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El pizarrín

Javier Goñi

El Expreso de Irún, de las 8,40


La última foto de Kafka

Déjenme que les diga que Franz Kafka pudo venir a Madrid, en el Expreso de Irún de las 8,40, a trabajar con su tío Alfred, “el tío de Madrid”, como él le llamaba, y a lo mejor, así, su destino hubiera sido otro, y acaso, de haber sido vecino de esta Villa y Corte, le hubiera puesto, años después, placa conmemorativa e historiada el Ayuntamiento, como la tiene, por ejemplo, Juan Ramón Jiménez en la calle Padilla, por donde paso todas las mañanas.


Juan Ramón Jiménez

Estaba el otro día disfrutando con el puñado de relatos, Brillan monedas oxidadas, de Juan Eduardo Zúñiga, ese gran escritor discreto, oculto (o de culto, si nos dejamos llevar por el tópico fácil) que solo escribe cuando tiene algo que decir, que le publicó el pasado mes de diciembre Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores: uno de los mejores libros de cuentos publicados en 2010, año que alcanzó por los pelos, si no hubiera sido igual: de haber aparecido en enero de 2011 hubiera sido uno de los mejores libros de cuentos publicados en este año, en cuyo tercer mes estamos entrando. Pues bien, en este conjunto de historias hay un cuento muy breve, hermoso además de sencillo, aparentemente sostenido en una anécdota trivial: el relato se titula “No llegará el sobrino de Praga”, y se ocupa, en unas pocas páginas, de los momentos previos a la llegada anunciada del sobrino de Praga, Franz, el hijo de su hermana, que le escribió, a principios del siglo XX, interesándose por la posibilidad de establecerse en Madrid, encontrar quizás aquí trabajo, salir de la asfixiante Praga. Se lo había escrito el sobrino Franz a su amigo Max Brod, en agosto de 2007: “O mi tío nos busca un empleo en España o tendremos que marcharnos a Sudamérica o a las Azores, a Madeira”. Su tío Alfred, Alfredo, españolizado, en el relato de Zúñiga, Alfred Loewy, o Löwy, un aventurero y un buscafortunas cosmopolita, al igual que Josef, ambos tíos maternos, ambos labrándose fama y dinero lejos de casa, lejos de esa Praga mágica y poco amable con los judíos, la ciudad del Golem; y ambos tíos con mucho predicamento en la familia Kafka, tanto que el joven Franz deposita en su tío de Madrid su porvenir. ¿Qué hubiera hecho Kafka en Madrid de haber venido, hubiera llegado Kafka a ser Kafka?


Kafka y el tío de Madrid

Esta anécdota está en cualquier libro sobre Kafka, pero ahora, al leer el relato de Zúñiga, la memoria me ha trasladado a un librito menor –aunque muy curioso— que leí en su día; un librito de formato no habitual para Tusquets que esta editorial publicó en 1989. Su autor, Anthony Northey, y el título El clan de los Kafka, una aproximación a esa rama familiar más aventurera, que anduvo en el Congo del “terrateniente” Leopoldo de Bélgica, en EE UU e incluso en China. Northey les sigue la pista con habilidad a los dos hermanos, y uno se va a detener en el tío Alfred, el de Madrid, que en esos momentos, cuando su sobrino Franz se interesa por las posibilidades de venirse con él a Madrid y ver qué encontraba aquí, era desde hacía años nada más y nada menos que director de la Compañía de los Ferrocarriles de Madrid a Cáceres y Portugal y del Oeste de España –acaso la tarjeta con un burlete dorado en los bordes tendría que ser, a la fuerza, apaisada—, y era o había sido, además, delegado de otra compañía ferroviaria, la de Medina del Campo y Salamanca y antes, más antes, lo había sido de la Companya de Ferrocarrils de Tarragona a Barcelona i França –acaso la tarjeta de presentación fuese un papel enrollado de considerable extensión; acaso—.

