Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

Los viajes

de Sara Gutiérrez

Puno y el Lago Titicaca

 OTROS DESTINOS

Siguiendo nuestra tónica de adaptarnos lo más posible a la altura para poder aprovechar los muchos atractivos que ofrece el altiplano andino, nos quedamos un día entero en Puno. Y nos vino bien.

A pesar de haber sufrido ya alturas superiores a los 3.800 metros de Puno, nos levantamos con un ligero dolor de cabeza, que el amable maître de Casa Andina nos alivió con una infusión de manzanilla y anís acompañada de nuestra pastilla de rigor.


Casa del corregidor (Puno)

Pedimos un taxi y nos fuimos a la agencia con la que habíamos contratado por internet un circuito cultural por el lago. All Ways Travel, impulsora del turismo sostenible y solidario, comparte espacio en la Casa del corregidor, en plena Plaza de armas con una tienda de comercio justo y un café. La persona que nos atendió nos recomendó que lleváramos algo de arroz, azúcar y leche a la familia que habría de hospedarnos, porque solían tener muy mal alimentados a los hijos. Lo cierto es que nuestra anfitriona se alegró del presente al que habíamos añadido chocolate y unos caramelos, pero sus hijas no parecían en absoluto mal nutridas ni necesitadas. De hecho, el cabeza de familia trabaja en uno de los muchos barcos turísticos, tienen una hija estudiando en Puno y otra en un colegio privado de la isla, según nos comentó ella misma. La pequeña, de cuatro años, simpatiquísima, no dejó de demostrarnos lo mucho que sabía, incluso en inglés. Supongo que es buena señal.

Lo que diferencia a ésta de otras agencias es que el turista paga directamente a la familia 25 soles por persona, al parecer una cifra bastante más elevada de la que les abonan el resto de agencias, pero, en cualquier caso, parece poco para pagar comida, cena, desayuno y alojamiento, si bien es cierto que esa cifra en la práctica se dobla con el regalo de alimentos y las propinas que inevitablemente se dejarán para los niños.

Pero bueno, aún estábamos en Puno, y al salir de la agencia nos bastó dar la vuelta a la esquina para encontrarnos en el Museo Carlos Dreyer. La colección de este entusiasta alemán  muestra interesantes piezas de cerámica moche, ajuares funerarios collas, arte religioso de los primeros años de la conquista española y cuadros del Círculo pictórico Laycakota (1033-1940), pero lo más llamativo es sin duda el Tesoro de Sillustani del que se exhiben algunas momias, brazaletes, pectorales y numerosas láminas de oro que formaron en su día faldas y camisas.


Plaza de armas (Puno)

El ambiente de la Plaza de armas, la aledaña calle Lima, la plaza  Parque Pino y el mercado (perfectamente estructurado por secciones: ferretería, patatas, frutas, pollería, carne…) ocuparon nuestro tiempo hasta la hora de la comida, adelantada por un nuevo e incipiente dolor de cabeza.

En La Casona nos decidimos a probar el cuy, abierto por la mitad y frito. Procuramos que nos recordara al conejo, porque a él se parece vivo, pero su carne es más melosa.

La tarde la pasamos durmiendo en el hotel, intentando ahuyentar de una vez por todas el mal de altura, y dio resultado.

Ya había anochecido, eran cerca de las seis y media, cuando volvimos a pasear por la calle Lima y allí nos encontramos a algunos de los turistas con los que habíamos venido coincidiendo en Arequipa y el Cañón de Colca, numerosos colegiales y colegialas uniformados de distintos colegios y academias y niños limpiabotas lustrando botas de monte por un sol.


Por las calles de Puno


Máquina de oxigenación

Después de cenar ligero y pedir que nos oxigenaran un poco la habitación, otro de los remedios contra el mal de altura, nos echamos a dormir antes de las diez, convencidas de que destellos de dolor de cabeza nos despertarían varias veces antes de que sonara el despertador a las 6:30 para salir a las 8:00 hacia las Islas Uros.

Casa Andina Private Collection cuenta con una suite permanentemente enriquecida en oxigeno, y con máquinas oxigenadoras del ambiente que, a petición de los huéspedes, coloca en cualquier habitación (veinte minutos diarios gratis, la noche entera por 30 dólares).

No sé si fueron los veinte minutos de oxigenación extra en nuestra habitación con vistas al lago o la merecida adaptación tras tantos días de soportar la altura, el caso es que nos levantamos sin dolor de cabeza. Apenas desayunamos. Cualquier prevención es poca.

Puntuales, a las 7:50 vinieron a recogernos al hotel. Nos fuimos con una mochila cargada de porsis (todos contra un frío que luego no hizo, o al menos no tan exageradamente como nos habían advertido) y dejamos el resto del equipaje en el hotel.

