Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

El pizarrín

Javier Goñi

El retrogusto es mío


Déjenme que empecemos el cambio de década con una copa de vino en la mano –el retrogusto es mío- y hablándoles, además, de Hemingway, que en 2011 se cumplen 50 años de un día de julio que se puso a limpiar, temprano, la escopeta de cazar. Así llamaban, entonces, al suicidio. Fue una mañana de julio, temprano, en su casa de Ketchum. Mary se acostó como su mujer, y se levantó, al otro día, como su viuda. Ernesto, como escribió su amigo José Luis Castillo-Puche, cogió su escopeta favorita, apoyó la culata en el suelo, se agachó para introducir el cañón en la boca, y apretó el gatillo. O gatillos, dice Castillo-Puche. Qué sabe uno de escopetas o pistolas, ni de nada. Hará cincuenta años.

Tal vez sea un poco temprano para usted, qué sabe uno de cuándo se lee usted esto, si se lo lee, yo sí sé cuando lo escribo, hoy lunes 10 de enero –estoy cada vez más convencido de que hay que fechar, como quien pone la primera piedra continuamente, cualquier cosa que enviemos al espacio, este pizarrín mismamente-, después de comer, y tengo junto al teclado un vaso de vino, acaso sea un tinto navarro, un Gran Feudo, de Julián Chivite, del 2005, se encuentra en supermercados. Todos los chivites que ya no me voy a beber con Keiko en esta nueva década. El valor es una huida hacia adelante, escribió el bueno de don Ernesto, pues eso.


Estoy, sí, abarcando con la vista el teclado y el chivite y abro este grueso libro de José Luis Castillo-Puche, un periodista y novelista español olvidado –como lo estamos casi todos por  alguien-, que escribió Hemingway entre la vida y la muerte (Destino, 1968; a mí me lo regaló y me lo dedicó en junio de 1984). Lo abro y me encuentro con varias fotografías de don Ernesto, algunas, éstas, andan por aquí desparramadas. Y en varias aparece bebiendo –se lo bebió todo, aquí, allá, en USA, en Pamplona, en Venecia: ¿existía ya el Harry´s Bar?, en París antes y después de los alemanes: creo que liberó el bar del Ritz antes que las tropas americanas, él, macho alfa de la literatura norteamericana-. En varias fotos aparece con un vaso de vino. Brindando. Poniéndoselo por montera, el vino, in vino, veritas, o poniéndosela, la vida, por montera: sanfermines, Fiesta, la novela de Pamplona que como cualquier estudiante sabe se escribe en norteamericano The Sun Also Rises.


Me entretengo, sí, en estos días de inicio de enero en el libro de Castillo-Puche, mi imposible empleador –ahora voy a ello, un poco más abajo-, un escritor poco leído –por los demás, se entiende-, algo olvidado, con quien mantuve durante meses una conmovedora relación, en la que todavía no tengo claro muy bien quién hizo de Bartleby si él o yo. Él más bien: era –lo supe más tarde- no tanto de los que preferirían  no hacerlo, sino más bien de los que no saben decir que no. Él, mi amigo entonces, mi imposible empleador: José Luis Castillo-Puche.

Me entretengo, sí, ojeando esta vieja biografía de Castillo-Puche sobre don Ernesto, a quien, por cierto, llevó en 1956 –con fotógrafo adosado para inmortalizar la ocasión- a un costado de la cama de don Pío Baroja a rendirle pleitesía, a excusarse el americano por el Nobel que más se lo merecía don Pío, y a entregarle unos calcetines de lana –para el largo viaje a ninguna parte que iba a emprender, unos días después, el descreído y friolero don Pío: cumplimos este 11 en octubre 55 de su muerte: uno se pone y siempre le salen números redondos, números primos, no, que nunca he sabido muy bien que qué eran-; a entregarle unos calcetines de lana y creo que también una botella, no sé de qué color el liquido, o no lo recuerdo.


Me entretengo, sí, con el libro de Castillo-Puche pero no los suelto los otros dos. Uno es un estupendo libro de cuentos de Carlos Marzal, Los pobres desgraciados hijos de perra, un título como así-así, cómo le diría yo, aunque sea una frase de un personaje de La mansión, la novela de Faulkner. Faulkner-Hemingway, tan cerca, tan lejos, los dos polos incompatibles –o sí- de un mismo imán, la literatura norteamericana del siglo XX. Mi querido Max Aub, que escribió de todo, tiene un libro (póstumo, lo ordenó y lo ensambló José-Carlos Mainer una mañana en Segorbe, en la sede de la Fundación Max Aub, y ésta lo publicó en 2001), Cuerpos presentes, que es un centón de necrológicas, que comienzan con la de Ernesto (sic, éste y todos los Ernesto de este texto que se va desenrollando, chivite va, chivite viene: Keiko, no) Hemingway. Un escrito breve en el que Max Aub asegura que “fue el hombre más sonriente y feliz de haber nacido que conocí”, y también: “Era, sin mejorar a Faulkner, su gran contemporáneo, el mayor escritor norteamericano. Uno de los pocos para quien la libertad era algo que se podía poseer”.