En fin, recuerdo que cuando leí el libro de Northey e hice –en algún lado de papel— una reseña del mismo decía que qué novela se hubiera podido escribir con Franz Kafka paseando o buscándose la vida en el Madrid golfemio y noctívago de los primeros años del siglo XX. Alguien que a lo mejor, sin avisar, se hubiera presentado en casa de su tío –que tenía compañía femenina de la que nada sabían sus familiares de Praga, y él prefería disimular—, tras descender en Atocha del Expreso de Irún, quizás, el que llega(aba) a las 8,40 horas, y quizás, también, el sobrino, de haber venido, se hubiera alojado antes de ir a ver al tío en el Hotel París, en la esquina de Puerta del Sol con Alcalá está todavía, esquinas ésas de cafés literarios, de tertulias políticas, de conversaciones para arreglar los desperfectos estructurales de las Españas, nada que no se pudiera reparar, noche sí, noche también, con un veguero, un café, una jarra de agua, y tal vez un azucarillo con que además endulzar –cortesía de la casa— los sinsabores de la vida. Pero esto, en parte, en el relato estupendo –de una asombrosa sencillez—, de Zúñiga.


La tumba de Kafka

Kafka –es sabido— no vino nunca a Madrid, y no hay placa enmarmolada e historiada que recuerde, por voluntad municipal o impulso de admiradores corporativamente consensuados, que Kafka estuvo en esta pensión, en esta vivienda, o en este café. Para encontrarse placas recordatorias hay que ir, claro está, a Praga y visitar el viejo cementerio judío sabiendo que no está ahí enterrado, pero sí –creo— el Golem, y buscar en un callejero –yo lo encontré, y me fotografié delante de la tumba, cerca de la de su amigo Max Brod: ¿por cierto las fotos las tienes tú o me las quedé yo?— el cementerio también judío de Strasnice o Straschnitz, que de diferentes formas lo veo escrito, según, por ejemplo, recorra con gusto Franz Kafka. Imágenes de su vida, de Klaus Wagenbach (Circulo de Lectores, 1988; edición exclusiva para socios: cómo habría llegado a mis manos), o en la biografía del último amor de Kafka –nunca conoció mujeres que no fuesen singulares, esa suerte tuvo o padeció esa contrariedad— Dora Diamant que escrita por la norteamericana Kathi Diamant publicó Circe en 2005. Lo de Strasnice o Straschnitz no tiene ninguna importancia, pero me ha servido –esta tarde de domingo— para leer fragmentos del libro sobre Dora Diamant, de la que nada sabía, y de regodearme en un fin de semana en el que a Mou-Mou le han vuelto a fallar los planes, ayer en la Torre de Hércules, de su egoproyecto con la estupenda colección de fotografías de la edición de Wagenbach sobre Kafka, familia y la Praga de su tiempo.


Entre nosotros, pocos escritores más fotogénicos y con tan impresionante iconografía como Juan Ramón Jiménez, con el que me entretengo –el resto de la tarde de domingo—, con el Catálogo que se hizo en 2006 de su exposición conmemorativa, con el espléndido Álbum Juan Ramón Jiménez que, como los dedicados a Cernuda y Neruda, edita con verdadero mimo y para bolsillos llenos de monedas la Residencia de Estudiantes y con otro libro de peso, la edición definitiva y completa (ampliando la que Ángel Crespo, tan juanramoniano como pessoano y, sobre todo, buena persona, preparó en 1985 para Seix Barral) de su esencial Guerra de España. Prosa y Verso (1936-1954) y que en 2009, en versión definitiva de Soledad González Ródenas, publicó la editorial sevillana Point de Lunettes. No diré –o sí— que como pensaba el propio Juan Ramón un mismo libro no se lee igual en una edición o en otra, y tampoco pensaré –o sí— que qué libro desde el punto de visto de la hermosura tipográfica pudiera haberse hecho en otras manos –y me hubiera costado el doble de lo que me costó, y fueron bastantes doblones—. Y no lo diré, o sí lo digo, y también digo que la edición de Point de Lunettes es digna de todo elogio y reconocimiento.


