Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Un palomo en París


Hace un par de semanas, y de la mano de François Charpentier y su novela Gigolá, os invité a un paseo por el París sáfico de los años sesenta. Hoy continúo en el mismo paisaje: Montmartre, pero cincuenta años antes. De nuevo nos movemos en los decorados de la Place Blanche, la calle Lepic, el boulevard de Clichy, la Place Pigalle. Entramos en las míticas salas de baile del Moulin Rouge, el Moulin de la Galette o El Cyrano, en bares y cafés como el Nacional o Le Lampin Agile. Acaba de entrar el siglo veinte y la variopinta fauna nocturna de este emblemático barrio se mueve arriba y abajo de sus calles y locales en un espectáculo centelleante de vida y color, de miseria y sexo –casi siempre comprado— y pasiones irredentas. Un colorista mundo nocturno, acharolado por una lluvia impenitente que irisa el pavimento de los callejones al reflejar las luces artificiales de la noche.

El Paris canaille, que tan bien retrataron pintores como Utrillo, Tolouse-Lautrec, Modigliani o Picasso, brilla en todo su decadente esplendor en las páginas de Jesús el Palomo (Cabaret Voltaire), una novela original del escritor, poeta, autor de canciones y testigo de cargo de aquellos años y aquella vida bohemia, Francis Carco (1886-1958). “Me haré famoso como escritor de los bajos fondos, pero no como lo han intentado antes que yo, ¡así no!...sino con mucha ingenuidad, desde dentro, como si fuera muy sencillo… natural “, confesó una vez a su amiga Katherine Mansfiel, esposa del director del Mercure de France, donde esta obra apareció por primera vez dividida en dos partes.

Y lo logró enteramente. La novela nos narra con ingenua crudeza la peripecia vital de un joven proxeneta homosexual al que llaman Jesús el Palomo rodeado de un mundo marginal compuesto de de hampones, prostitutas, chulos, chaperos y ladrones, que sobrevive a sus propias reglas y que despierta cada noche cuando las primeras farolas se encienden en las calles que conforman su pequeño universo urbano.

Sin intenciones moralizantes, Carco, conocedor excepcional de esta bohemia, no se recrea en la presentación de sus vicios y miserias sino que lanza su  mirada comprensiva y llena de ternura —que a un lector actual puede parecerle un tanto naif pero que se convirtió en la marca de agua del autor— sobre sus vidas. “Me comprometo a arrojar a la cara de los burgueses vigorosas y podridas novelas con las que se chuparan los dedos”, escribe en otra ocasión a Léopold Marchand. Y a ello se puso con ahínco, y el público respondió de manera inmediata. Su fama como escritor parisino” en las dos primeras décadas del siglo veinte fue fulgurante, luego, como otros tantos escritores localistas, su estrella se eclipsó y sólo a partir de los noventa su obra ha vuelto a ser reeditada en Francia y a ser objeto de numerosos artículos y estudios.

Su “audacia “en el tratamiento de un tema tan escabroso, y hasta él siempre tratado desde un punto de vista ejemplarizante, fue sin duda alguna la clave del éxito de la novela. Tanto el Palomo como sus amigos: Bambú, Pepe el Bicho, el Pulga, Carita de Amor, o su amante, Fernande se mueven por los bares, las salas de baile, los cuartuchos de hotel con olor a fluidos , las calles abarrotadas o los peligrosos callejones solitarios, bajo la mirada cómplice del autor, cuya fascinación por este mundo queda patente en estas páginas y en el resto de su obra, sean estos poemas, novelas o canciones.

Con un pie puesto en el Baudelaire de Las flores del mal y el otro en las novelas sociales de Zola o Sue, Francis Carco proyecta la arquitectura ligera de un viaducto literario que une ambas orillas con una obra personal, realista y documental de un tiempo, un paisaje y los personajes que lo pueblan, impregnados todos en un aura poética que los hace inolvidables para cualquier lector.




Archivo histórico