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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Just a Gigolá


Francia, año 1972. Han pasado cuatro desde el Mayo del 68, aquel sarpullido libertario que infectó durante unos meses la grandeur de la France y levantó los adoquines de la plaza de la Bastille para encontrar debajo la arena de la playa, y que, a su vez, hizo verdadera también  aquella máxima que reza: “todo debe cambiar para que siga igual”.

Y sino que se lo pregunten a Laure Charpentier, garçonne terrible que contaba sólo veinte años en la época y que ya había hecho carrera desde los quince por Pigalle, Place Blanche, y los safogaritos del Boulevard de Clichy.

Laure, garçonne convencida, escribió, entre afiebrada y desbordada, una crónica galante de su vida en esos años en que se convirtió en una asidua de las noches de lugares tan míticos entre el planeta Lesbos parisino como, Le Monocle(una de las señas de identidad de las garçonnes, junto al smoking y el bastón) o Chez Monue por poner dos ejemplos. Su título: Gigolá, que ahora nos presenta en castellano, en una impecable traducción de Lydia Vázquez Jiménez, la editorial Cabaret Voltaire, tan amante de los saltos mortales literarios.

Jean-Jacques Pauvert, su primer editor, creyó en 1972 tener entre manos un original que podía causar el mismo escándalo y revuelo mediático que Françoise Sagan había organizado  dieciocho años antes con Bonjour Tristesse. Y a punto estuvo; pero topó con la voraz censura de la época que prohibió su venta y difusión. Era demasiado crudo presentar, entre otras muchas cosas, como una lesbiana joven le metía su bastón con una empuñadura con forma de cabeza de pitón a su clienta, una respetable, rica y elegante sesentona burguesa, y la hacía gozar como una perra. En el mismo año, sin embargo, Bertolucci presentaba su película escándalo El último tango en París, donde Marlon Brando untaba de “pure beurre de vache” los genitales de María Schneider (recién desaparecida, la pobre) antes de montársela, y nadie se rasgó las vestiduras. Esto sólo demuestra, como en tantas otras cosas, la doble moral aplicada sobre los divertimentos sexuales según vengan éstos del cotè homosexuelle ou heterosexuelle, por decirlo a la gala manera.

Laure Charpentier tuvo que esperar treinta años, se dice pronto, para ver publicada Gigolá. Pero a pesar de este descalabro inicial siguió escribiendo, y esta vez sin problemas de publicación, varias obras entre las que destacan Le Coeur qui flanche (1979); Toute Honte bue (1981); Maison à vendre (2001)y Tristeza (2005).

Pero, ¿qué hace a Gigolá ser una novela tan especial para cualquier tipo de lector? ¿Por qué atrapa desde el arranque? Sin duda alguna por su autenticidad, por su canto a la libertad personal, por abordar todos los tabúes sexuales con una naturalidad pasmosa, por su amoralidad epicúrea, y, además, de todo eso, por estar muy bien escrita. Así son las aventuras de esta joven garçonne, palabra de imposible traducción al castellano sin que pierda algún matiz en el camino porque en ella está implícita toda una forma de entender la existencia según cuenta su autora a la traductora en una reveladora entrevista que acompaña a la novela: “Para nosotras las garçonnes, vestirnos como dandis, de smoking, con sedas salvajes, terciopelos y rasos, usar bastón, o el famoso monóculo no era una cuestión de mujeres, sino una filosofía de vida, una exigencia de nuestra ética”.


Si la ya citada Sagan en Bonjour Tristesse realizaba una radiografía  del aburrimiento burgués en los cincuenta, de su tedium vitae, de su falta de alicientes y de su abocamiento a la desaparición, me da por pensar  que Celine, su  adolescente protagonista, podría haberse convertido  con los años   en la madre de Laure-Gigolá, en una pérfida secuela en la que Charpentier, en los antípodas de la ñoñez crónica de la que adolece toda la obra de la Sagan, se explayara a su gusto. Pero advierto que esta disquisición bebe ser tomada como una simple boutade literaire y personal del que esto escribe.

Gigolá pese a su juventud es una lesbiana pura y dura, que asume el rol masculino y se trasviste de hombre, que adopta orgullosamente sus ademanes y posturas, aunque reconozca en cierta ocasión que se le resiste la apertura de piernas que suelen adoptar los verdaderos machos al sentarse. Una lesbiana que lo mismo chulea a una patética prostituta de Pigalle que a una vieja dama indigna perteneciente a la casta superior de los millonarios; que es capaz de moverse con la misma soltura en  los ambientes tabernarios que en  los elegantes restaurantes y salones de la alta sociedad. Que descubre el verdadero amor y lleva su virilidad congénita hasta el  más crudo exacerbamiento  y hasta sus últimas consecuencias en un final no por esperado, menos impactante.

Gigolá, en fin, debe ser considerada como una novela referencial, que no militante, sobre la homosexualidad femenina, que trata sobre las mujeres verdaderamente libres, no sólo liberadas, y que se alza varios estadios de altura por encima de cualquier otra novela escrita recientemente sobre este tema por la calidad de su escritura y la amplitud de su discurso.

En unas semanas se estrenará  en nuestro país la película que su misma autora realizó el pasado año sobre la novela con un reparto que incluye  a Lou Dillon (hija de Jane Birkin), Marisa Berenson, y los españoles, Marisa Paredes, Rosy de Palma y Eduardo Noriega.




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