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El pizarrín

Javier Goñi

La fosa del soldado


Déjenme que les hable de carlistas, haya motivo o no, que Valle-Inclán hizo mucho por la Causa del Pretendiente por razones estéticas, y se han cumplido, estos días pasados, 75 años de la muerte de don Ramón el de las barbas de chivo. Y todo sea porque el Gobierno de Navarra ha editado un bonito librito titulado sencillamente Tres cuentos carlistas, donde recoge un artículo—relato de Larra, una narración curiosa de Oscar Wilde y la cosa de más valor, La corte de Estella, que es casi una novela corta, un fragmento inacabado que, aparecida en una revista madrileña en 1910,  iba a ser –y nunca fue— la continuación de la excelente trilogía de Valle, La guerra carlista, que tiene esos tres títulos tan hermosos, sonoros y sugerentes: Los cruzados de la Causa, El resplandor de la hoguera y Gerifaltes de antaño.


Y me encontré el librito —8 euros— uno de estos sábados de atrás en una librería de la Castellana, esta cosa tan bonita y a la vez poca cosa que ha editado el Gobierno de Navarra y el Museo del Carlismo, que está en Estella. Estella. En Estella tiene su campamento de invierno el rejoneador Pablo Hermoso de Mendoza, una figura del toreo a caballo, que a los seis años hacía de alguacilillo o formaba parte del equipo de mulillas de la Plaza de Estella, que comandaba su abuelo Casimiro. En Estella está el Museo de Gustavo de Maeztu, que es un pintor de la tierra –con mucho color, el pintor—, hermano que fue de Ramiro, ese escritor catolicón –aunque empezó de anarquista como otro prócer del 98, aunque luego se fue desliendo en hombre de orden: Azorín, digo—, al que asesinaron los rojos por esa mala educación cainita –de ida y vuelta, ahora yo, ahora tú— que da la tierra, y que no por eso llegó a ser –que lo fue: quién le lee— un buen escritor, aunque muy reconocido, durante un tiempo, por su martirio. Como le pasaba a Borges –a éste por malicia, pues afirmaba que no sabía que Manuel Machado había tenido un hermano—, a mí siempre me ha gustado Maeztu el pintor, que también fue escritor (en los últimos años, discretamente me da la impresión, lo ha editado Pre—Textos).

Siendo uno un niño discreto, abierto a las curiosidades varias de la vida, con abuelos carlistas, o requetés, de cuando la última guerra civil y bisabuelos de guerras civiles del XIX, que todo lo oía y, en ocasiones, lo confundía, en mi interior durante años estuvieron equivocadas, mezcladas, las pinturas de Maeztu que hay en algunas iglesias de Pamplona, en la de San Francisco Javier, entonces todavía avenida del General Franco –hoy ya no, claro—, en la Catedral, en el Museo de Navarra, con las de otro personaje, de dibujos perturbadores para quien fue en cierta ocasión, muy de niño –el delito ha prescrito—, monago un 18 de julio en el Monumento de los Caídos de la Plaza del Conde de Rodezno –otro que tal—, un horror erigido a los caídos por Dios y una de las dos Españas, que lleva años cerrado sin saber muy bien qué hacer con él, o no sé si se utiliza en ocasiones como sala de exposiciones de arte contemporáneo, ése que suele lapidar en sus diarios con vehemencia Andrés Trapiello, culpable –ahora lo cuento— de que esté esta tarde—noche, en el momento de emborronar estas cuartillas, hablando de carlistas.


Pues bien en el interior de ese horror de Monumento de los Caídos por Dios y una de las dos Españas te han de helar el corazón hay en la bóveda unas inmensas pinturas de Carlos Sáenz de Tejada, que a  uno, de monago, y con la sexualidad dubitativa propia de la escasa edad, le turbaban cosa mala. El pintor Carlos Sáenz de Tejada (Tánger, 1897-Madrid, 1958) fue además dibujante, muralista, escenógrafo, car(te)lista —¿lo pillan?, simpatizante de la Causa lo fue, me informó en una web carlista—. Él solo creó toda la iconografía –tan reproducida— del bando nacional, esos perturbadores –uno estaba estrenando sexualidad y dudaba, si hay que confesarlo se confiesa, de su inclinación— requetés emboinados de rojo –lo único colorao que les permitía sus almas—, camisas abiertas a los cuatro vientos, colgado el escapulario en plan detentebala, y las mangas hasta las axilas de la Causa, de la Cruzada y del Glorioso Alzamiento. Requetés, falangistas, legionarios, hombres musculosos, ardorosos, de esos marineros en tierra que le gustaban a Jean Genet, el escritor canalla francés y que uno, monago aquel 18 de julio, miraba con cierta turbación a la hora de la Consagración, turbación que este monago se la sacudía con el movimiento de la campanilla de rigor. Ay esos requetés despechugados de Carlos Sáenz de Tejada. Monumento de los Caídos. Pamplona. En fin, de todo esto hace tantos, tantos años.