J. R. y Zenobia en Lista, 8

Pues bien, como es sabido Juan Ramón y su sufrida y amante Zenobia vivieron en Madrid en varias casas, en Conde de Aranda, si me fío ahora –y todo lo fío, o casi, a ella— de la memoria, en Lista, 8 –puede que por aquí asome la foto—, donde hay placa, Lista, Ortega y Gasset, se entiende, y sobre todo en Padilla, 34, hoy, Padilla, 38, en cuya fachada cuelga una historiada placa que recuerda al poeta, y cuyas ventanas –vivió en un primero— dan al devastado –ahora— jardín del Sanatorio del Rosario, donde se curaba de sus achaques hipocondríacos, primorosamente dejándose en manos de las monjitas, de algunas de ellas se enamoró JR y de él alguna también: supe, primero, de estos amores, por un libro muy hermoso del joven Poeta que publicó –años mil— en Taurus Ignacio Prat, que fue un poeta y un investigador con futuro del que todo el mundo habla bien y que murió a prematura edad. Quede, pues, el recuerdo de Ignacio Prat, que los lectores también tenemos algo de desconsoladas viudas.

Por razones de trabajo desde hace 25 años paso por delante de este portal de la calle Padilla 34, hoy 38, donde está la placa, y hasta hace unos años, no muchos, durante muchos otros, tantos como el resto de este cuarto de siglo de cumplir con la maldición bíblica, me topaba, la veía venir desde Castelló, giraba entonces, yo venía de Príncipe de Vergara, con una mujer rubia de cierta edad después, no tanta antes –tenga la tonta convicción de que era ella unos pocos años mayor que yo— e íbamos por la misma acera –esas rutinas laborales—, ella a una oficina de Import/Export, fantaseo, unos portales más allá, ella a su trabajo, yo al mío; ella era alemana, siempre iba sola, a veces le acompañaba un hombre, su jefe, su pareja –posiblemente las dos cosas—: él un paso por delante, ella uno por detrás, él también parecía alemán, rubio como la cerveza, ella sana como una muniquesa. Nos sonreíamos, al pasar, nunca, nunca –y hemos envejecido en esa acera juntos, créanme— nos dirigimos la palabra. No sé cómo se llama, ella no sabe cómo me llamo —¿y si estuviera, ahora, leyendo esto?, bah, esto solo ocurre en los programas de media tarde de televisión; pero por si acaso: goni@march.es—. Pero siempre coincidíamos a la altura de la placa de Juan Ramón Jiménez, Padilla 34 entonces, 38 hoy.


