Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

Los viajes

de Sara Gutiérrez

Cañón del Colca

 OTROS DESTINOS

Mientras esperábamos en el patio cubierto de nuestra Casa Andina arequipeña al grupo con el que iríamos hasta el Cañón del Colca, un guía de aire aristocrático entabló conversación con nosotras y, al tiempo que nos ofrecía una infusión de coca, nos hizo una recomendación fundamental para sobrellevar el mal de altura: «basta con beber mucha agua». Y razón no le faltaba. El dolor de cabeza del mal de altura se asemeja enormemente al de una terrible resaca, así que no me cuesta creer que tenga alguna relación con la deshidratación. «Masticar hojas de coca me parece una vulgaridad -añadió cuando nos despedimos mirando a las que reposaban en el centro de mesa- pero cojan, cojan, también ayudan.»


Hojas y caramelos de coca

No cogimos de aquellas porque ya llevábamos las nuestras, la víspera, precavidas, habíamos comprado un par de bolsas en una tienda de la Plaza de la Catedral. Eso no evitó que en la parada que hizo nuestro grupo, y todos los grupos que se disponían a atravesar la Reserva Salinas Aguadas, a las afueras de Arequipa, nos hiciéramos con más profilácticos: caramelos de coca, galletas de coca, chocolate, agua y más hojas de coca. Fue el entretenimiento durante el árido camino: masticar unas hojas y colocar el bolo a un lado, bajo la mejilla; chupar trozos de hoja y colocarlos en las sienes; hacernos fotos unos a otros; dosificar el chocolate; dosificar el agua; tratar de describir el sabor de las galletas; despegar los caramelos de las muelas…

Así, vigiladas todo el tiempo por las nieves eternas del Ampato, llegamos a Reserva Nacional Salinas Aguadas y, rondando los 4.000 metros de altura, nos bajamos alegremente de la furgoneta para observar de cerca llamas y alpacas, avistar vicuñas (en la reserva viven unas 6.000 vicuñas y, aunque está prohibido cazarlas, cada dos años permiten retenerlas para esquilarlas).


Vicuñas en la Reserva Nacional Salinas Aguadas


La siguiente parada la acometimos con un poco de mareo a pesar de todas las prevenciones. De no haber sido por el colorido de los trajes de las vendedoras y la majestuosidad de la media docena de volcanes que esperaban ser fotografiados, posiblemente no habríamos bajado los dos pasos de nuestro vehículo, conscientes como éramos de que después había que volver a subirlos. Era el Mirador de los Andes, ese desde cuyos 4.850 metros de altura se pueden contemplar casi en pie de igualdad los volcanes Misti (5.825 metros), Chachavi (6.075 metros), Ampato (6.288 metros), Sabancayo (5.976 metros), Hualca Hualca (6.025  metros) y Misnú (5.672 metros).  


Mirador de los Andes

Estábamos en Perú, camino de Chivay, pero podríamos haber estado en Capadocia (por sus formaciones en capuchón) o Noruega  (por sus achapatas, montones de piedras colocadas por los turistas. ¿El significado? Nadie lo sabe, pero todos siguen recolocando piedras).


Entrada a Chivay

A mediodía, y covencidas de que el mal de altura había sido superado, llegamos tras un descenso de pronunciada pendiente a Chivay, el pueblo campamento de la zona. A la entrada, casi como si de un puesto fronterizo se tratara, un guardia nos hizo entrega de nuestros boletos turísticos después de cobrar el importe correspondiente. En el reparto por los hoteles me di cuenta de mi error: no había reservado en Casa Andina porque no tenía muy claro dónde era ni cuál su servicio de transporte y visita al cañón. Ahora que lo he visto, y probado otras opciones, si volviera a planificar el viaje, contrataría con Casa Andina tanto el transporte desde Arequipa a Chivay como las excursiones por el Cañón del Colca y me alojaría en su establecimiento en pleno centro del pueblo.


La Calera

Después de comer en uno de los bufés organizados para los grupos de turistas, en el que no faltaron carne de alpaca ni una amplia variedad de patatas, echamos una corta pero profunda siesta en nuestro hotel y cuando al rato sonó el despertador comprendimos que no escaparíamos del mal de altura por mucha coca que masticáramos y mucha agua que bebiéramos. Con dificultad alcanzamos el punto de encuentro con el grupo y nos dejamos llevar a las afueras de Chivay, a La Calera, las aguas termales que, canalizadas en varias piscinas al aire libre, hacen las delicias de propios y extraños.


Asistimos a la cena planificada en otro restaurante para turistas con baile regional incorporado por no dejarnos vencer por el dolor de cabeza y sonreímos lo que pudimos antes de retirarnos como si tuviéramos alguna prisa. La mayor parte del grupo ni se presentó.

Lo mejor de la noche fue el cielo casi negro cargado de estrellas que la claraboya de la habitación nos permitió contemplar desde la cama, lo peor el frío casi insuperable, el duermevela febril, el despertador haciendo su trabajo antes de que saliera el sol.

Desayunar y vomitar antes de volver al duro trabajo de turistear es lo que hicieron aquella mañana muchos de los que nos acompañaban. Nosotras seguimos tomando el medicamento milagroso que habíamos comprado en Lima y que no digo yo que no hiciera nada pero… librar del todo, no nos libramos.

Madrugamos más de lo recomendable para nuestros desajustados cuerpos porque queríamos ver a los cóndores, y los vimos. Desde los 3.800 metros de la Cruz del Cóndor contemplamos el planear ascendente impulsado por las corrientes de aire de cóndores jóvenes y viejos que se desperezaban en algún punto de los 1.200 metros de profundidad del Cañón.


Por el camino de ida y de vuelta, tiempo para empaparnos de detalles culturales preincas, para contemplar las terrazas de cultivos, para admirar retablos cubiertos de pan de oro en iglesias desproporcionadas (por lo demasiado ricas para su entorno), para comprar recuerdos…

En cuanto nos levantamos de la mesa, de otro de los bufés, dimos un paseo tranquilo por Chivay y nos subimos al autobús que habría de llevarnos a Puno. Nada más acomodarnos en nuestros asientos, la guía-azafata no dio hojas de coca y agua. Para hacer más llevadero el largo viaje por paisajes desérticos, el autobús para en algunos sitios de cierto interés, por ejemplo, Lagunillas, donde a 4.450 metros vive una amplia colonia de flamencos.  

Las fotos las hicimos a medias, Eva Orúe y yo misma. 

OTROS DESTINOS

PERÚ EN DIVERTINAJES

Preparación del viaje
Lima: Miraflores y Barranco
Lima: Centro histórico
Oro y chifa
Paracas: Islas Ballestas y Reserva
Nazca y sus inquietantes líneas
Arequipa
Conventos arequipeños
Cañón del Colca
Puno y el Lago Titicaca
Amantaní
Taquile
Puno-Cuzco (I)
Puno-Cuzco (II)
El valle sagrado de los incas
La Plaza de Armas de Cuzco
Más Cuzco
Por fin... Machu Picchu




Archivo histórico