Y todo esto –allá arriba— venía por el Museo Maeztu que está en Estella, y también, al parecer, que no lo conozco, el Museo del Carlismo. Con el carlismo en época contemporánea, cuando el tardofranquismo y la transición echaba a andar en pos de la constitución del 78, como con los Maeztu y con los Machado, hubo su pretendiente de izquierdas, Carlos Hugo –que creo que murió hace unos meses— y su pretendiente de extrema derecha, don Sixto: que qué fue lo de Montejurra, aquel hombre de la gabardina, ese par de muertos, eso lo sabe, como escritor, Miguel SánchezOstiz y los políticos –algunos, los que tenían que saberlo— de Madrid y de Pamplona. Dejémoslo. Aunque una última curiosidad: este librito de 8 euros del Gobierno de Navarra que nos está trayendo y llevando en este pizarrín, que uno no quisiera que se convirtiese en noria y ustedes se mareasen; este librito, digo, está impreso, según el colofón, en Villatuerta (Navarra), “frente a la escarpada ladera norte de Montejurra”. Montejurra, la montaña sagrada de los carlistas. Montejurra.

Pues bien, vayamos con Trapiello: AT hasta que salga de este pizarrín. No hace tantos tomos de su diario –esa obra inabarcable, que rueda como una novela en marcha—, que éstos salían a finales de año para pasar con ellos –el lector que tenía afición o costumbre— las navidades, en grata lectura. No hace tanto el sagrado orden se quebró y los últimos salieron al buen tuntún, unos en primavera, otros en otoño, y así. No digo que el próximo esté a punto de salir, o en los próximos meses, no sé, se verá; pero el último que me ha estado aguardando durante un año –felizmente 2010 ya acabó— ha sido Troppo vero, que es de 2009 y corresponde a 2002. Necesitado de un Trapiello lo cogí con ganas nada más empezar 2011, y ya lo estoy acabando. En el momento de rematar este párrafo –voy a hacer punto y aparte enseguida— voy por la página 668, que ya es ir, y como tiene tan solo 793 páginas, pues todavía me queda un poco de grata tarea. Un placer de lector convencido.

Pues bien, en la página 482 se da cuenta de una cena en casa de una ministra de Cultura. En 2002, echo cuentas, y la comparto con Educación, y me sale Pilar del Castillo. AT no la cita, como en sus diarios es costumbre, o no, según le de. Es otro ritmo el de las cenas con ministras de Cultura en los papeles de Trapiello. Como todo el mundo sabe hace días la ministra Sinde –la ley Sinde con algunas deformaciones por el fórceps empleado creo que la están peinando Gobierno, PP y CIU en el momento de enviar esta croniquilla— organizó una cena con celebridades culturales, y con Amador, joven editor e hijo de Savater, que al otro día colgó en su blog el contenido –plato a plato, incluso quien no tomó postre— de la misma cena. La última cena para Amador con Sinde, se supone. La de Sinde, al otro día en la Red –“la cena del miedo”—. La de Pilar del Castillo en 2002 gracias a AT, que tiene su ritmo a finales de 2009, y por circunstancias personales que no vienen al caso para este lector en enero de 2011.


Don Carlos, el Pretendiente (sentado), y su hijo.

En fin, pues verán, nos saltamos los platos, el nerviosismo de un AT, cronista de salones mundanos, que hace la crítica de interiorismo de la casa de la ministra, la conversación de los subalternos –todos directores de centros de arte dependientes de la ministra del Gobierno de España— y me detengo en CH: CH para AT, el Carlos Hugo del párrafo anterior: para AT, “jefe de las mesnadas carlistas”, menguadas, menguadas, se atreve uno a agregar. Al parecer le han ofrecido –cena de 2002— al Ministerio los archivos de CH y AT, que anda cenando en silencio en ese instante se pregunta –por deformación vocacional— qué no habrá en esos papeles viejos carlistas, por lo menos –fantasea— habrá material para varias novelas, pero para eso –piensa, y por esa frase uno ha escrito, sin acabarlo del todo en este momento, todo este pizarrín— habrán de volverse a poner de moda las novelas de tema carlista, y a lo mejor –se malicia— habrá que pasar para ello cinco o seis siglos más.