Salimos del puerto de Puno por una “autopista” abierta en medio de la totora y enseguida llegamos a las Islas Uros, cuyo acceso está controlado, como en todos los pueblos, por un guarda que cobra el correspondiente peaje e indica a los guías si han de ir hacia la izquierda o hacia la derecha, con el fin de que todas las islas reciban visitantes de manera equitativa.


Lago Titicaca

Nos dice el guía que los 5.000 habitantes de estas islas flotantes ya constituyen una villa, y que cuentan con escuela y puesto de salud; después nos comenta que el 70% viven en tierra firme y que vienen a las islas para el show turístico.


Lago Titicaca

El conjunto es un alargado corredor de agua bordeado de plataformas pajizas sobre las que familias ataviadas con vivos colores agitan los brazos para atraer a los recién llegados o se afanan en explicar a sus huéspedes sus costumbres y tratan de venderles su artesanía. Las islas, que constituyen comunidades, están muy próximas unas a otras, prácticamente pegadas, y cada una esta ocupada por cinco-siete familias.

Por fin atracamos en una de ellas y comenzó el espectáculo.


Lago titicaca

Frente a un panel idéntico al que vemos en el resto de comunidades el guía nos cuenta entre otras cosas que los uros son gente que se echaron al lago para evitar participar en guerras y que empezaron haciéndose barcas con la totora para acabar construyéndose islas. También nos explica sobre el plano la similitud real del lago con el nombre que le dieron los tiahuanacos (la cultura más antigua del Altiplano): Titi Cache, Puma gris.


Construcción de una isla... Lago Titicaca

Después, tras habernos dado a probar la totora, cuya parte blanca es comestible, y comentarnos que la parte verde tierna se le da al ganado y la verde más dura se pone a secar para construir islas, casas y barcas, el jefe de la comunidad (cada año lleva la jefatura de la isla una familia) con verdadera destreza nos explicó cómo se hace una isla: cortan las raíces de la totora en bloques sobre los que clavan palos de eucalipto, los amarran unos a otros y depositan sobre ellos la totora seca (medio metro de espesor con las pajas en una dirección, otro medio con ellas en otra dirección); y cómo sobre ellas levantan las casas, compuestas de una cocina y habitaciones para dormir. En la que nos enseñaron por dentro, con dos camastros, destacaba un pequeño televisor alimentado con la energía de una pequeña placa solar. Muy instructivo.

Para mostrarnos cómo hacían trueque con otras gentes de lago, incluida la parte boliviana, donde se habla aimara (aquí hablan quechua), tres mujeres, tras saludarse, abrieron sus atillos y comenzaron a coger cosas unas de las otras (aves, peces, grano), discutiendo incluso porque una creía tener derecho al ave más grande ya que ella había dado más grano. Simpático.


Lago Titicaca

Como las compras de artesanía no resultaron muy voluminosas, nos ofrecieron darnos una vuelta por el lago en su barca (10 soles por persona, lo mismo que cuesta el barco de línea Puno-Uros).

Nosotras creíamos que volveríamos a la isla pero en realidad ya nos estábamos yendo y, para despedirnos, la familia al completo (tres generaciones) se pusieron a cantar canciones infantiles en su idioma y los de la gente de nuestro grupo (español e inglés). Penoso e innecesario.


Lago Titicaca

Remando, el jefe  y su padre, nos llevaron hasta otra isla cercana en la que había una pequeña tienda de frutas y bebidas, y nos dejaron allí. Enseguida apareció una mujer con una niña y destapó su puesto de recuerdos (móviles y barcas hechos de totora y diferentes tejidos). No supimos qué hacíamos allí tanto tiempo hasta que no aparecieron nuestro guía y el patrón de la barca en la que habíamos llegado desde Puno empujando la embarcación averiada, saltando de isla en isla. Al poco, llegó una nueva barca con su motor de autobús de los años ochenta, y a las dos horas y pico estábamos en Amantaní.

Las fotos las hicimos a medias, Eva Orúe y yo misma. 

OTROS DESTINOS

PERÚ EN DIVERTINAJES

Preparación del viaje
Lima: Miraflores y Barranco
Lima: Centro histórico
Oro y chifa
Paracas: Islas Ballestas y Reserva
Nazca y sus inquietantes líneas
Arequipa
Conventos arequipeños
Cañón del Colca
Puno y el Lago Titicaca
Amantaní
Taquile
Puno-Cuzco (I)
Puno-Cuzco (II)
El valle sagrado de los incas
La Plaza de Armas de Cuzco
Más Cuzco
Por fin... Machu Picchu




Archivo histórico