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El pizarrín

Javier Goñi

Combustión espontánea


Déjenme que les diga que el escritor norteamericano Edmund White ha metido maravillosamente en 200 páginas la vida complicada, y breve, de Rimbaud, con Verlaine al fondo, o al lado. Murió con 37 años, había dejado de escribir hacía mucho, abandonó la literatura con la misma violencia con la que se dejó atrapar por ella. Desde hace cien años todos se han acercado a él, desde Marcel Proust hasta Patti Smith o Jim Morrison –los límites son de Edmund White- para llevarse un trozo de Rimbaud como si éste fuese el Muro de Berlín, concienzudamente troceado.

De todos los Rimbaud posibles, que cabían en una obra colectiva francesa, aparecida en dos tomos en 1961, Le mythe de Rimbaud, Edmund White se apodera de varios del sumario para enumerarlos: Rimbaud el simbolista, Rimbaud el decadente, Rimbaud el surrealista, Rimbaud el cabalista, Rimbaud el mago, Rimbaud el santo, Rimbaud el fascista, Rimbaud el patriota francés, Rimbaud el communard, Rimbaud el bolchevique, Rimbaud el honesto burgués, Rimbaud la voz de las Ardenas. Rimbaud el hombre de acción, Rimbaud el aventurero, Rimbaud el matón y Rimbaud el pervertido.


Rimbaud. Recuerda Edmund White que la mejor biografía en francés de Rimbaud es la de Jean-Jacques Lefrère (2001), que tiene 1.242 páginas. Que el mismo Lefrère ha publicado (2008) la correspondencia completa: 1.032 páginas. En inglés, la biografía más conocida es la de Enid Starkie (edición original de 1937; ha tenido modificaciones posteriores; la edición española, que es la que tengo, de Siruela, de 1987, lleva una introducción de Starkie de 1960). Dice White de Starkie, que escribe como un novelista, y se permite alguna puntualización. No conozco a fondo la biografía de Starkie, sí la he picoteado, pero si escribe como un novelista, yo me atrevería a enfatizar que lo que ha hecho Edmund White (2008; en español, Lumen, septiembre 2010) es un espléndido ensayo (breve) biográfico, que tiene la perfección de una novela corta: no le falta ni una coma, tampoco le sobra.


El de White, desde luego, es su Rimbaud, un Rimbaud a su manera, desde luego, y subrayando, también, la relación homosexual –White es un escritor militante de la causa- entre Rimbaud y Verlaine, esa complicada, violenta, entregada y apasionada relación, que tuvo sus rifirrafes en París y en Londres y que acabó con olor de pólvora en Bruselas, como es bien sabido, un Verlaine armado y un Rimbaud chapuceramente alcanzado: por aquí al lado supongo que andará esa conmovedora fotografía de un Rimbaud convaleciente y encamado.


Estaba estos días de atrás finalizando este estupendo libro sobre Rimbaud cuando para tomar un autobús urbano me eché al bolsillo de la americana, un alpha mini, un librillo de los que edita Alpha Decay, y que ellos mismos denominan –me encanta la definición tan precisa- “capsulas literarias portátiles de lectura instantánea”. La cápsula era un relato de Poe titulado La mascarada de la Muerte Roja, que lleva una introducción casi más extensa que el relato de su traductor Juan Gabriel López Guix; en ese texto, al referirse a la buena fortuna traductora de la obra de Poe se refiere a una primitiva versión española de las célebres Nuevas historias extraordinarias (conservo de la biblioteca convenientemente arrapiñada de mi padre una edición de bolsillo de la Editorial Juventud: allí leí mi primer Poe: luego vendrían los cuentos completos en traducción de Cortázar, en aquellos dos inolvidables tomos, azules, con una mancha roja: Daniel Gil, de la vieja colección de Alianza Editorial). Pues bien, de aquella primitiva versión López Guix cita una breve nota que el desconocido traductor español antepuso a los cuentos. Una nota que –como marca el tópico- no me resisto a no incluir aquí en su integridad.

