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El pizarrín

Javier Goñi

Una tela de araña

Déjenme que les hable de un estimulante diccionario de literatura que a la francesa y con un cierto esnobismo ha compuesto, papeleta a papeleta, entrada a entrada, Fabrice Gaignault, que no sé si es esnob del todo, que puede, pero desde luego lo es del todo francés, pues sólo un francés, esnob o no, ha podido componer un panteón de hombres, y mujeres, ilustres como éste, un bestiario tal de escritores, y adosados, con sus taras y rarezas, extravagancias y salidas de tono. Un estupendo martirologio de y para esnobs y (sobre todo) para los que no lo son, esnobs, usted y yo, lectores de a pie.


El libro, espléndido, Diccionario de Literatura para Esnobs y (sobre todo) para los que no lo son. Glosario esencial de lo más puntero en Literatura, que ése es su título completo, lo ha armado Fabrice Gaignault, escritor y periodista, autor de una novela, de otras cosas y responsable de la sección de libros de la Marie Clairefrancesa –si esto no fuera un oxímoron, acaso—; lo ha traducido con mucho brío Wenceslao-Carlos Lozano, lo ha ilustrado Sara Morante, lo ha editado Enrique Redel, dueño y señor de su estupenda editorial Impedimenta, y lo ha prologado José-Carlos Llop, que como en la película de Woody Allen, se ha salido –para prologar la versión española— de este diccionario, del que es entrada en el mismo, junto a mi querido Max Aub, el extravagante colombiano Nicolás Gómez Dávila, y la gran Silvina Ocampo, junto a un breve cameo de Enrique Vila-Matas, que aparece como realquilado de una chambre de bonne de Marguerite Duras en la entrada correspondiente a la Duras, con la que no parece simpatizar mucho Gaignault, poco partidario de los que solían gastar  jerseys de cuello vuelto.


Max Aub

Hasta aquí la ficha completa del libro. Agéncienselo, háganme caso.

Lo he leído, estos días de atrás, verdaderamente complacido, armado de un Pilot Ball 05 de color rojo, color predominante en esta versión española –impecable: la errata (sobre todo) de la página 238 es un acto (sin duda y sobre todo) dadaísta de color rojo–, y varios paquete(cillo)s de Post-it, marca registrada, o notas de quita y pon, de colores, naranjas y amarillos, y con estos quita y pon he empapelado a mi gusto los márgenes de este suculento diccionario y en ellos he ido apuntando cosas, datos, referencias, curiosidades y así, como en el tópico del cesto de las cerezas, unas cosas me han llevado a otras, en una especie de tela de araña que me voy a permitir, a partir de ahora, ir haciendo o deshaciendo, pues como creía –en la primera temporada, pienso— una de las protagonistas de L, aquella serie, respecto a que las chicas L de Los Ángeles todas estaban relacionadas de una u otra forma entre sí, igual puede hacerse, en literatura, con la memoria de lector una malla, tupida o no, pero malla sin duda, o, si se quiere más frágil, tela de araña. Tela de araña, o malla, tanto da. Que lo que nos une es el amor por la lectura, por los libros. Veamos la malla, la tela de araña.

Despego el primer post-it, marca registrada, del prólogo “casi esnob” de Llop y aparece Marianne Faithfull, una chica mala de los 60, que aún sigue dando guerra, las chicas son guerreras –decía una canción sin traducir—; me levanto y busco. Before the Poison, por ejemplo, y suena Crazy Love, con música del australiano Nick Cave, del que desde hace años –no sé por qué capricho de MB, MR o SP, el trío responsable— está su novela, Y el asno vio al ángel, en el exquisito catálogo de Pre-Textos. Si oigo a la Faithfull me acuerdo de X. Suena There is a ghost mientras arranco otro papelillo naranja, y Llop, ese espléndido escritor mallorquín, que escribe con elegancia francesa y por eso es en Francia tan leído, más que aquí –ay—, y que le ha dedicado a su ciudad natal, el año pasado, un bellísimo libro de brumas y de memorias, de sombras y de gentes, un libro, En la ciudad sumergida (RBA), se pregunta qué hace él en el diccionario del francés, y me salto papelillos de colores –dos, amarillos, naranjas— y me voy a la entrada de Llop, José Carlos, que aparece, en conseguida acuarela o, también, en rápido retrato en tinta china, como –escribe Gaignault— “apuesto cincuentón, hijo de militar, de británica elegancia y cultura enciclopédica”, al que le gusta –dice el francés— un “cosmopolitismo a la Barnabooth”.