Y es entonces cuando me encontré con este fragmento más o menos extraviado de Valle—Inclán, La corte de Estella, la continuación –ya lo he dicho— de la trilogía La guerra carlista, que a mí siempre me ha gustado mucho, y que he leído más de una vez: en una edición de 1979 de María José Alonso Seoane publicada en los Clásicos Castellanos de Espasa (tantos Valles ha leído uno, eran baratos y buenos, en los Australes  de Espasa; y coincidiendo con el 75 aniversario de su muerte Espasa ha reunido toda su Narrativa completa en dos tomos, que no tengo, y por tanto no he visto); y también leí las novelas carlistas de Valle en los tomos sueltos de la Biblioteca Valle—Inclán, que dirigida por don Alonso Zamora Vicente sacó Círculo de Lectores por los noventa del siglo pasado (por unos derechos no conseguidos quedó inconclusa como ocurre con todas las bibliotecas u obras completas, que nunca lo son del todo: ahí están las de Baroja, pastoreadas por José—Carlos Mainer, en Galaxia Gutenberg, y que tienen también su correspondiente ay). Aunque por razones estrictamente sentimentales y de amor filial –uno comienza a mostrar maneras cuando rapiñea, rapiñea no me lo admite, ¿arrambla?, arrambla, sí, la biblioteca paterna— uno les  tiene mucho cariño a unas infumables ediciones baratas y de formato revista de Novelas y Cuentos, que salían antes y después de la última guerra civil (carlista), y donde leí –nueve de cada diez oftalmólogos me hubieran disuadido de ello— Los cruzados de la causa.


Pues bien, en esa infumable edición, el hijo de Valle, Carlos Luis, escribe un pórtico biográfico del que me gusta mucho ese final, estas palabras sobre el Pretendiente, el Rey Legítimo: “por el que, de verdad, hubiera querido perder un brazo al pasar un río, llevando en un pliego labrado sus órdenes, espuela de plata picando el caballo, y la enseña del Cuarte Real mecida en un viento de gesta”. Palabras que tienen que ver con el final de esta novela inconclusa, La corte de Estella, donde salen viejos amigos de los lectores de Valle: el marqués de Bradomín y Cara de Plata. A éste, por cierto, le gustan más los castellanos que los navarros, insiste en el texto. Si a esta mal cosida piel de toro, llena de autonomías desconfiadas y españoles echándose continuamente pulsos a ver quién tiene más grande su españolía —vale, tampoco lo admite—, ¿españolidad?, ésta sí, pues vale, a ver quién tiene la españolidad más españólica, si a estos nosotros nos fuera esa corrección política tan norteamericana que está borrando de las obras clásicas de Mark Twain la palabra negrata, pues eso, que estos dimes y diretes entre castellanos y navarros tendrían su delicado estar, pero no es el caso.

Me gusta –vamos terminando— ese final de La corte de Estella, con el marqués de Bradomín, feo, católico y sentimental, hablando con voz heroica y meliflua con el rey don Carlos, Carlos VII, barbado y carlistón, que teme por su familia ante la inminencia de la entrada en Estella de sus enemigos, los republicanos. El Pretendiente convence a Bradomín de que procure poner a salvo a la familia y éste le pregunta, la voz quebrada, “¿y vos, señor?” Y ya para entonces el rey don Carlos mira desde el escenario de la historia hacia el palco de la empresa donde toman nota los historiadores del futuro y con voz de viejo actor, le dice a su fiel marqués: “Para nosotros, querido Bradomín, no faltará sitio en la fosa del soldado”.


Zumalacárregui

Fin de La corte de Estella, y de coro, cimbreándose al compás de la historia, sus generales, Elio, Larramendi y Sarriegui –que son uno solo: José María de nombre de pila—, Zumalacárregui, no sé, que no sé ahora si es de esta o de otra guerra carlista –buena pieza, eso sí, fuese de la que fuese, Zumalacárregui— e incluso Antonio Dorregaray, un general carlista con novela a cuestas, y es la que le dedicó hace años Ciro Bayo, un escritor extraño, olvidado, famélico, bohemio, del que hablaba mucho Baroja y que se recorrió las Américas, y murió pobre y solo –como fuera de época— en el Hospital Provincial de Madrid, en la sala 33, un 4 de julio de 1939, que era aquello otro tiempo, otro horror.


En fin, Ciro Bayo, otro, que anda estos días en los papeles pues un editor, Jesús Alfonso Blázquez González, ha rescatado una obra suya de teatro, Las bodas de Quiteria, denunciando en ABC que la Biblioteca Nacional recompró en 2009 esta obra que previamente había sido sustraída de la propia Biblioteca. El Gabinete de Prensa envió un e—m el pasado 20 de enero, a las 16:08 desmintiendo lo dicho por el editor promocionador –acaso— de su Quiteria. A saber por parte de la BNE: que esta venerable institución compró el original en 2009 en subasta pública por 800 euros y que no había estado nunca en su poder, y que lo sanen porque realizan catálogos detallados e inventarios concienzudos. El pobre Ciro Bayo con esos 800 euros hubiera tenido para un nicho en el Panteón de Hombres Ilustres, pero acabó en la fosa del olvido, en el pudridero, como el Pretendiente quería encontrar, miles gloriosus, sitio en la fosa del soldado. Como uno más.




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