Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

El pizarrín

Javier Goñi

Barbilla real, comisura ducal


Déjenme que les cuente cómo, con pinchitos de chorizo grasiento por medio, el Duque le presentó a S. M, a su futuro biógrafo. Dramatis Personae: Los pinchitos, de Cantimpalo; el Duque, el último de Alba (por ahora, que con Cayetana, dicen, nunca se sabe), para el siglo, o dicho lo mismo sea: née, Jesús Aguirre Ortiz de Zárate; S. M., pues S. M.; y el biógrafo, sorprendido del ofrecimiento, en presencia real, y S. M., “coño, Jesús, pues como lo cuente todo, vas aviado”: el biógrafo sorprendido, Manuel Vicent, escritor levantino, periodista levantisco, les vio, en tan grata ocasión, a los dos, a S.M. y al Duque, dar buena cuenta de unos choricillos de Cantimpalo –la razón social está dicha, y toda repetición conviértese en regüeldo-, mientras él tomaba notas para esa imprevista biografía del Duque, tomaba notas de cómo masticaban tan augustas y aristocráticas quijadas, y cómo se deslizaba con audacia juguetona un riachuelillo de grasa choricera ora por la barbilla real, ora por la comisura ducal. 23 de abril de 1985, en Alcalá, los tunos dando la brasa, y Torrente Ballester, querido y cegato, recibiendo el Cervantes de mano real.


Al Duque no hay que confundirlo con el otro Duque, Miguel Ángel Silvestre, el actor, con el que cualquiera saliva con esos pectorales con los que nos deleita –incluso a los que no tenemos afición- en su fansite oficial. Impresionantes.

El Duque que nos interesa es Jesús Aguirre Ortiz de Zárate, cántabro, hijo natural, de año republicano incierto, que fue estudiante de teologías de altos vuelos en Múnich –coincidió con el papa actual; lo demás son leyendas urbanas-, cantó misa, fue capellán de colegio mayor de alcurnia, el César Carlos, conspirador apolítico, confesor de mujeres de banqueros, fieros y fierros, pero también de Enrique Ruano, aquel estudiante frágil y con convicciones, que cayó por el hueco de la escalera de General Mola, 60, rodeado por miembros de la político-social: si es sabido que siempre a uno le suicidan los otros, en este caso –y a estas alturas, y desde esas alturas: y no es frivolidad ni juego de palabras, sino precisión- ya nadie duda de que le tiraron ellos, por más que en los días siguientes el diario ABC, el verdadero, que diría grotescamente Luis María Ansón, publicara sin pudor una suerte de diario donde Ruano, ese joven idealista antifranquista, ponía por escrito toda su supuesta fragilidad o inestabilidad emocional, que justificaría –para el ABC verdadero y para la Dirección General de Seguridad- el suicidio del joven Ruano: aquel diario robado eran escritos de terapia, la que llevaba por entonces Ruano con Carlos Castilla del Pino, el psiquiatra cordobés, que le atendía, tal como éste ha contado en el segundo volumen de sus impresionantes y perturbadoras memorias (en Tusquets).


Jesús Aguirre se hizo célebre a comienzos de los años sesenta como cura con sermones de altura intelectual en la capilla de la Ciudad Universitaria de Madrid, cerca del Arco de Triunfo, que Franco nunca inauguró, y del Museo de América. Aquellos sermones los recogió ese cura volteriano, que ya era, en un libro de bolsillo, Sermones de España, que editaron los rojos-democristianos de la editorial Cuadernos para el diálogo, de Pedro Altares y otros. El cura Aguirre predicaba y fue de fama entre clientelas escogidas y diversas: mujeres progresistas y avanzadas, casi todas de buena(s) familia(s) (y del bando vencedor), creyentes concienciados y que echaban eternas y dialécticas o didácticas partidas al ajedrez con marxistas, progres de toda condición y ralea: casó a Savater y a otros, y al parecer antes de colgar los hábitos –qué hermosa expresión y qué antigua- realizó un último servicio eclesiástico que tiene su mucha miga novelera y que resumo tal como lo he leído sin poner adjetivos ni signos de interrogación o de admiración.


