pero hay un último aspecto que quiero destacar: el humor, y quizá también otros tipos de narrativa, hace un uso continuo de cierta fórmula, que no sé si llamar lógica o matemática que parece emparentada con la llamada “regla de tres”, pero quizá también con la propiedad conmutativa o la asociativa, con algún silogismo clásico y con el principio de identidad aristotélico (“A es A”). Algo así como:

Si A es A y C es C
Pero A dice que es B
Entonces C dice que es D

Lo que traducido a nuestra escena es:

El doctor Frankenstein es el doctor Frankenstein
Pero el doctor Frankenstein dice que es el doctor Fronkonstin
Igor es Igor
Pero (visto lo anterior) Igor dice que es “Aigor”.


Si el lector, como ya le pedí antes, se toma la molestia de recordar chistes y situaciones cómicas de la literatura, el teatro, el cine o la televisión, descubrirá que los mejores ejemplos del humor casi siempre recurren a una fórmula semejante a esta: se establecen unas premisas implícita o explícitamente, que el espectador acepta, se plantea entonces una excepción disparatada a una de las premisas y se obtiene una conclusión absurda, pero que en cierto modo recupera la lógica perdida. Ese ir y venir de la lógica al absurdo no sólo crea humor, sino que satisface la continua necesidad lógica que todos tenemos, aunque no seamos conscientes de ello. El humor, en definitiva, es un mecanismo casi matemático.

 

Visita la página web del autor:
www.danieltubau.com




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