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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Riña de gatos


He tardado  en acercarme a la última novela de uno de los que considero mejores escritores  españoles actuales, me refiero a Eduardo Mendoza, por miedo a que el premio Planeta  —tan honorífico  como marketinero— obtenido con su última novela, Riña de gatos. Madrid 1936 (obviamente, editorial Planeta), ocultase un escalón más en la pendiente descendiente en que parecía haberse instalado su  obra. Porque, no nos engañemos, novelas como Mauricio o las elecciones primarias, El último trayecto de Horacio dos o El asombroso viaje de Pomponio Flato, aunque pulcramente escritas , no dejaban de ser una especie de divertimento dentro del corpus  autoral de Mendoza, capaz de escribir novelas tan esenciales como La ciudad de los prodigios o El misterio de la cripta embrujada.

Afortunadamente para los lectores adictos a su prosa, Riña de gatos recupera lo mejor del autor en esta crónica apasionada de una ciudad: Madrid, y de una época crucial: los meses anteriores al levantamiento militar, en un ejercicio literario que se abre en diversas direcciones para presentarnos cómo se vivía aquel tiempo lleno de buenos y malos presagios, según qué punto de vista se adoptase. Un tiempo revuelto, turbulento, en el que se mueven los personajes principales y los secundarios inmersos en una trama perfectamente orquestada e interpretada por la mano maestra de Mendoza, cuyo estilo bascula  entre  el costumbrismo galdosiano y el esperpento.

Como en Pomponio Flato, Mendoza se sirve de un extranjero, esta vez un inteligente y flemático inglés, para mostrar la realidad social y política  de una ciudad y de un país a través de los ojos de un extraño. Alguien que intenta saber qué pasa y se deja llevar por la marea de los acontecimientos que le rodean, y que, aunque hubiera podido perfectamente pasar de ellos y marcharse tranquilo a su país una vez cumplida su misión, prefiere  quedarse y entender de qué va el asunto. Así, nuestro protagonista, Whitelands, especialista en la obra velazqueña contratado por un noble  para que tase su colección privada de pintura con vistas a venderla  en el extranjero por si acaso debe exilarse, llega a Madrid y llevado por su curiosidad y buena suerte, palpa la realidad cotidiana de una ciudad que es un hervidero de rumores. Desde la alta sociedad al lumpen más castizo, desde los más selectos cafés a los tugurios más infames, desde la embajada inglesa a la Dirección general de Seguridad, de Velázquez a José Antonio Primo de Rivera, nuestro especialista inglés va y viene y aplica su ojo crítico y fino instinto para contarnos lo que está sucediendo.

Tal vez puede achacársele al autor cierta falta de rigor  al recrear esos meses decisivos para Madrid y España, que pase casi de puntillas sobre temas considerados “importantes”, pero opino que Mendoza, acertadamente, elude hacer una crónica historicista y prefiere el camino del humor, del ingenio, incluso del sarcasmo para retratar a toda esa fauna madrileña que pulula alrededor de Whitelands y que, finalmente, parece más real que la propia realidad.  Por ejemplo, a cualquier lector actual  poco informado o interesado en una figura como José Antonio Primo de Rivera, Whitelands va descubriéndole poco a poco la dualidad de un  personaje cuyo magnetismo y aura romántica no logra ocultar su discurso enaltecido de un fascismo sin ambages, que prendió rápidamente en un sector de la juventud de la clase media alta que veía cómo iba perdiendo sus privilegios y derechos adquiridos a través de los años.

Riña de gatos es, pues, un extraordinario divertimento que nos rescata al mejor Mendoza, perdido algunos años y que ahora reaparece en todo su esplendor literario.




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