El suceso lo cuenta Vicent –dónde, a eso llegaremos, uno tiene la costumbre de empezar la casa por el tejado- con algún detalle. Lugar, la casa de Gonzalo Torrente Ballester en la madrileña Avenida de los Toreros: letras y tauromaquia, qué dúo tan hispánico: que uno sepa por ahí vivió hasta el final el poeta y funcionario municipal José García Nieto, que se quitaba el sombrero al paso de una dama con una elegancia y finura que ya no es de estos tiempos; José Luis Cano, el crítico literario, poeta y amigo epistolar de los del 27, que nos puso en la pista, tras la muerte de Vicente Aleixandre, de varias novias que tuvo nuestro Nobel, que colorearon mucho aquellos recuerdos de Velintonia, que Cano publicó en Seix Barral, unos años después. Y además, Torrente Ballester.


Ex libris del Duque de Alba y Conde de Aranda

En el salón de la Avenida de los Toreros, donde Torrente, estaba al completo la generación literaria del 36, todos ellos de camisa azul en su juventud, los laines, que malmetería Umbral, y andaban jaleándole el descargo de conciencia a don Pedro Laín Entralgo, que lo preparaba de aúpa, el descargo (mayo de 1976, en el Hotel Velázquez ¿o Wellignton, el de los toreros?; editado por Barral). Y de testigo de la merienda de los laínes Juan García Hortelano, niño de la guerra. La cosa sería por 1973, tardofranquismo, acaso a media tarde, atardece en Madrid, y don Gonzalo Torrente regresa al salón de los talentos literarios azules desteñidos ida la color, demudado: en el cuarto de su hijo Gonzalito, debajo de la cama –narra el gran autor de La saga-fuga de JB, que ha aparecido las navidades pasadas en Destino-, hay dos candelabros de plata y un copón de oro lleno de sagradas formas. Los conjurados, el alma en vilo, se agachan en posturas que determinan sus edades y artritis y reúmas variados. El más echao p´alante, Dionisio Ridruejo, que para algo estuvo en la División Azul, levanta las cortinillas –el cubrecama de Gonzalito- del sorprendente sagrario y ve el cáliz con las hostias. Tocarlas es sacrilegio. Al parecer, ante la duda de si están consagradas o no, prevalece el que lo están y como tal hay que tratarlas. Se decide llamar al cura Aguirre, éste ya no está en su despacho de la editorial Taurus, donde ejerce su ministerio editorial –yo sigo conservando algunos “cuadernos Taurus”, donde pone que el director es el P. Aguirre-. Tras varias pesquisas insistentes se le localiza y el padre Aguirre acude a  la Avenida de los Toreros creyendo quizás que se le requiere para una dolorosa –por la pérdida- y confortadora extremaunción de algunos de aquellos laínes. El cura Aguirre se encuentra con ese espectáculo y su pulso –quizás sí su memoria, pues no recuerda el canon en el que la Santa Iglesia se pronuncia sobre cuestiones tales a resolver- no tiembla. Hay que hacer lo que sí está en los escritos: ante la duda, proceder, y no hay más procedimiento que darles la comunión a los asistentes de media tarde, a esa improvisada eucaristía donde instantes antes se hablaba de literatura y de otras mix(s)tificaciones. Y aquellos laines trémulos se encogen respetuosamente y sacan la lengua, mientras el cura Aguirre les pone todas las obleas que a ojo de buen cubero calcula que pueden deglutir. Camilo José Cela, haciendo de cela, pregunta campanudamente si no las pudiera tomar con un poco de mistela y mermelada. El impío García Hortelano, que está acogido a dispensa eclesial por su afición al gin-tonic, se muestra seguro, acaso displicente: “paso, padre”. Padre, padre Aguirre. Escribe Manuel Vicent: “probablemente fue ésta la última ceremonia en que Jesús Aguirre ejerció el ministerio sacerdotal”.


