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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Ángel Ruiz, u otra copla es posible


Me doy vacaciones de libros esta semana porque el martes pasado (gracias Javi, gracias Dani) tuve la suerte inmensa de asistir en un pequeño local de la Latina, el Café del Cosaco, a la actuación de un hombre menudo de estatura pero grande entre los grandes: Ángel Ruiz, una rara avis en el mundo del espectáculo español a la altura por su ingenio, profesionalidad, voz, sentimiento, humor y un montón de prendas más que lo adornan, de los mejores showman  mundiales. Como todos los grandes artistas para los que no existen  escenarios  pequeños, sean éstos  modestos  o tabernarios,  ni distintos tipos de públicos , Ángel, humildemente  —es otra de  sus cualidades—  se ofreció en todo el esplendor de su genio a una escasa cincuentena  de espectadores que aplaudimos su actuación entre maravillados, emocionados, y divertidos;  porque él sabe como nadie, y  sin solución de continuidad,  pasar del drama más tremebundo  contenido en la letra de una copla, a la risa de un comentario oportuno y lleno de gracia. Como es capaz, con un simple  gesto, un ademán preciso y precioso, de  puntear y ribetear, orlar y resaltar un fraseo,  mientras le roba notas al piano.

Un par de focos, un pianista cómplice, Miguel Arqued, un micrófono enredador, le sirven para convertir  el modesto escenario de un local con sueños de  cafetín  decimonónico  en un mundo aparte al que nos  transportó durante la hora larga que duró su actuación. Artista versátil  y versado,  con una meritoria carrera detrás en teatro dramático, musicales y actuaciones personales, ha estado representando por toda España un pequeño musical basado en la vida de Miguel Molina. De ahí su amor por la COPLA, con mayúsculas, por favor, y por la figura de este cantante mítico al que Ángel recrea  y rinde homenaje  a través de sus canciones más conocidas y que todos guardamos en los baúles de nuestra memoria. Es el imaginario colectivo musical de varias y variadas generaciones de españoles que hemos crecido oyendo cantarlas a nuestras madres, tías, hermanas, o domésticas; o versionadas por toda la pléyade de folclóricas de medio pelo que han inundado las radios y televisiones en los últimos cincuenta años y que  a veces nos hicieron odiarlas.

Pero ahí están canciones que son monumentos del mejor arte posible: Ojos verdes, La bien pagá, Te lo juro yo, Te quiero más que a mi vida, La rosa y el viento, etc., etc., etc.  Inmarcesibles, hermosas, desbocadas y arrebatadoras como las pasiones que narran. El mejor repertorio de la  edad de oro  de la Copla española, la anterior a 1936, es rescatada en todo su vigor original, desprovista de esa pátina de falso oropel con que las barnizó el franquismo, por  la voz temperada y viril, tremolante cuando conviene,  de Ángel Ruiz, rescatando su esencia y potencia, su poder emocional y telúrico en interpretaciones conmovedoras que ponen en evidencia la capacidad de entrega de este artista, su fuerza casi granítica , que tensa la canciones  hasta extremos de una ternura insoportable convirtiéndolas  en pequeñas joyas rutilantes engarzadas por el arte de un orfebre que las hace brillar con un  nuevo esplendor.

Un hacedor de milagros  que reconquista terrenos ya no pisados, una voz al servicio  del amor y del humor, un artista incuestionable y completo. Todo eso y más es Ángel Ruiz, amigos.




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