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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Bailando con lobos


El realizador australiano Bruce Beresford, conocido por el éxito de Gracias y favores y Paseando a Miss Daisy demuestra con El último bailarín de Mao que sabe manejar  historias destinadas al gran público y realizar filmes capaces de conmover al espectador poco exigente, pero muy irregulares y algo planos en el fondo y en la forma.

La historia de este joven estudiante de ballet, salido de una aldea perdida de China en busca de oportunidades sirve a Beresford para  lanzar una requisitoria necesaria pero algo simplista contra el totalitarismo de la China de Mao contraponiéndolo —de forma algo pueril— a las bondades de la vida en EEUU. A pesar de todo, El último bailarín… se sostiene gracias a la versatilidad de Chi Cao, que da vida al protagonista en sus años de madurez, la veteranía interpretativa de Joan Chen, la cuidada fotografía,  ajustada producción y a una narrativa sólida pero poco arriesgada, en especial en esas secuencias de ballet que no están la altura de un filme sobre la danza como rebeldía contra la tiranía política.

Basada en la autobiografía escrita por Li Cunxin, la película de Beresford nos traslada de la China rural a Pekín y de allí a los grandes escenarios occidentales sin mostrar la codicia, la envidia y la ambición del mundo capitalista. No obstante, si obviamos los aspectos más tendenciosos del argumento, podemos disfrutar de un buen reparto dirigido con astucia y de un biopic sobre el mundo del arte y  sobre la búsqueda de la autorrealización personal y profesional. Más cerca de Ninotchka de Lubitchs que de Billy Elliot, más hollywoodiense en su puesta en escena que otros filmes de éxito sobre la historia reciente de China, El último bailarín de Mao es no acaba de convencernos debido, sobre todo, a su algo rígida puesta en imágenes y un final algo acaramelado.




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