Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

El pizarrín

Javier Goñi

Han de Islandia

Déjenme que les hable de uno de los editores que más han hecho por hacernos mejores lectores, a mi generación al menos, y que ha muerto lejos, en Thule, aquel reino lejano, de fríos y hielos, donde tenía enamorada, rubia, belleza polar, el Capitán Trueno, y ha muerto cerca de su amigo más íntimo desde hace más de 50 años, el novelista y traductor islandés Gudbergur Bergsson, a quien Jaime Gil de Biedma, no sé si envidiándole el porte escandinavo, le llamaba Han de Islandia, aunque también, al parecer, El Oso Polar. Allí, en Islandia, ha muerto hace unos días Jaime Salinas, editor.


Jaime Salinas, que había nacido el 27 o el 28 de junio –el 27, parece— de 1925, en Maison-Carrée, cerca de Argel, la capital de Argelia, colonia francesa, entonces, y donde se había establecido, muchos antes, su abuelo materno, de origen alicantino. Y nació como Jacques Pierre Salinas, hijo, eso sí, de Pedro Salinas, poeta y catedrático de Lengua y Literatura en Sevilla, uno de los del 27; James Pedro Salinas, según su Affidavit in Lieu of Passport, el documento de identidad que tenía en Estados Unidos a principios de los años cuarenta, cuando su pasaporte de la República Española era papel mojado, y la familia Salinas se exilió allí.


Dedicatoria de Carlos Barral

Jacques Pierre, James Pedro, Jaime Salinas,  uno de los editores más exquisitos que ha tenido este país, sin dobleces ni leyendas –Carlos Barral, amigo, fue grande, muy grande, pero con sus dobleces y leyendas-, y uno también que más ha hecho por desasnar a varias generaciones de lectores –entre ellas, la mía—, las que se hicieron, en los años sesenta con los libros de Seix Barral y con los de bolsillo de Alianza Editorial y, sobre todo, con esa exquisita colección que fue Alianza Tres; y luego, en los primeros años setenta, la Alfaguara azulona, de diseño exquisito de Enric Satué, sin ilustración en la portada, pero con –novedad absoluta en su momento— el nombre del traductor en ella, el nombre del autor a un cuerpo mayor que el título del libro y una colección espléndida de cenefas, ribetes, bordes, orlas, festones, grecas, lo que quieran. Todo exquisito.

De lo que supuso, para mi generación, Alianza Editorial ya dejé volcada con entusiasmo y precipitación –entusiasmo y precipitación que ofusca y confunde a Keiko— mi memoria lectora en otro pizarrín; de lo que fue Seix Barral y, desde luego, Biblioteca Breve de Bolsillo, asequible a los ídems de lectores con más deseos que doblones, se podría hablar en otro momento, o no, dejémoslo así. Uno tiene la sensación –ingenua, ilusa, ¿estúpida?, vale— de que el mundo va con él, pero si nos ponemos en los años duros pero ilusionantes –la transición como la infancia están tan sobrevaloradas— de los primeros cien metros que no lisos sino con obstáculos de nuestro actual régimen de libertades, uno pondría el acento en varios actos culturales –estamos hablando de libros—.  

Uno, mayo del 76, presentación en un céntrico hotel madrileño –antes de la redacción de los libros de estilo de obligado cumplimiento era un tópico periodístico muy celebrado— del libro de don Pedro Laín Entralgo, Descargo de conciencia, en Barral Editores, de los primeros en darse una capa de pintura blanca a su propio pasado, un libro que los jordigraciay expertos en el momento han analizado  y puesto en su justo valor, pero que a mí –como lector, en ese momento: no lo he vuelto a leer— me impresionó mucho. Todos estábamos emprendiendo la travesía por el desierto o el Mar Rojo se estaba peatonizando.


El otro acontecimiento editorial importante –de los muchos que hubo, que empezaba a haber: cómo no recordar la multitudinaria presentación con gambas a la gabardina y croquetas de gustos variados, en otro céntrico hotel madrileño, de La guerra civil española, de Hugh Thomas, en Grijalbo, en dos tomos: las gambas y las croquetas, maná pringoso para el buen pasar por el desierto—; decía que el otro –otro de otros—  acontecimiento fue en mayo de 1977 la presentación de la renovada editorial Alfaguara con Jaime Salinas a la cabeza. Lugar: en lo alto del edificio emblemático de Sáenz de Oiza, Torres Blancas, que nunca lo fueron, blancas, sino grises, propiedad de los Huarte, empresarios y mecenas navarros, que eran propietarios del edificio extravagante y de los dineros –monedillas, se supone para un financiero— de la editorial Alfaguara de los hermanos Cela: Jorge, empleado de su hermano, escritor menor y que se amparaba en lo de la madre, con lo de Cela Trulock para coger baldosa para el paso de la procesión de las famas,  y Camilo José –uno que hubo, uno que fue—, que poseía un apartamento –legendario— en las dichas torres. Magnanimidad de magnate.

