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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Aventuras en el equinoccio


Casi a la vez he tenido la ocasión de ver en el cine, la película española También la lluvia de la siempre interesante directora Iciar Bollain, y leer, tranquilamente en casa, una nueva traducción de la novela  del hispanista y poeta romántico inglés Robert Shouthey, La expedición de Ursúa y los crímenes de Aguirre (Reino de Redonda), publicada por vez primera en Londres en 1821.

Las comento juntas porque ambas transitan, cada una a su manera, por los espinosos vericuetos  de la colonización española en el Nuevo Mundo, y ambas, de forma diferente, focalizan las luces y las sombras, a veces agigantadas y desmesuradas  de las aventuras equinocciales de un puñado de españoles enfrentados al Bien y el Mal, y entre ellos mismos en luchas fratricidas  en busca del mítico El Dorado. Y ambas, una casualidad más,  escritas por ingleses ya que  en el caso de También la lluvia, el guión está firmado por  Paul Laverty, guionista habitual de las películas de Ken Loach.


Robert Southey

Recuerdo que mi primer contacto con el tenebroso y patizambo marañón Lope de Aguirre fue gracias a la película de  Werner Herzog Aguirre o la cólera de Dios, y este personaje real de maneras shakesperianas, o tal vez debería decir conradianas si lo observo desde una perspectiva  más actual —sería un trasunto perfecto del Kurtz de El corazón de las tinieblas— me fascinó absolutamente. Más tarde devoré la magnífica novela de Ramón J. Sender La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, escrita diez años antes y que ofrecía una visión más aventurera del tema, menos tenebrosa y sangrienta que el lúcido y abigarrado film de Herzog pero igualmente apasionante.

Robert Southey (1774-1843), magnifico hispanista y conocedor del tema a través de las Crónicas  de Indias y posiblemente del diario de la expedición que escribió Fray Ginés de Carvajal, construye un relato asombroso, con las raíces bien ancladas en el gótico inglés, de esta alucinada aventura de un puñado de soldados al mando de Ursúa que transcurre durante noventa días bajando por el rio Marañón a través de la selva amazónica en busca de un sueño imposible. Con un estilo límpido, ágil y sin trampas literarias, narra este viaje a través de  la selva, la miseria, la locura  contagiosa hasta un final catártico. No hay tanto tremendismo como en  la versión  de Herzog, ni está tan preciosamente escrita como la crónica de Sender, pero es una novela con doscientos años a la espalda que no se cae de las manos.


La visión de la colonización que nos proponen  Paul Laverty  e Icíar Bollain  en También la lluvia es obviamente distinta, más acorde con nuestra visión actual del tema pero igualmente válida. Para ello recurren al juego de espejos del cine dentro del cine: un grupo de cineastas españoles llega a Cochabamba, en Bolivia, para rodar una producción sobre Colón y el descubrimiento de América. El director trata de contar la verdad sobre el mito y el productor piensa en ahorrar costes. Durante la filmación estalla la famosa “Guerra del agua” que enfrentó a los indígenas con las multinacionales, empeñadas, una vez agotado el oro que movía al descubridor, en seguir esquilmando cualquier otro recurso natural de su tierra. Han pasado quinientos años y las cosas siguen igual, el colonialismo persiste. El equipo, el director, los actores deben tomar partido…y lo hacen. 

Aunque debo constatar mi reticencia a entrar en materia en la primera media hora de la película  temiéndome un alegato más o menos bien intencionado sobre el colonialismo y sus lacras en la sociedad actual, de repente me vi inmerso en el centro del conflicto y no dejé de admirar el buen hacer y el pulso narrativo imparable que Bollain imprime a su fábula hasta  el final de la película. Hábilmente alejada del panfleto, mérito del guionista, o de cualquier tipo de maniqueísmo político, la directora muestra sus mejores armas para retratar un mundo, que nos guste o no, es así. Da igual sea en Bolivia, en Perú, o cualquier otro lado del mundo, lo que la película denuncia  es la situación a la que se ven abocados millones de personas vendidas por sus gobiernos al mejor postor en una nueva y más cruel forma de explotación y esclavitud.

Que Bollaín haya logrado lanzar este dardo envenenado al corazón del imperio y casi la hayan aceptado tiene su retranca, la verdad. Pero con o sin Oscar, la objetividad y limpieza de mirada que llena la película la hace merecedora de muchos elogios y aunque no sea la obra maestra que podría haber sido yo la recomiendo absolutamente a  todos. Es un gusto ver a actores tan encajados en sus personajes: Luis Tosar, Gael García Bernal, Karra Elejalde Juan Carlos Aduviri dan lo mejor de sí mismos para llevar a buen término esta incisiva obra donde la perspectiva histórica le sirve a su directora para  denunciar y  juzgar un presente igualmente injusto que el de hace quinientos años.




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