Hemingway, Faulkner, y vuelvo a Marzal. Dónde lo había dejado, ah, ya lo veo: Marzal ha publicado en Tusquets un magnífico libro de cuentos –me ha puesto bombillas a mi árbol navideño- , entre los cuales se encuentra una sarcástica historia –con guiños y sobreentendidos económico-políticos valencianos de mucha risa-, “Una fórmula mágica”, donde entre tantas otras cosas risibles se pitorrea de la cultura del vino, del retrogusto, y de la jerga metafísica que su consumo y su cultivo –si eres de fama o de posibles- conlleva. Conllevando, conllevando, el libro de Marzal se atravesó, estos días pasados, con otro que me tiene verdaderamente seducido y que lo empecé –créanme- en las primera horas del nuevo año, después de picotear uvas, sms que no enmascaran un adiós y espléndidos blancosynegros de Nocheviejas de La Uno cuando solo había una, grande ¿y libre?


Por qué empecé ese libro, que me aguardaba desde hace meses –lo sé-, esa noche, prima hora del 1 del 1 del 11, pues no lo sé, o lo sé, o qué importa. Se trata de un seductor ensayo de una enóloga o crítica de vinos norteamericana o mujer de armas tomar que abandona hombres o le abandonan, o ninguna de las tres cosas, o las tres juntas, yo que sé, que se llama –eso sí sé- Alice Feiring y el libro se titula, también en Tusquets, en la colección Los 5 sentidos, La batalla por el vino y el amor o Cómo salvé al mundo de la parkerización. Le guste o no el vino, sea o no experto o, mejor, connoisseur, le vaya lo del retrogusto o no, le ponga o no lo del sulfito, un consejo: diviértase con este libro, e irrítese  también, copa a copa, capítulo a capítulo. Lo de la parkerización del mundo del vino como sabe sin duda el valenciano rico que quiere contratar al yo del relato de Carlos Marzal viene por Robert Parker, un célebre y temible inquisidor  norteamericano del vino que va por bodegas y viñas puntuando hasta cien los mejores vinos y puede hundir prestigios, ensalzar humo o, simplemente, crear tendencia.


Feiring ha escrito un divertido y en ocasiones pesado libro –es que no sé nada de tecnicismos-,  donde va probando, escupiendo, valorando, denigrando, encolerizándose y –las más de las veces- mesándose de tenerlas esas barbas que le llevan al borde del precipicio, donde arroja violentamente los vinos que no le gustan. La mujer viaja y viaja: estupendo el capítulo de su presencia en un Madrid Fusión, algo que hay, o hubo, o no sé, donde nada es lo que parece ser –lo que se come o se bebe- y donde lucha por defender –de viva voz- los riojas blancos, que no aparecen y por más que insista se le asegura desde el estrado insistentemente en que no tienen entidad. A Feiring, por cierto, los albariños le huelen directamente –en la traducción- a “pipí de gato”. Donde pierde el sentido es con los vinos franceses, con sus excursiones por el Ródano, y allá en el norte del Ródano se extravía con la uva syrah –de la que también se habla en el estupendo relato de Marzal, por cierto- que es, a su juicio, resumo, como Stanley Kowalski –la camiseta sudada de Marlon Brando en la película de Kazan- después de hacer terapia: musculosa e intensa, con un intelecto acorde con su sexualidad. Una uva –se explica- del tipo “chico malo” que vale la pena salvar. Y ahí entra su yo a calzón quitado: empieza con la uva syrah acaba confesando que todos -¿todas?- han tenido un Stanley en sus vidas, y el suyo era el Búho. Pero ésa es otra historia, la suya, y para mí tengo que al Búho lo cambiaba sin despeinarse por media docena de botellas de la bodega Dard et Ribo, en el Ródano: estupenda la excursión por esos viñedos, ella acompañada de Miss Conejito que mataba cualquier cata a ciegas por el mucho perfume que llevaba encima, y hombres, vino, patés y chacinería local y artesana. No he acabado todavía el libro, estoy en pleno éxtasis vinícola y tengo a Feiring aterrizando en Bilbao pues quiere saber más cosas de los López de Heredia, los Marqués de Cáceres, los Lan, los Muga, los Cune esta Juana de Arco de los buenos caldos, los riojas de siempre:  todo lo demás mariconerías.