Jaime Salinas, que venía de Alianza Editorial, de –sobre todo— Alianza Tres, y que tantas alegrías nos había dado,  se encargó de poner en marcha un nuevo proyecto, una nueva editorial diseñada y cuidada con exquisitez, solidez y elegancia extrema. Exquisitez, solidez y elegancia. Si hablamos de Salinas, las tres cosas le van.  En sus estupendas memorias –tan poco literarias, subsección chismografía o contribución al estudio del mundo editorial español, pues se detenía en 1955, cuando llegó a Barcelona y el taxi le dejó a la puerta de la Editorial Seix Barral— que publicó Tusquets en 2003 con el título de Travesías y que Salinas inició con unas escandinavas palabras de afecto –se supone—, de amor –se supone—, de reconocimiento –se supone—: Hinrik og Gudný sem búa i Grindavík: acaso Borges, allá en su Walhalla donde aguarda a María Kodama entienda estas palabras.


Pues bien,  en Travesías, esas memorias espléndidas del hijo de un poeta, que derrama chocolate ante las barbas de un jupiterino –y vitriólico le llamó en otra página, lo tengo anotado— Juan Ramón, que nunca leyó mucha poesía y menos la de su padre –y cuando lo hizo, fue ya en España, de regreso, en dos mañanas, una vez desaparecido su padre: nunca llevó bien el hijo de poeta ser hijo de poeta, o de ese poeta: quién somos nosotros, lectores, para ir más allá de la frase, que ya tenemos bastante con lo nuestro, con nuestra carga propia, con el fardo que te deja marca en la piel—, que descubrió pronto la turbación que le causaban los cuerpos desnudos, bronceados y musculosos de los wasp, que conoció o vio desde lejos en los campus universitarios de EE UU; y de todo esto, y más, escribió muy bien en sus memorias.


Pues bien,  en Travesías, en un momento determinado la silente madre, Margarita Bonmatí –a quien Pedro Salinas, el poeta del amor, le escribió hermosas cartas y no menos hermosos poemas; y también a otras: ya se sabe cómo son los hombres, que igual confunden Estella con Estrella, y todo les rima, todo les vale—, le escribe a su amiga francesa, tan amiga de los poetas del 27, Mathilde Pomès: “Je crains que mon fils est en train de devenir un petit `snob`”. Y me encuentro subrayada esta frase de Travesías, documentándome, días atrás, la memoria de Jaime Salinas –a quien aprecié mucho— y hallando en la biografía que Miguel Dalmau –polémica biografía, con sus hunos y con sus hotros— le dedicó, publicada por Circe, a Jaime Gil de Biedma, Jaime Gil de Biedma. Retrato de un poeta, esta afirmación de por qué fueron tan amigos Salinas y el poeta: “son anglófilos, ligeramente snobs y comparten las mismas preferencias sexuales”.

Dos veces la palabra snob: está tan (ab)usada. A mí me gusta exquisito. Lo fue. Jaime Salinas. Lo fue, aquella presentación de la nueva Alfaguara de mayo de 1977. Los Marías, Vicente Molina, Hortelano y tantos otros han contado o recordado –ahora que se ha ido Salinas, o en su momento, Hortelano, Benet, otros— cómo eran aquellos comités de lectura, tan wasp, anglo-saxons  desde luego, que había mucha caspa rojigualda todavía en mayo del 77. De jefa de prensa estaba la hoy editora de La Esfera de los Libros, y antes de Planeta, Ymelda Navajo. En aquella presentación a la prensa, hasta la bolsa que contenía el dossier y los primeros títulos era exquisita.


Ah, los siete primeros títulos: de memoria, como el contenido de una cesta navideña de los tiempos de carpanta, a saber: uno de Yourcenar, el Alexis o el tratado del inútil combate: todavía no se había quitado la pana Isidoro, pero cuandoen octubre del 82 fue coronado primer presidente socialista de la transición y dejó en su mesilla de la Moncloa o todavía de la calle Pez Volador, ahí al lado, en el Barrio del Niño Jesús, pongamos que hablamos de Madrid, para leer de noche y poderlo comentar Las memorias de Adriano, en Edhasa, en la clásica traducción de Julio Cortázar, pues de la noche a la mañana el Adriano de la Yourcenar se puso de moda y aquello acabó como un best-seller de calidad porque, entonces, todo lo que tocaba Felipe González refulgía como el oro: Felipe González también nos dio muchas alegrías a los de nuestra generación, diga usted que sí.

