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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Golpe a golpe


El luchador es una de las películas más duras de los últimos años y lo es por la extraña frialdad con la que David O. Russell trabaja con sus dos grandes actores, distanciándose y distanciándonos de un relato que alguien como Clint Eastwood o  David Fincher podrían haber convertido en un melodrama populista. Christian Bale hace una interpretación portentosa (que le ha valido un Oscar), tal vez excesiva frente a la contención de Mark Wahlberg, que no le roba la película, pero sí más de una secuencia importante.

Es una historia sobre la incapacidad de vivir en una sociedad injusta y codiciosa, sedienta de espectáculo y que ve en el sufrimiento ajeno un alivio pasajero del propio. El boxeo aparece como una metáfora demasiado obvia de todo ello, pero Rusell, al contrario que Aranfosky o el cine negro clásico, no homenajea al deporte sino que retrata a sus criaturas, inspirándose en un personaje real y renunciando al sentimentalismo. Está más cercana a Fat City de John Huston en la era de Internet o a un documental sobre las barreras psicológicas y las heridas que causa un modelo socioeconómico presentado como único y que parece incluso disfrutar cruelmente con sus agujeros más negros como la locura, la pequeña delincuencia y la extorsión.

Algo televisiva en su formato, tal vez también algo átona en su agrio recorrido y blanda en su desenlace, The Fighter es ante todo una película de grandes actores, un recital interpretativo, pero también un festín para los amantes del celuloide más grande que se oculta bajo imágenes aparentemente pequeñas e incluso anodinas. Una sensación extraña acompaña su visionado porque se trata de un relato combativo en un momento en el que no se lleva el compromiso en el cine y donde la miseria se intenta explicar por motivos que dejan demasiado al margen en la filosofía de varias generaciones contestatarias.

Un trabajo áspero y dolorido que nos habla de injusticias, luchas cotidianas y de la extraña épica de personajes pequeños.




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