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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Oscar no se moja

[Notica del martes: Javier Bardem suma su tercera candidatura a los Oscar. También la lluvia, de Iciar Bollain, se queda fuera de la carrera.]

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También la lluvia es la película más ambiciosa y de las más desgarradas y comprometidas, aunque no la mejor, de Icíar Bollaín, una de las grandes realizadoras del cine español de nuestros días.

Estamos ante la historia de un rodaje cinematográfico, el relato de la huella de  un genocidio (el que constituyó la conquista de Latinoamérica por los españoles) y de una realidad  cada vez más sangrante: “las venas abiertas de América Latina”. Bollaín y su guionista (Paul Laverty) mezclan muchos hilos narrativos y juegan con cierta inteligencia, ironía y sutileza con esta confusión entre el pasado y el presente, la realidad y la ficción, el cine como industria y el celuloide de denuncia y compromiso.

No obstante, el esqueleto de un filme de intérpretes (con  un  reparto  encabezado por Luis Tosar y Gael García Bernal) se tambalea en su  parte final cuando el guionista de Loach parece imponerse definitivamente sobre la directora de la magnífica Te doy mis ojos a favor de una retórica necesaria pero algo desangelada e impersonal. Así, las mejores secuencias de También la lluvia son aquellas en las que Bollaín, a través de pequeños detalles verbales y visuales, nos transmite la ambigüedad de sus criaturas y las luchas entre el director, el productor, los actores y el equipo de extras, formado por los  indígenas, sedientos de justicia y dignidad, de la localidad boliviana de Cochabamba.

La película no deja respiro al espectador, llena como está de tensión y puyazos a las formas pequeñas y grandes de codicia, egoísmo, extorsión y colonización cultural, pero la directora parece perder su verdadero carácter en las secuencias de masas, dejando que los tópicos afloren por encima de la saludable ambigüedad y la desazonadora mezcla de candor y crueldad que transmite un trabajo lírico e intenso aunque algo limitado, insisto, por la retórica de un guión en el que asoma aquello que se ha evitado con sabiduría narrativa a través de casi  todo el filme: el discurso y la moraleja.

Una fotografía cuidada, un gran elenco de caras conocidas y desconocidas y una   ajustada banda sonora de Alberto Iglesias acompañan las imágenes doloridas de este   poema en prosa, imperfecto pero urgente, honesto y sobrado  de talentos.




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