Dejo a la Feiring para volver al Hemingway de Castillo-Puche. Durante nueve meses, o diez, déjenme que los cuente, de octubre a junio, estuve todas las semanas, en los primeros años ochenta, yendo a ver dos días por semana, o así, a Castillo-Puche al viejo edificio del Paseo de la Habana, donde empezó –con la santa misa y un barullo de bailes folclóricos de la madre patria- a emitir TVE en 1956-55 años más y nos ponemos, aunque también pesados por insistentes, en el 2011, éste-. Por entonces, años ochenta, Castillo-Puche dirigía un programa de libros en TVE y yo estaba sin trabajo, y aquello –los libros- podía ser lo mío. Manos amigas me hicieron estrechar la suya y pedirle una cita. Y me citó una mañana en el Paseo de la Habana donde estaban los despachos de ese y de otros programas. Y fui. Me citó hacia el mediodía, no antes, me advirtió, pues vivía lejos, por la Ciudad de los Periodistas, creo, o en la misma Ciudad, no lo sé, y le costaba llegar. Y fui, un día y otro, me daba buenas palabras, calmaba mi desasosiego laboral  -tenía uno una niña en edad de biberón- y que le volviera a llamar la semana próxima, que a lo mejor, que quizás. Y nada, nada salía, porque nada había, las cosas de televisión, ya sabes, se disculpaba, pero llámame la próxima –lo hacía, por las tardes, desde mi casa, a veces dándole la papilla de frutas de la merienda a mi hija-, me citaba, pásate mañana, pero no antes del mediodía. E iba, y ya me conocían, y yo esperaba a que llegara tarde, o que no llegara: había ido a Prado del Rey, a ver a los jefes, me decía su secretaria, que me acogía con cariño haciéndome sitio en una esquina de su atestada mesa a la vez que me alargaba, invariablemente, el Ya del día, un diario (católico) que hubo. La secretaria, amable, madre, madraza –he olvidado su nombre, y lo siento-, había trabajado con Manolofraga –cogía carrerilla y lo decía- en Información y Turismo, donde tiene ahora Defensa la Chacón, que diría Marianorajoy sin cortarse un pelo, pues anda sobrao de encuestas. Un día, incluso, en que se ausentó la secretaria de Castillo-Puche –una urgencia, un momentito, se disculpó con melindres de solterona- hasta cogí el teléfono, dudé, dudé, sonaba, sonaba, ya por entonces era mayo o así y había confianza –el programa cultural  lo clausuraron por el calor en junio, así que estuve allí, con ellos, hasta el final-, por lo que me atreví. Le cogí un recado para Castillo-Puche. Una nimiedad, pero me sentí útil, (casi) del equipo. Por menos a algunos –años antes- les hicieron fijos en TVE. Nunca trabajé en ese programa, claro, pero durante meses acudí al Paseo de la Habana un día o dos a la semana. No antes del mediodía. Alguien a quien le conté esta historia me dijo que Castillo-Puche era tan buena persona que no sabía decir que no. Así me tuvo casi un curso. Pero bueno. Un par de años después lo entrevisté para que me hablara de Hemingway con motivo de un congreso que se iba a celebrar sobre el sanferminero de pro. Me citó en una heladería que hace esquina junto al Bernabéu o así. Yo piqué, y acudió a su hora –esta vez- con este mamotreto que por ahí habrá aparecido, este Hemingway que me dedicó con cariño –sin rencor…- y pasamos una buena tarde, bebiendo, no recuerdo qué.


Y pasó por delante de la terraza don Dámaso Alonso, que vivía cerca por Alberto Alcocer, iba como ensimismado dando la vuelta a la manzana –se disculpó, al pararse a saludar-. Me recordó don Dámaso al viejo Buster Keaton dando vueltas por las siete colinas de Roma en la película de Richard Lester, Golfus de Roma. En fin, hora es de acabar, el vino te suelta la lengua y te pone melancólico, pero me dispongo a poner  punto final a este texto, enjuagado en solitario chivite, brindando en recuerdo de  Castillo-Puche, un escritor al que nunca leí, que no fue amigo mío, pero que siempre –en esos meses- me trató con delicadeza, tal vez por no saber decir que no. Alzo mi vaso –el último, la botella está vacía- y me entra como un rayo un e-m de última hora: la editorial Planeta anuncia el libro de Federico Oldenburg, Saber de vino en tres horas, como recorría el Prado don Eugenio d´Ors. Y qué estupenda frase de promoción de la cosa de Planeta: “Un libro-chuleta para amantes del buen beber que quieran saber más sobre su pasión en pocas horas, justo las que ocupa la lectura del libro”. Salud.




Archivo histórico