Los Bloomsbury

Barnabooth. Busco la entrada en la A, por A. O. Barnabooth, A. O. por Archibaldo Olson, ese alter ego del escritor francés Valery Larbaud, que nació en Vichy, de una de las familias pudientes que se repartían la célebre agua gaseada, un homme de lettres, que siempre mostró predilección por las letras inglesas –tradujo a Joyce— y las españolas–tradujo a Ramón: se pregunta Llop en el prólogo por qué no ha incluido Gaignault a Ramón en su prontuario de esnobs, ¿lo fue?—. A Larbaud le conocí por primera vez entrando por un ventanuco no por la puerta principal, y sin embargo no lo he olvidado nunca: me lo encontré en un librito, Diario alicantino (1917-1920), los fragmentos españoles de sus diarios que, con el fin de editarlos el Instituto Juan Gil-Albert (Alicante, 1984), seleccionó y tradujo José Luis Cano. Son unas páginas menores tal vez de un todo que no conozco, sus diarios, pero que en mi memoria han quedado con toda la luz de la mediterraneidad de aquella tierra alicantina. El recuerdo, la luz. Luego vendría, años después, la versión de Adolfo García Ortega de la Obra completa de A. O. Barnabooth, que editó en 1988 la Editorial Trieste (no cabe decir la añorada o la inolvidable, pues suele repetir en sus diarios cuando viene a colación uno de los dos editores de Trieste de entonces, Andrés Trapiello, que si tan añorada e inolvidable era aquel catálogo, que lo fue, cómo tuvieron que cerrar y saldar los ejemplares en los Vips: muchos, nunca los inalcanzables pombos de Ramón). El mejor Larbaud está ahí en su sosias A.O. Barnabooth; el real, Larbaud, sufrió en 1935 un derrame cerebral, que le privó del habla y le dejó paralizado medio cuerpo. No volvió a escribir más hasta su muerte en 1957.

También se quedó medio paralizado –arranco el papelillo— Denton Welch,  un —para mí al menos— desconocido escritor inglés, al que cuando la vida le estaba esperando para que eligiera entre sus dones a los veinte años, en 1935, paseando en bicicleta un motorista se lo llevó por delante, y le dejó parcialmente paralizado. Murió a los 33 años por las secuelas de aquel accidente y dejó varios libros, entre ellos éste –que acabo de recibir, estos días, y que supongo que es el primero que se publica en España—: En la juventud está el placer, lo edita Alpha Decay y lleva un prólogo –absolutamente convincente y estimulante— de Julio José Ordovás, y unas palabras reclamo del argentino César Aira: “sería difícil encontrar un escritor en el que terminen o empiecen tantos hilos del entramado de su tiempo y su mundo, y de mayor calidad literaria. El enigma de su vida está a la altura de su genio creador”. Palabras de César Aira, alguien, “un tipo”, escribe Ordovás, “que suele ser muy tacaño en los elogios”. Denton Welch. A saber, a probar, a leerlo. Ya me dirán.


