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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Los Coen, valor seguro


Después de la ácida y, a ratos, demoledora, Un tipo serio, los hermanos Coen vuelven a un terreno más confortable para el público con un respetuoso y elegante remake de Valor de ley, el clásico de Henry Hathaway.

Encontramos todos los códigos del cine del “salvaje oeste” levemente subvertidos por la presencia de Mattie Ross, una protagonista muy joven y arrojada (interpretada por Hailee Steinfeld) que busca desesperadamente vengar la muerte de su padre  emprendiendo un largo viaje a la  caza del asesino. La premisa no es muy original pero, desde los primeros momentos, los realizadores de Muerte entre las flores demuestran un dominio de los espacios visuales y de la caracterización de los personajes que sitúan la película por encima de las muchas revisitaciones barrocas de uno de los géneros más antiguos del séptimo arte.

Valor de ley es ante todo un hermoso filme, arropado por una fotografía deslumbrante de Roger Deakins y una cuidada banda sonora. Los Coen demuestran que están en buena forma y saben rodar de manera impecable, y hacen posible que empaticemos con personajes de carácter más que ambiguo como el veterano sheriff Rooster Cogburn (un Jeff Bridges algo sobreactuado), una figura paternal, oscura y ambivalente para una niña de catorce años demasiado avanzada para la época y el lugar en el que se sitúa la película.

La historia se presenta como un recorrido algo lineal apuntalado por un guión ingenioso, con diálogos llenos de inteligencia y mordiente. No obstante, el filme, como otros de los Coen, se sostiene por la unidad narrativa del conjunto y por la sabiduría con la que están resueltas todas y cada una de sus secuencias, dosificando el humor negro, la tensión, el melodrama y el lirismo, ya que el mensaje dista mucho de ser renovador, cayendo en un anquilosamiento de los arquetipos humanos que ya lastraba su sobrevalorada adaptación de Corman McCarthy, No es país para viejos.

Valor de ley es sin duda una película realizada con ingenio, donde el histrionismo de Bridges y la joven Steinfeld contrasta con la sobriedad de un irreconocible Matt Dammon y la contención en una  puesta imágenes más propia del último John Ford que del propio Hathaway. El filme, como el cine al que homenajea, convierte en entrañables a personajes detestables y nos embarca en un relato algo previsible pero visualmente majestuoso que pide a gritos una mirada inocente, límpida  e incluso “algo ingenua”.




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