Uno, el de la Yourcenar, otro un Modiano, ese francés que tanto me gusta y que parece que siempre le saca brillo a la misma tesela de su memoria de niño en la Francia de la Ocupación; gran Modiano, entonces, Los boulevares periféricos, hubo otros modianos, cuajaron moderadamente, luego, años después, les dio una capa de pintura –amarilla— Herralde y se llevó a su catálogo de Anagrama otros modianos, con más éxito, creo: a mí me sigue gustando mucho Modiano. Y un Benet, En el estado, Benet  en estado puro, no digo que no, que Benet tiene más hotros  que hunos y todos los hunos, o casi,los tenía a favor entonces en Alfaguara y en su comité de lectura, o casi, vale. Y es verdad, o casi, vale. Pero algún día junto a los libros de Zúñiga, Iturralde, Chaves Nogales y otros –excelentes— sobre la guerra civil habrá que poner –pienso— las Herrumbrosas Lanzas  de Juan Benet, la trilogía que publicaría, pocos años después, en Alfaguara, todavía en formato azulón, con cenefas de Satue.

Y Cortázar, un libro de cuentos, Alguien que anda por ahí, y el argentino se pasó de Alianza Tres, de Salinas et alii, a la Alfaguara de Salinas y también otros: no quisiera olvidarme en este caprichoso escrutinio de Eduardo Naval, que aparecía como director literario, un gran tipo –lo recuerdo— de aspecto frágil, que murió pronto de enfermedad cruel y muy abierto a las literaturas portuguesas y brasileñas, que entraron con gran naturalidad en ese catálogo de portadas de Satue.

Volviendo a Cortázar recuerdo un encuentro de prensa con él en la sala de actos de la editorial, en el último piso del edificio singular de Torres Blancas, donde había –creo— un restaurante y donde comimos una vez los de la prensa –que les echen de comer a los gacetilleros, tal vez nunca dijo eso Cayetana de Alba, pero es chascarrillo convertido en leyenda urbana— en la presentación de una novela de Emilio Romero: como este pizarrín se va convirtiendo en lo que ya es, habrá que hablar algún día de Emilio Romero, maestro de periodistas que fue cuando el Caudillo, del que decían que su poder lo tenía en carpetas con dossiers comprometedores, todopoderoso hacedor del diario Pueblo, una cosa sindical, vertical y popular, y que según me contó un periodista rojo  —los acogía por puñados en su periódico vertical: Raúl del Pozo y tantos más lo saben—, tenía en su despacho no sé si para las visitas o para los sufrimientos en silencio un bidé, ese invento francés. En esa comida de Planeta  –reordenemos la cosa: Emilio Romero, presentación de una novela suya—  el maestro de periodistas de gafas de pasta consistente no tenía más ojos que para Paloma San Basilio, actriz con buena voz y licenciada en Filosofía y Letras.

Y de Emilio Romero a Cortázar. Le recuerdo a éste en el pequeño coso literario que era la sala de actos de Alfaguara. Coso o clase de anatomía en una vieja universidad, sea la lección de anatomía de Rubens o la charla sobre neuronas y otros esparcimientos científicos de don Santiago Ramón y Cajal. Dicen los gacetilleros de la época que en la madrileña calle de Echegaray –el Gran Idiota como lo llamaba Valle Inclán: así lo escribió en un sobre y le llegó a su domicilio y el malvado Valle se hacía cruces sobre lo listos que eran los carteros madrileños— había un célebre lupanar, al que acudía, para aliviar tensiones neuronales Ramón y Cajal y si había aglomeración se le abría paso y se le cedía la vez por su condición, certificada por los suecos, de Premio Nobel. Aquellas eran maneras.

Y de Ramón y Cajal a Cortázar. Coso literario de Alfaguara: en el centro Cortázar  y sentados alrededor, en círculo, en asientos como gradas prensa y admiradores. Y las célebres erres afrancesadas o gangósicas del admirado autor de Rayuela, ese libro generacional –de la mía, vamos—. Y Cortázar  en la Feria del Libro de Madrid, firmando alfaguaras o alianzastres, cerca Salinas, y Torrente Ballester que se acerca y se saludan, y don Gonzalo que simpatizaba lo justo no con la literatura latinoamericana sino con los fuegos artificiales que festejaban continuamente el boom –mi generación— saludó cortésmente al escritor latinoamericano, argentino-belga-francés, que le dedicara el libro expuesto y Cortázar, disimulando el apuro de no haberle (re)conocido, preguntó ¿para?, por si había que dedicarlo a algún familiar próximo y don Gonzalo le dijo, mirándole sin mirarle –aquellas gafas de hondas convicciones por sus muchas dioptrías, la línea Maginot de la Gran Guerra—, para Gonzalo, sin más, y Cortázar comprendió, o reconoció, y le firmó: para Gonzalo de Julio. No más. Sin más.