Modiano, según Le-Tan

Pero desviémonos lo justo, volvamos a la entrada de Llop, todavía conserva el post-it, marca registrada. Dice de Llop el francés que el mallorquín, al que le gusta creer que la vida está llena de “hermanos invisibles”, tiene una clara debilidad por Pierre Le-Tan, un “artista invisible”, en palabras de Patrick Mauriès. Mauriès tiene entrada, cómo no, en el diccionario de Gaignault, por ahí veo asomar el quita y pon de color. Pero es que Mauriès dice de Le-Tan que quisiera ser un “artista invisible” en esos textos de este excelente catálogo  que son algo así como A quest for Le-Tan,  partiturada por varias manos –y qué manos—: el propio Llop, el mismo Mauriès y Patrick Mediano, ese escritor que le gusta mucho a Llop, y a mí, y del que tantas portadas de libros suyos, de Modiano, ha hecho –estupendas, e incluso un retrato: por aquí anda, si no se ha desdibujado, que no creo pues es a tinta china y acuarela sobre papel— Pierre Le-Tan. Este pintor y dibujante francés de origen vietnamita, que padece un elegantísimo síndrome de Diógenes, al parecer, es un magnífico autor de cubiertas como bien saben los lectores de la célebre revista New Yorker. A Pierre Le-Tan le dedicó el Reina Sofía una exposición en la primavera de 2004, por entonces ahí andaba la mano de su director Juan Manuel Bonet, y de la que guardo como oro en paño su catálogo.


Está justificado lo de Pierre Le-Tan porque se cita en la entrada de Llop y porque incluye el catálogo del Reina el texto de Mauriès, editor, escritor y coleccionista francés que para Gaignault, quien le dedica un generoso espacio –la generosidad es una cualidad que se presta a equívoco e incluso está sobrevalorada—, es la “encarnación pluscuamperfecta del esnob literario”. Este Mauriès es autor de dos ensayos que desconozco, Quelques cafés italiens (1987) –los cafés italianos tienen entrada— y Vies oubliées (1988), pero sí leí con mucha satisfacción su libro Cosas inglesas, que editó en 1990 Toni Munné en las desaparecidas pero muy interesantes Ediciones  Versal, que si no me equivoco era la sección elegante, chic, esnob y –por qué no— vintage, que tenía entonces el Grupo Anaya. Cosas inglesas, que llevaba en cubierta –lleva— un dibujito de quién va a ser si no: Pierre Le-Tan, es un libro espléndido de viñetas sobre Londres y alrededores, Londres, esa ciudad que para él “parece como al borde de una catástrofe perpetua”: qué quiere decir Mauriès con esto, pues probablemente nada, pero eso es lo esnob, suena bien, queda bien, como esa otra madame de las letras esnob que sale en el Diccionario –se me ha desprendido el post-it, marca registrada, y no encuentro ahora su nombre—, que en cierta ocasión zanjó una discusión de altos vuelos en el salón de su casa sobre la existencia de Dios con el contundente argumento de que de haber existido Dios ella seguramente hubiera oído hablar de ello.


Acaso para Gaignault, el New Yorker —la revista que acogía las portadas de Le-Tan y que destacó por sus retratos literarios— no se merece una entrada en su diccionario, aunque sí la revista Granta, y sobre todo The París Review, la legendaria revista norteamericana fundada entre otros por George Plimpton, al que Gay Talese, por cierto, le dedicó un espléndido retrato en el New Yorker, recogido en libro el año pasado con otros retratos en Alfaguara, quien anuncia otro libro de Talese para esta primavera y otro más Debate, inaugurando así una nueva colección de periodismo y literatura. Y si alguien dijo que New Yorker había inventado el arte del retrato, The París Review inició el arte de la entrevista. El gotha literario del siglo XX está ahí, entrevista a entrevista, y para el que no lea la lengua de George Plimpton puedo recomendarles dos –me temo— inencontrables volúmenes con las mejores entrevistas que publicó en los años ochenta la Editorial Paidós o –si hay suerte, que quizás tampoco— el volumen que preparó Ignacio Echevarría para Península no hace tanto. Javier Marías creo que es el último –o único, no sé— novelista español –vivo o mediopensionista, no sé— que ha sido entrevistado por la mítica aunque ya vetusta revista: la entrevista la recogió en un librito de bolsillo, con otras cosas, no hace mucho: dónde, ahora dudo, y en este momento no estoy en casa, tampoco en el autobús.


