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Alicia en la realidad

Adriana Davidova

Alicia y la identidad

sinergia.

  (Del gr. συνεργία, cooperación).

 

  1. f. Acción de dos o más causas cuyo efecto es superior a la suma de los efectos individuales


Alicia me mira directamente a los ojos. Está aquí conmigo y parece que aún se queda. Algún tiempo más. Dejo que hable. Dejo que se mueva, que se exprese, que se expanda... ¿qué podría suceder? Le dejo estar, le dejo ser.
Ella está contándome algo con vehemencia. Gesticula. Camina de un sitio a otro, atravesando el salón, se sube al sofá, baja, toma asiento durante apenas unos segundos... luego se vuelve a poner de pie...  se acerca a la ventana, se aleja, me mira de nuevo, después me da la espalda para volver a dirigirse claramente a mí casi enseguida.
Yo miro en silencio, escucho quieta... La observo. Alicia está diferente, ¿acaso es diferente? Cómo ha sucedido, cuándo, dónde... Parece diferente ahora pero a la vez todo en ella me transmite exactamente el mismo impulso de proximidad y de anhelo que siempre... e igualmente como siempre; unas ganas casi irrefrenables de huir, de escapar, de correr con todas mis fuerzas hacia un mundo sin ella. Un pequeño mundo sin Alicia.
Justo en cuanto ese fragmento de pensamiento me atraviesa la coronilla... Alicia se gira una vez más hacia mí, y con una sonrisa ligera de comisuras de labios sutilmente elevados y un colmillo que se adivina por encima del labio inferior... mira mi rostro. Me mira con sus pupilas dilatadas en medio de un iris que ha mutado de color y se ha alargado como si de un gato se tratara, y entonces, con un movimiento rápido, preciso, extraño... desde el respaldo de la silla donde tenía subida y apoyada una pierna hasta ese mismo instante... Alicia salta, se desplaza, se proyecta hacia mí y me atraviesa. Me traspasa como si yo fuese aire o agua... como si yo fuese el espejo a través del cual ella pudiera moverse a su antojo. Mi conciencia permanece intacta apenas unos segundos y después me deshago, me desgrano, me atenúo, me hago agua, aire y después nada.
Ahora tras la nada, un nudo en el estómago, una piedra encima del esternón, una soga en el cuello... una soga de la que quiero liberarme, soltarme, salir, huir... el anhelo de ser yo misma de nuevo, el anhelo de ser, de estar, de percibirme.
Pero no hay razón en mí; ni resto de razonamiento, ni resto de sensaciones que pueda identificar como propias. Miro hacia donde espero ver a Alicia... miro hacia allí con la intención de suplicar, de pedir un poco de clemencia a esta chica-mujer-monstruo... preparo entonces mi mirada más limpia, más neutra, más bondadosa y miró hacia Alicia con humildad y decidida a rogar por el alivio. Pero el golpe de desasosiego cuando levanto la mirada, es brutal porque allí donde estaba Alicia, ahora estoy yo... reconozco mi cuerpo, mi rostro, mi postura ante mi propia mirada desde fuera. Cierro los ojos, confiando en que al volver a abrirlos todo se habrá colocado en su sitio y yo seré yo y ella será Alicia... pero no es así y me escucho reír con fuerza, con un timbre alegre, ligero, como en medio de algún juego de niñas traviesas. Me escucho reír, me veo reír... ¿Pero quién soy yo? ¿Quién es la que ríe, la que mira, la que percibe?
¿Quién soy? ¿Acaso soy?

Pequeños Deberes- ¿Quién eres tú? ¿El que mira o el que está siendo mirado? ¿El que pronuncia las palabras o el que las escucha? ¿El que duerme o el que está siendo soñado? ¿Quién eres? ¿El pensamiento o el que imagina que está pensando? 


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