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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

¿Cuestión de cuernos o cuestión de genes?


Ser el hijo de un escritor de bestseller, un autor de culto que revolucionó  los fundamentos de la novela popular americana a partir de mediados los sesenta del pasado siglo, no debe ser una invitación para continuar su brillante estela,  porque siempre surgirán las comparaciones, odiosas o no, con la obra casi inagotable de un  padre que ha tocado y casi siempre magistralmente, todos los palos de la literatura fantástica y de terror, y que sigue siendo insuperable en su género.

Hablo, obviamente, de Stephen King. Pero su hijo, Joe Hill para el mundo literario, no parece haber tenido en cuenta estas cuestiones y tras la publicación de una primera novela de hechuras irreprochables, El traje del muerto, que descubría a un autor que dominaba perfectamente los resortes del género de terror y que obtuvo una gran acogida de crítica y público –propiciada, no nos engañemos demasiado, por el morbo adicional de ver de lo que era capaz de hacer el hijo del maestro–, nos presenta, tres años después, su segunda obra titulada Cuernos (Suma de letras). Y donde yo esperaba un vuelo por encima de las premisas paternas y una forma de liberarse para siempre del sambenito de hijo de… que me había hecho concebir su primera novela, he aquí que Hill opta por el camino más cómodo y vuelve a las raíces, descolgándose  con una novela anclada en el terror costumbrista del que su padre fue maestro hace ya treinta años.

El protagonista Ignatius PerrishIg en adelante–, tras una noche de borrachera, se despierta una mañana con un par de pequeños y dolorosos cuernos adornando su frente. Tras el shock inicial  comienza a preguntarse el porqué de la aparición de estas protuberancias óseas en su cabeza. Nos enteramos entonces de que fue acusado, y después exonerado de todos los cargos por falta de pruebas, de la violación y asesinato de su novia de siempre y de que pese a ser inocente arrastra un complejo de culpa que ha destrozado toda su vida.

Cuando comienza su periplo diario visitando a sus padres es cuando descubre el poder de eso cuernos que no es otro que las personas expresen sus verdaderos pensamientos con respecto a él, esperando que él, es decir el demonio, les explique qué deberían hacer. Así se entera de que todos los que le rodean le creen culpable del crimen y desearían que le hubieran condenado y se hubiera quemado en el infierno del que ahora parece haber vuelto en no entiende qué extraña misión.

Tras este arranque bastante brillante la novela sigue las pesquisas de Ig en busca de una respuesta coherente a su deformidad física y, a la vez, nos traslada a su niñez y adolescencia para irnos explicando el porqué de los hechos que le han llevado a esta angustiosa situación. Y aquí es donde la novela empieza a perder fuelle de forma alarmante. La historia de su amor adolescente y devastador, un amor a primera vista por Merrin y su devenir diario, aunque bien narrada y estructurada se pierde en meandros que a veces resultan fatigosos para un lector que espera algo más que la descripción pormenorizada de la vida de Ig, su familia y sus amigos. Le falta ese punto de malignidad o fantasía para evocar la atmósfera enrarecida, a ratos obsesiva, que debería planear sobre todos ellos  para llevarlos al desenlace que más tarde nos propone. Sólo el personaje de Lee, el amigo, se beneficia de una cierta ambigüedad que lo convierte en el personaje más interesante de de la obra. Apenas al final Hill se atreve a soltar lastre de realidad y retoma el fantástico en una especie de desenlace que intenta ser apoteósico, con fuegos artificiales y traca incluidos, pero que a mí, personalmente, me ha decepcionado.

Tropezón de Hill, quizá debido a estar demasiado sometido a presión por parte de sus genes literarios, lo que no excluye que yo siga con interés su desarrollo como escritor en el futuro.




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