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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Las zapatillas rojas revisitadas


Darren Aronofsky nunca ha sido un director comedido, y no le ha faltado nunca talento visual para dotar de ritmo y vitalidad a historias algo rebuscadas e incluso algo extremas. Después del relativo fracaso de El luchador, este realizador pone su  talento visual al servicio de un gran trabajo interpretativo y musical en el que Natalie Portman despliega todos sus variados registros para un filme que se mueve entre el thriller psicológico y un canto de amor-odio al mundo del ballet.

La película se apoya en la tensión entre la joven protagonista (que parece salida de una versión adulta y cruel de Las zapatillas rojas) y los otros personajes del universo en que se mueve: su dominante madre (encarnada por Barbara Hershey), su manager, su inquietante rival femenina y sus propios fantasmas personales.

Cisne negro confirma que el realizador de Réquiem por un sueño sabe conmover y golpear al espectador y sacar el máximo partido tanto de actores y actrices como de situaciones a la vez divertidas y trágicas.

El problema es que, cuando el filme se le va de las manos, Aronofsky se apoya en la estética más que en la profundidad y más en la atención a los pequeños detalles de la puesta en escena que en la total credibilidad y solidez de lo que cuenta.

Un verdadero festival para los sentidos, para los amantes del cine independiente estadounidense y los seguidores del baile y las historias contadas con fuerza, inteligencia y brío, El cisne negro demuestra un talento audiovisual demoledor aunque esconde más de una trampa para conducir al espectador a un mundo a la vez onírico, poético y crispado que puede resultar, por momentos, irritante en su hermosa desmesura.




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