Manuel Vicent, el declarado en abril de 1985 –aroma de choricillo, pelmas los tunos- biógrafo oficial de Jesús Aguirre Ortiz de Zárate, acaba por fin, en estos días de enero del nuevo año, de poner en pie esta suerte de biografía, Aguirre, el magnífico (Alfaguara), que es aproximación al personaje, que fue su amigo, aunque no salga excesivamente bien retratado (le ha salido la cosa un tanto así como un burlesque, escrito desde la querencia y el trato). Y es también, el libro de Vicent, ligero de equipaje, como un cronicón de época, ésa que ya ha dado, en Vicent, para varios libros. Un libro atrevido, mordaz, en la que se pasa revista a usos y costumbres que recordados hoy sonrojan un tanto así, pero que así fueron más o menos, y eso es lo que cuenta Vicent, desde el Contubernio de Múnich hasta los niñatos de la extrema derecha con acné y bates de beisbol que dan palizas por las calles –Madrid, zona Nacional-, azuzados por Rufino, caballero mutilado o no, pero malencarado, y que tiene nombre zarzuelero de criado o cochero, no del Duque de Alba, no del Palacio de Liria, por cuyos aposentos van y vienen los amigos del señor Duque, née Jesús Aguirre Ortiz de Zárate que fue Director General de Música cuando Pío Cabanillas fue ministro con Adolfo Suárez de Cultura y Bienestar: así figuró unos meses, hasta que lo de Bienestar, que olía a fascio como si fuera ajo y aceite de oliva, se quitó apresuradamente, quien sabe si por sugerencia del que iba a estar destinado a ser Duque de Alba, nada menos, y al padre de Cayetana fallecido muchos años antes le llamaba conmovedoramente “mi suegro”. Y fue también en el 92 comisario del Pabellón de Sevilla cuando la Expo –ay, aquellos polvos, aquellos lodos: nunca sé bien cuál es el orden-. Y Duque vocacional hasta el final: qué triste ese final, su muerte: creo que Vicent calla en este libro tantas cosas, tenía razón S.M.: “coño, Jesús, pues como lo cuente todo, vas aviado”. Pues no, me da la impresión que Vicent ha hecho un estupendo perfil a vuelapluma, de colorín de periódico, el suyo, y es muy divertido lo que cuenta, se atreve a insinuar algunas cosas: aquel viaje místico, el joven Aguirre y su amigo alemán, transidos de gracia divina los dos y bañados desnudos completos en las frías aguas del deseo transfigurado; su relación con su madre, que le tuvo de soltera –en el Santander bien de los años treinta-, su encuentro imposible con su posible padre en Barcelona. Y tantas cosas, tantas aristas en la vida de un hombre –decía Cayetana que era el hombre más inteligente del mundo-, que editó mucho, escribió poco –estos libros, aquí reproducidos, esbozos de memorias no acabadas, páginas algunas de ingenio que se convierte a veces en bilis- y dejó, sin embargo, huella en la vida cultural del tardofranquismo. Acaso fue un hombre Jesús Aguirre que estaba destinado a mayores empresas espirituales o intelectuales, pero acabó solo y tan solo como Duque de Alba, que no es mal acabar, no.

Yo he leído con fruición este libro. Estupendo como todo lo que hace Vicent, pero tal vez no ha pretendido escribir más de lo que se le pidió: un retrato extenso para un periódico, para su colorín. Tal vez no cabía esperar otra cosa de un encargo tan insólito y apresurado como el del día del Cervantes en Alcalá. Tunos y choricillos. Y la grasa deslizándose boca abajo. Barbilla real, comisura ducal. Pero por qué esa grasa boca abajo me recuerda el final –atroz- de Muerte en Venecia, la película de Visconti. La imposibilidad de alcanzar la belleza. Y se le destiñen las sienes, juguete roto sobre una hamaca de playa. Tadzio pasea su belleza por el horizonte del mar, inalcanzable. A un Duque de Alba también se le niegan los dones de los dioses.




Archivo histórico