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Los viajes

de Sara Gutiérrez

Tahoe, el lago frontera


Desde Sequoia Park volvemos sobre nuestras rodadas y comprobamos que la llanura que atravesamos a oscuras la noche anterior, en torno a Fresno, es un inmenso campo frutal en el que los naranjos lucen, entre los árboles desnudos y los plásticos que cubren las fresas, como adornos navideños.

La autopista por la que avanzamos horas y horas, camino del Lago Tahoe, es una cadena de nudos poblados de franquicias. Hoteles, moteles, restaurantes de comida rápida, gasolineras y comercios varios aguardan pacientes nuestra parada. Nos resistimos, pero al final ganan. Comemos tacos de a dólar, bebemos una cola aguada de máquina, llenamos el depósito y seguimos camino.

Como siempre, cuando decidimos que ya va siendo hora de fijar el lugar en el que pernoctaremos, los moteles se esfuman y los pueblos desaparecen. En Kyburz, menos pueblo de lo que parecía en el mapa, nos alegró el anuncio de un motel abierto; pero resultó un triste edificio, apenas iluminado, en el fondo de una hondonada nevada. Decidimos ignorarlo.


No fue en vano, nos esperaba un acogedor, enorme, animado y decadente hotel de 1858. Cuando subimos a dejar la maleta en la austera habitación que nos habían asignado, una propia nos estaba colocando un calefactor sobre la silla. Menos mal. Como pasaba de las ocho y media, ya no pudimos cenar el comedor. ¡Qué importa! Unas alitas de pollo y unas quesadillas con cerveza roja hicieron de cena en el bar, mientras nos preguntábamos por qué a nosotras no nos habían pedido el carné, como hacían con el resto de clientes que iban llegando con intención de achisparse un pelín.


Los Reyes Magos de Oriente nos trajeron una pastilla de jabón de Camomila —el mostrador de la recepción estaba lleno de ellas— y un día espléndido, así que nada más desayunar emprendimos el ascenso a la base de las cumbres nevadas que, a 1.920 sobre el nivel del mar, rodean los 99 km2 de superficie acuática que forman el Lago Tahoe.

Optamos por ir hacia la izquierda con intención de rodearlo, pero después  de un montón de extraordinarios pero similares kilómetros desistimos, y alcanzado el estado de Nevada, tomamos el camino de vuelta.


El perímetro del Lago Tahoe, 114 km de laderas de dos estados diferentes (California y Nevada), es una inmensa área de recreo que alterna estaciones de esquí a pie de carretera con embarcaderos y rutas de senderismo, lujosas residencias de invierno con colonias estivales, y modestos bares con estridentes casinos. Pero con todo, como casi siempre me ocurre, lo más extraordinario del Lago Tahoe me pareció su paisaje. Al que busque un recuerdo de postal, Emeralda Bay le parecerá lo más.


Algunas fotos las hice yo; otras, Eva Orúe.

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