J. R. en Velázquez, 96

Y un día –esa mañana ella no se cruzó conmigo— levanté la vista, y me pareció  verle, a él. El Poeta, de salud permanentemente frágil, mira tras los cristales de su despacho madrileño, del piso primero del número 34 de la calle Padilla, el fondo de árboles que se divisa enfrente; esas acacias, ahora en flor (estamos en mayo), esas acacias del jardín del Sanatorio de Nuestra Señora del Rosario. El Poeta, de salud permanentemente frágil (y ya se sabe que si el Poeta tose, la Poesía Española de este siglo se mete en cama, enferma de cuidado), el Poeta siente, viendo esas acacias en flor, la herida del tiempo que no vuelve, y cree hallarse al otro lado de la calle, dejándose arrullar, delicado de salud también entonces, en su juventud, por las monjas de la Congregación de Hermanas de la Caridad de Santa Ana; dejándose cuidar, y querer, que bien se enamoró de la hermana Pilar Ruberte. Pero el Poeta, permanentemente recién casado con Zenobia, tras la ventana, aquel día, borra con un manotazo aquellas emociones idas. En el jardín del Sanatorio del Rosario solo se mecen, ahora, las copas de los árboles, que la mañana está fresca, y él decididamente no va a salir, él, el Poeta, y que no insista Zenobia, aunque sea por su bien, que no. Al Poeta le viene a la memoria la primera mudanza a Padilla 34, a un piso ruidoso, lleno de vecinos alborotadores, expertos en bullas y jaranas (ay, ese horror de siete niños siempre matándose pared con pared con la suya, y él tiene tantas cosas en que trabajar: se lo debe a la Poesía Española). El entresuelo, en fin, le desagradaba y cuando pudo ocupó el primer piso, una vivienda mucho más espaciosa y soleada, en donde tiene sus papeles en permanente labor de muda. Sus papeles y sus poemas, que nunca le satisfacen del todo. Al fondo, de pronto, cree oír el teléfono –el del Poeta: 50874; lo conocen los que lo tienen que conocer, se hacen con él los poetas de provincias que le visitan con un puñado de ilusiones, a veces algún acierto, hay que reconocerlo—. Sí, es el teléfono: ya lo cogerá Zenobia; él está bien así, abrigado tras los cristales, sintiendo el sol, viendo cimbrearse las acacias. El teléfono ha dejado de sonar, no así ese alboroto de la cuadrilla de albañiles que le están levantando, en su despacho, una “pared muda”, para amortiguar los ruidos de los vecinos, eso le ha prometido Zenobia, así que paciencia. Y es que en esta casa se oye todo, se desespera; y tanto, que se enterará, al declinar la tarde del domingo 12 de abril, por los gritos, alborozados o preocupados, quién sabe, del vecino, el ingeniero García de Solá, que ha caído la monarquía. Al Poeta le sobresaltan, de repente, las fanfarrias municipales en la calle, que el Ayuntamiento de Madrid (se asoma a la ventana, sin que le vean, y curiosea, como hará también Vicente Aleixandre el día en que le cambiaron el nombre de la calle: fue cuando le dieron, a Aleixandre, el Nobel, pero antes se lo dieron a él, el Poeta) le está poniendo una placa, al Poeta, en el centenario de su nacimiento. Son muy aficionados en este país, ya se sabe, a los alborotos póstumos, o a meter bulla en cuadrilla: están llamando al timbre, el Poeta no acude a la puerta. Es su cocinera, la pobre Luisa, quien abre: el Poeta no puede impedírselo, está muy lejos de España, en esta hora. Y ante la asustada Luisa tres jóvenes del Nuevo Estado: Félix Ros, “el joven ratero catalán”, escribirá el Poeta en una carta amiga, y otros dos “adláteres maleantes” (con ellos no va a malgastar un verso brillante, que se lo reserva), esto es, Carlos Sentís y Carlos Martínez Barbeito, saquean esa mañana de primavera de 1939 (qué importa si se movían las acacias, si calentaba tibiamente el sol) su casa: libros, manuscritos, la máquina de escribir, el gramófono, los discos, todo lo que quedó al cuidado de la fiel Luisa. El Poeta, desde el lado libre del Atlántico, se entera de la barbarie y escribe a las gentes de aquí que piensa que en esta hora trágica pueden hacer algo (y Pemán lo hacer y gracias a él le devuelven parte del expolio victorioso), y también le pone unas líneas, con esa ironía que corta el aire como un acero toledano, a Barbeito, “cuanto ustedes han trasladado de mi casa, bien trasladado está. Al fin y al cabo, es natural que otros disfruten de ello…”. Él ya no puede disfrutar de aquellas cosas, que se quedarán en Padilla, 34 (hoy, número 38), la casa en la que vivió desde 1929, por más que, en varias ocasiones, intentara mudarse a otra vivienda mejor, que a Zenobia, y a él también, le hubiera gustado irse a uno de esos hotelitos de Chamartín, frente al Pinar, pero pedían noventa mil, cien mil pesetas, y la poesía, en España, aunque él sea el Poeta, no da para tales sustos. El Poeta, en fin, tras los  cristales, deja que se barajen los recuerdos: su rostro se encarna sintiendo las caricias de aquellas monjitas del Rosario, o se endurece de ira imaginando el saqueo de aquellos bribones, poetas y falangistas, pero la expresión de su cara cambia cuando suena, por fin, el timbre, y el Poeta, feliz va al encuentro, hoy 3 de julio de 1929, de su amigo Juan Guerrero Ruiz, que viene a conocer su nueva vivienda, tal como lo anotará el cónsul, bueno y murciano, de la poesía española en su diario Juan Ramón de viva voz que este lector se encontró, hace años, en la Cuesta de Moyano.

Suena el timbre, en casa de Juan Ramón.

No llegó nunca el sobrino en el relato de Zúñiga.

Juan Ramón, Kafka: ¿se puede, picoteándolos, pasar una mejor tarde de domingo que esta última de febrero?




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