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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

San Genet comediante y mártir


El pasado mes de diciembre se celebró el centenario del nacimiento de uno de los escritores franceses  más famosos y controvertidos del siglo veinte, Jean Genet, un hombre de vida y obra desmesurada, marginal por propia vocación,  en el que sordidez y literatura a lo grande se dieron  la mano  y al que la crítica americana, cuando fue presentado con el aval de Jean Paul Sartre en el famoso ensayo que da título a este artículo en los  años cincuenta, entronizó entre Proust y Celine  —un lugar ciertamente envidiable en el Partenón de las letras galas y obtenido con absoluto merecimiento me apresuro a decir—.

La editorial Errata naturae ha tenido el buen gusto de reeditar en su estupenda colección La Mujer Cíclope uno de mis  títulos preferidos de este dinamitador profesional de códigos morales que fue toda su vida Genet, ya agotado en versión castellana desde hace bastantes años. Se trata de Milagro de la Rosa  —en mi biblioteca encontré también una edición  publicada por Debate  y el original francés de Gallimard—.

Mi recuerdo de la novela era ya algo vago y se mezclaba con otras de su obras del mismo corte de biografía novelada que escribió a lo largo de su vida, así que decidí, en particular homenaje, releerla  y de nuevo el esplendor de la prosa genetiana en su lumpen barroquismo  me fascinó como lo hizo la primera vez.

Segunda novela del autor, escrita clandestinamente  en una celda de la cárcel parisina de La Santé en trozos de papel que robaba de los talleres y que se destinaban a la manufactura de bolsas, Milagro de la rosa nos adentra en el  mundo carcelario de la prisión de Fontevrault  transfigurado por la inspiración de Genet, donde  la sordidez  y violencia diaria que marca la relaciones entre los mismos presos y entre estos y los boquis —sus guardianes—   emergen embellecidas por la  literatura para lograr una de las obras autobiográficas más lucidas y hermosas del siglo pasado.

En un universo  de extremos y ritos, de odios  a muerte y amores de una delicadeza y sensualidad impensables en un ámbito tal , el joven Genet, conocido en ese mundo marginal como “Jeannot el Corbatas”, despliega la inspiración  inigualable  de su prosa, que arrebató por igual a  Jean Cocteau que a Picasso, a Sartre que  a Simone de Beauvoir,  que vieron en él ese espíritu puro que rara vez emerge de los muladares de la existencia.

Hijo de una prostituta y padre desconocido  fue dado en adopción a una familia con  la que vivió hasta la muerte de su madre adoptiva. Acogido a continuación  por un par de ancianos  a los que maltrató y robó en sus intentos de repetidas huidas, terminó, por estos delitos, en una cárcel de menores. Al salir se alistó en la Legión extranjera de la que fue expulsado  deshonrosamente debido a su homosexualidad  y  desde ese momento sus entradas y salidas en la cárcel  fueron continuas  acusado de robos, estafas y prostitución, que todos estos oficios frecuentó. Estas vivencias personales vividas en las cárceles de  La Souricière, Fresnes, La Sante  o Metray le sirvieron como caldo de cultivo  para conformar una obra llena  de claves personales nuevas y renovadoras en el panorama literario francés de la época.

Nadie había contado como él hasta entonces  ese lado oscuro de la marginación abrazada con todas sus consecuencias. Su fuerza  descriptiva y su talento literario transcendían  límites y barreras convirtiendo su lectura en una experiencia catártica de primer grado  para el lector de entonces e inclusive para el actual.

Genet  fue un hombre apasionado en todo lo que hizo, desmesurado, un genio arrebatado que luchó hasta el final de su vida por una forma de vida fuera de normas. Su obra no es más que un reflejo de su compleja personalidad  y en ella todo  lo que se considera abyecto por la sociedad —violencia, sexo, asesinato, cobardía, traición por citar algunas  —no es sino otra forma de entender el heroísmo.




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