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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Tic, tac


A estas alturas nadie pone en duda que Danny Boyle es un hábil narrador y, sobre todo, un esmerado constructor de grandes espectáculos, pero, tras el éxito de Slumdog Millonaire, vuelve a mostrar su tentación por la grandilocuencia y la estética de videoclip.

127 horas es la historia de Aron Ralston, un alpinista célebre por el trágico accidente que lo hizo quedar atrapado entre las paredes del Blue John Canyon en Utah. Boyle hace una leve crítica de la sociedad del espectáculo, pero renuncia al terror absoluto de Buried, de Rodrigo Cortés, o a la inteligencia afilada de otros realizadores progresistas como David O. Rusell, Gus Van Sant o el Billy Wilder de El gran carnaval.

Nos presenta al protagonista (encarnado con  más que notable esfuerzo  por James Franco) como un héroe viril, egocéntrico y ligón, y salpica su tragedia —fotografiada con virtuosismo por dos operadores— con una lección de heroísmo algo fuera de lugar en un estilo directo y un montaje agresivo, un festival para la vista, que  se convierte en una odisea tan angustiosa y subyugante como vacua en su mensaje y endeble en su aparatosa puesta en imágenes.

Franco y Boyle demuestran que están en buena forma, y el vertiginoso montaje del filme logra su propósito de enganchar al espectador, pero el relato se empapa de estética pop, sus reflexiones existenciales son algo simplistas y el filme se resiente, porque el realizador tiende a rescatar, con cierta angustia, concepciones algo pasadas de moda sobre el heroísmo, mezclando la comedia romántica, el melodrama y el filme de aventuras.

127 horas, con sus variadas tonalidades fotográficas y la intensidad y belleza de su protagonista masculino, está lejos de ser una mala película, pero, como otras de Boyle, es una película tramposa y afectada, de la que solo podemos quedarnos con la capacidad de seducción de sus imágenes y la fuerza del episodio real en que se inspira.

Estamos, pues, ante un trabajo expresivo pero carente de verdadera densidad, en el que el director coge una buena historia y la transforma en celuloide tan vistoso como efectista y  perecedero.




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