Capote, según Le-Tan

El mismo quita y pon de Paris Review (The) me vale para la entrada siguiente por orden alfabético de Gaignault, la entrada que hace referencia a Parker, Dorothy, clasificada por el francés como “especie rara de inteligencia femenina estadounidense, en la misma medida que Louise Brooks y Zsa Zsa Gabor”. Hasta aquí el francés, y lo que haya querido decir con eso, a su manera francesa y esnob. A Dorothy Parker, excelente cuentista, mujer legendaria y excéntrica, que creó para New Yorker  un cierto periodismo “con mala uva”, nada que ver con el periodismo gonzo, que también tiene entrada; a la Parker, digo, le editó el citado Toni Munné un par de libros de cuentos y una biografía en Versal, por los pasados años ochenta, sería,  y supimos así, lectores como yo con gusto por estar más o menos à la page, que existía esta vieja dama, cuyo cuerpo convertido en cenizas dio más de una divertida vuelta y que fue pieza fija en la célebre Tabla Redonda del Algonquin, ese hotel neoyorkino, con nombre de piel roja: antes que los holandeses hubo indios en Manhattan. La Parker mantenía viva la tertulia entonces –se hizo una película, creo—, y José Luis Garci leí una vez que llevaba, una a una, una vida sentimental tras otra, a todas sus mujeres, AR, CGC, MT, yo qué sé, al Algonquin, a alojarse en el hotel en su primera cita romántica. Uno, en su modestia, en la SS del 2000 tomó una copa con X, que la traía de Madrid, en el bar –precioso— del Algonquin. Uno, entonces, se quedaba en el Pennsylvania, enfrente de la Station y del Madison, un hotel inmenso, donde estuvo alojado en su día Julio Camba, y escribió –él— sobre N.Y. Uno, en su modestia, en la SS del 2000 estuvo también en el vestíbulo del Hotel Chelsea, qué pestazo a alcohol consumido por artistas suicidas, adolescentes o pasados de rosca. Hotel Chelsea, en la calle 23, qué bonita entrada, y precisa, la de Gaignault  en este diccionario, del que se han ido cayendo, como hojas volanderas de un otoño ventoso, los post-it, marca registrada, de colores, sólo me queda ya uno, color naranja, es una entrada muy breve: “Beyle, Henri. Personaje nada esnob, opuestamente a su doble literario conocido como Stendhal…”

Stendhal: en la primavera de 1980, uno, joven, moderadamente feliz y apuntado en la oficina del paro, todas las mañanas paseaba por un parque a un bebé, mi hija P., para que se durmiera; con una mano cogía el cochecito, con la otra sostenía las Crónicas italianas del francés, en la versión de Consuelo Berges, que había aparecido ese mismo año en Alianza Editorial. Una de esas crónicas es la novelita corta, Vanina Vanini, que en versión de Manuel Arranz acaba de sacar Periférica. Este tomito amarillo de Periférica me ha llevado al muy manoseado de Alianza Editorial –está para pocos meneos—. Antes de que esta tela de araña tense sus bordes y me acabe asfixiando, déjenme que les diga que los libros retienen entre sus hojas pedazos de vida vividos, como si fuesen billetes usados de tranvía, o de metro, acaso un recorte amarillento de periódico. Este tomito de Periférica –gracias, Julián Rodríguez—, que empiezo a leerlo ya, me ha llevado a la memoria aquella primavera de 1980. Los libros, la lectura, son como una magdalena sin fecha de caducidad. Sin moho, sin telarañas.




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