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La ilusión imperfecta

Daniel Tubau

Actuación y sobreactuación (Mad Men)

danieltubau@gmail.com

 


—Hace un calor infernal.
—Sí que lo hace.
—Hoy he visto amanecer. No podía dormir.
—¿Y cómo fue eso?
—Regular
—Ogilvy ha escrito un libro. Tengo las galeradas. Quieren una cita o algo. Los publicistas ya estamos en lo más alto, junto con los abogados, como los más vilipendiados. Esto no nos va a ayudar.
—A él le ayudará.

(MAD MEN, tercera temporada, capítulo 7)

En esta breve escena en el ascensor de Mad Men, se puede observar el cuidado que tiene Mathew Weiner, creador de la serie, para que los actores intenten parecer personas y no actores que quieren parecer personas. Para ello, uno de los mejores trucos es que no se presten demasiada atención, que no se miren, incluso aunque estén hablando el uno con el otro. Así sucede en la escena del ascensor, que puedes ver aquí.


Matthew Weiner, creador de "Mad Men".

Del teatro y el cine la televisión imitó una cierta sobreactuación de los actores, que se prestaban mucha atención unos a otros y hablaban con una claridad y precisión que pocas veces se encuentra en la vida real. Sin embargo, quien observe con atención series como Los Soprano, The Wire o Mad Men descubrirá que los personajes hablan de manera menos obsesiva y que a veces parecen no escuchar a su interlocutor, lo que sí que recuerda los diálogos de la vida real, donde, por suerte o por desgracia, la gente no nos escucha con la mirada fija y la boca abierta de admiración.>

Jean Renoir decía que hay que pedir a los actores “que no sean como un libro abierto, que mantengan un sentimiento interior, un secreto”. Weiner explicaba esa diferencia a Alex Witchel, un periodista de The New York Times que presenciaba los ensayos de Mad Men:
“Los actores están sobreactuando, se prestan demasiada atención el uno al otro. En la próxima toma verás cómo esto pasa del teatro al cine… No quiero que se presten demasiada atención entre ellos, para que suene más real, más descuidado. No al estilo de la televisión.”

Por eso, en la escena del ascensor, Sterling, el hombre del pelo blanco, y el publicista Don Draper apenas se miran, a pesar de que son los únicos que hablan. Sterling mira al frente y va diciendo todo como si nada, incluso aunque sugiera algo que resulte inquietante: “No pude dormir esta noche”.

Sólo por un instante Draper echa una mirada fugaz a su colega de la agencia, cuando pregunta a Sterling acerca de esa noche que ha pasado sin dormir (“¿Y qué pasó?”) y Sterling responde con sorna refiriéndose no a sus preocupaciones, sino al espectáculo de ese amanecer que ha visto: “Regular”.


Una escena de “Mad Men” y cuatro miradas que no se encuentran


¿A qué se refiere, por cierto, Sterling? ¿No ha podido dormir por el calor o por otra circunstancia? Y Draper, ¿ha preguntado acerca del amanecer o del insomnio? No estamos del todo seguros, como en la vida cotidiana tampoco lo estamos tras escuchar e incluso protagonizar conversaciones semejantes. ¿Quién no recuerda esas dudas que nos han asaltado tantas veces acerca de las intenciones de nuestros compañeros de trabajo? ¿Qué quiso decir cuando dijo: “No se podía hacer mejor”? ¿Qué yo no podía hacerlo mejor o que lo había hecho muy bien? En muchas de las nuevas series las cosas no se explican con la claridad habitual y ello dota de cierta densidad muy interesante a la narración, aunque también decepciona a algunos espectadores que no acaban de entender qué es lo que está pasando. Weiner es consciente de ello y sabe que a veces puede resultar críptico o confuso en su intento por  no caer en lo evidente. En una serie convencional, la escena del ascensor sería el primer eslabón de una cadena de causa y efecto, pero aquí es tan sólo una manera de iniciar un capítulo en el que el asunto central será planteado cuando Don Draper llegue a su despacho: allí está el propietario de los hoteles Hilton. En vez de iniciar el episodio con esa escena clave, se ofrece antes una situación más o menos casual en el ascensor, aunque, como descubriremos en el futuro de la serie, Sterling acabará escribiendo su propio libro de memorias, a pesar de criticar a Ogilvy por hacerlo. De este modo se atenúa aunque sea un poco, la improbable sucesión de hechos altamente significativos que por fuerza ha de proponer toda narración.


La conversación de la escena del ascensor nos hace pensar en la descripción que hacía Stendhal de la ‘ilusión perfecta’, esos raros momentos que a veces se dan en una obra de teatro:
“Nunca se encontrarán estos momentos de ilusión perfecta ni en el instante en que se comete en escena un homicidio, ni cuando los guardias acuden a detener a un personaje para llevarle a la cárcel. Ninguna de estas cosas podemos creerlas verdaderas, y nunca producen ilusión. Estos trozos no tienen otra finalidad que la de dar lugar a las escenas durante las cuales los espectadores encuentran esos medios segundos tan deliciosos.”

Son esos momentos de hecceidad de los que hablé en el artículo anterior (El héroe en el estiércol), de lo concreto y lo inmediato, casi siempre imprevisible, a menudo inexplicable, difícil de situar en el mecanismo narrativo de causa y efecto. La semana que viene veremos la diferencia entre los dos tipos de narrativa.

 

Visita la página web del autor: www.danieltubau.com




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