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Errata

Evaristo Aguirre

Jorge Ibargüengoitia

Cumplía 17 años y tenía un amigo cuyo hermano mayor era dueño (o puede que solo trabajara allí) de una librería y mi amigo le consultó qué libros podía regalarme. Recuerdo que fueron tres, pero solo me acuerdo de dos. Uno eran las memorias de Miguel Mihura, mejor dicho: un libro que se titula Memorias, pero que es uno de esos delirios mihurescos. Al cabo de unos pocos años, presté estas memorias a otro amigo, ya en la universidad, junto con un disco y otra novela… y hasta hoy. Aquella edición del libro de Mihura era bonita; ahora tengo otra que compré luego, pero es más fea. La otra novela prestada y perdida era Mansura, de Félix de Azúa, la historia de unos cruzados catalanes en Tierra Santa; tengo un buen recuerdo de ella, era divertida y satírica, y ahora que lo pienso tiene que ver con el otro libro de aquel regalo de cumpleaños.

Se lo había recomendado su hermano, así me lo contó mi amigo, diciéndole que era una novela muy divertida. Se titulaba Los relámpagos de agosto y era de un tal Jorge Ibargüengoitia, escritor mexicano, de Guanajuato (1928), que moriría pocos meses después de que yo lo descubriera en un accidente aéreo en el aeropuerto de Madrid, en 1983. El libro era (es, lo tengo aquí delante) de la editorial Argos Vergara, de su colección de bolsillo, Libros DB. Lo leí y me gustó. No sabía entonces que había un subgénero en la literatura mexicana que eran las novelas de la Revolución y, claro, no pude captar la sátira de esas novelas que era Los relámpagos de agosto. Sí percibí, sin embargo, el sentido del humor y la crítica al poder, a las jerarquías, a lo establecido que había en aquella historia, de la que no podría contar nada más pasados casi treinta años de su lectura. No he querido releerla antes de escribir esto para que este recuerdo fuera fiel (pero lo voy a hacer ahora…).



Hace un par de semanas, en la mesa de novedades de una librería cercana a mi trabajo, me encontré con Estas ruinas que ves (RBA), de Jorge Ibargüengoitia, a quien no había vuelto a leer desde aquel primer y lejano encuentro, y me la llevé. Es un libro de 1974 cuya historia gira alrededor de una ciudad mexicana llamada Cuévano a la que regresa uno de sus hijos para dar clase en la universidad local. No hay protagonista, salvo la ciudad, y sí un buen puñado de actores y actrices secundarios. El recién regresado y otros tres o cuatro habitantes destacados de Cuévano hablan en la cantina, se ven en el trabajo, discuten y se relacionan con otras personas del pueblo y con alguna mujer. Esa es la trama. Hay, sí, un hilo argumental ligero que atraviesa las ciento y poco páginas, pero lo que manda es la estampa en movimiento de la población de Cuévano.

Hay sentido del humor, como en aquellos relámpagos, que se traduce en una crítica suave de las convenciones de la sociedad, una crítica hecha por alguien que ve el lado ridículo, innecesario y negativo de esas convenciones, que se ríe de ellas, pero que las acepta en su vida, pues así son las cosas, así las vivimos y tampoco vamos a dejarnos los cuernos para cambiarlas porque, por lo demás, a veces tienen su gracia, o su interés. Estas ruinas que ves podría ser una película italiana en las que unos fulanos muy habladores y poco dados a recogerse en casa de noche hablan mucho en el bar, unos presumen, otros hacen, todos sobreviven. Ha sido un estupendo reencuentro con Jorge Ibargüengoitia.

eaguirre@divertinajes.com




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