Dedicatoria Gunter Grass

En otra Feria del Libro, Jaime Salinas trajo –entonces— a Gunter Grass. En alguna entrevista confesó Salinas, que tantos libros había editado, que el que más satisfacción le había producido hacerlo era  Die Blechtrommel, o sea El tambor de hojalata, su gran novela, otra lo es, El rodaballo, también en aquella Alfaguara, años después. Salinas recuperó para su catálogo la traducción aparecida en México en la mítica editorial de exiliados españoles Joaquín Mortiz, y que era obra del primer traductor español de Grass, el catalán Carlos Gerhard, del que nada sabía, aunque me acabo de meter en Google y he encontrado un artículo de Miguel Sáenz, el gran traductor del alemán y de Grass en particular en el blog clubdetraductoresliterariosdebaires, que aconsejo vivamente porque contiene datos de interés sobre Gerhard, hermano del compositor catalán muerto en el exilio Robert Gerhard, y sobre la célebre relación de Grass con sus traductores. Pues bien, Salinas recuperó la traducción aparecida en México (como el primer Ulises de Joyce publicado allí pero traducido por un catalán, J. Salas) y recientemente, en diciembre 2009, al cumplirse los 50 años de la primera edición alemana de El tambor de hojalata, la Alfaguara actual que no es –estrictamente— la de Salinas, publicó una nueva versión, ésta sí, de Miguel Sáenz. En su momento leí la de Gerhard, me gustaría tener tiempo para leer la de Sáenz. Ese momento todavía no ha llegado. Pues bien aquel año, no sé cuál, finales setenta, acaso, Salinas trajo a Madrid a Grass y le llevó –con otros invitados, a mí no me tocó, dommage— a Cuenca en un tren que alquiló (en Travesías se ve el amor que tuvo siempre Salinas por el tren, montaba en uno y creía estar en el Orient Express…). No fui a Cuenca, pero me conformo con este garabato que por aquí asoma, y en el que se adivina la firma de Grass.

En algunos de los tomos de memorias de Carlos Barral –fue un gran prosista, como poeta me pronuncio menos: no soy demasiado buen lector de poesía, como confesaba Salinas en las suyas que tampoco lo era—, en Los años sin excusa, por ejemplo, aparecidas sus memorias en Alianza Tres, en Tusquets, en Península, en un solo tomo, hay un precioso retrato de Barral sobre Salinas, que me gusta mucho: “Vestía con controlado desaliño y era en la conversación muy  gesticulador, pero según una gama de gestos totalmente ajenos a los códigos locales y reconocibles. Subrayaba, por ejemplo, el desacuerdo o la desaprobación con un rictus salivoso de la boca, torciendo las comisuras hacia arriba y maniobraba los brazos frecuentemente hacia atrás en las actitudes afirmativas en que parece normal adelantarlas en el sentido del interlocutor. Era, desde luego, un personaje diferenciado y curioso: yo le dije alguna vez entonces que me sugería un hugonote, pero, pensándolo bien, diría que parecía un clérigo alemán del barroco”.

Y en la reciente edición de la correspondencia de Gil de Biedma, El argumento de la obra  (Lumen, 2010), en una carta de 1961 al amigo común Joan Ferraté, Gil de Biedma escribe de su amigo (lo fueron y mucho, aunque se pelearon al parecer, según Dalmau, por el amigo islandés, junto al que ha muerto en enero Jaime Salinas, ese Han de Islandia, por la novela de Victor Hugo, y no Hans de Islandia como aparece por error o descuido en las biografía de Circe de Dalmau): Jaime sigue siendo adorable y sufriendo, al cabo del año, el número preciso de crisis morales para seguir siendo un honnête homme. Escribe además un libro de memorias que no sé si ninguno leeremos jamás, pero que nos da pretexto para sesudos coloquios estilísticos”.

Esto lo escribía Gil de Biedma en 1961. Sus memorias –excelentes— se publicaron, por fin, en 2003. Se frenaban en 1955 cuando cayó en Barcelona y se convirtió en editor. En Travesías está su vida recordada por  él. Lo que fue después ya está en las memorias de otros, escritores y amigos, y en los catálogos que ha formado y con los que nos hemos formado –mi generación y quien se apunte también— como lectores. Cómo no estarle, pues, agradecido, a él, a Jaime Salinas, el hijo de Margarita Bonmatí, quien temía que “mon fils est en train de devenir un petit ‘snob`”.  Pequeño no lo fue. Fue grande, un gran editor. Una gran persona.




Archivo histórico