Dice así: “En la noche correspondiente al 6 de junio de 1849, un hombre mortalmente ebrio fué recogido de una calle de Baltimore y conducido al hospital, donde falleció al segundo día, mártir de esa horrible dolencia denominada combustión espontánea. Aquel hombre era Edgar Allan Poe, el soberano cantor de Leonor y Ligeia, el magnífico poeta, visionario, el narrador sorprendente é incomparable de lo sobrehumano, de lo maravilloso y de lo terrible”.

Fué, é: las tildes, antes conocidas como acentos, se conservan como esencia de época.

Baltimore: Regalarse uno mismo, estas próximas e inmediatas fiestas –nos vemos después de Reyes, que lo pase bien el que esté ahí al otro lado, leyendo estas líneas, incluso quien las esté desleyendo: paz para todos-, la última temporada de The Wire.

Ligeia, el relato de Poe: leí los Poe de Cortázar, a finales de septiembre de 1975, cuando los últimos fusilamientos del Caudillo, cuando éste se acatarró un 1 de octubre en la Plaza de Oriente por contar judeo-masones y ya no se levantó de la cama, y yo estaba en una playa solitaria alicantina paseando, con uno de los dos tomos bajo el desnudo brazo. Apareció una perra vagabunda, de finales de verano, abandonada, y alguien a mi lado, la (re)bautizó Ligeia. Nos siguió durante unos días. En la televisión, en blanco y negro, la España negra se resistía a desaparecer. Qué telediarios. Y yo con Poe.


En fin, el texto anónimo, incluido por López Guix en ese alpha mini: 70 palabras, 439 caracteres con espacios, 370, sin. Una hermosísima vida breve, incluida esa fascinante expresión combustión espontánea, que no sé si es lo más parecido a un delírium trémens, pero, bueno. Lo que me importa subrayar es que en esas 70 palabras está incluida –con grata expresividad- una vida breve, la de Poe, en ese caso, y esa hermosa vida breve me lleva de nuevo –hace tiempo que me había adentrado, como en mí es costumbre, por una pista forestal- a Rimbaud, a la excelente vida breve que ha escrito Edmundo White.


El Rimbaud, de White, en Lumen, una magnífica recomendación para estas entrañables fiestas (yo suelo leer, a modo de villancico, el cuentecillo de Charles Dickens y me pongo en mi dvd el Plácido, de Berlanga).

A comienzos de esta década que nos deja –y cómo, baldados, y asustados-, Mondadori en colaboración con Penguin sacó una colección que llevaba por título éste precisamente: Vita Breve. Allí aparecieron, que uno recuerde, un Proust, estupendo también, del mismo Edmund White (2001), una Virginia Woolf, de Nigel Nicolson (2002), o un Melville, de Elizabeth Hardwick (2002). Ignoro si salieron más cosas de este estilo, y calado, pero sin duda el Rimbaud de White hubiera cabido en esa colección: Mondadori, Lumen: todo queda en la misma casa.

A mí me gustan mucho estas medidas cuando el autor acierta con ellas. Uno, lector, no necesita mucho más que estas 200 páginas para engolfarse con Rimbaud. Uno, como lector, huye cada vez más de ese tipo de biografías sin pausa y tregua en la que, a la manera anglosajona, todo absolutamente todo está autopsiado con miles de notas y referencias. White, escritor norteamericano gay, sufrió una adolescencia marcada a fuego por su condición, y allí estuvo Rimbaud para sostenerle. Y no se necesita, no, haber tenido una adolescencia complicada, gay o no, para entender cómo se ha acercado –con pasión, con talento- ahora White, a sus sesenta y muchos años a la hora de escribir el original, a ese Rimbaud de su juventud. Y como compartir con él ese Rimbaud que nos acerca con generosidad. Acercar, sí, que no aproximar. Quiero decir, porque su Rimbaud tenga 200 páginas, no quiere decir que nos ofrezca una aproximación al personaje, tan sólo unas pinceladas. Para nada. Aquí está –en 200 páginas- todo el Rimbaud de White. Si me apuran hasta le sobran unas páginas, unas pocas tan sólo en las que White se pone a analizar los textos de sus dos libros esenciales, Las iluminaciones y Una temporada en el infierno.


Yo prefiero al White biógrafo, al White escritor. Se ha escrito mucho –claro está- de la relación entre Verlaine y Rimbaud. Ríos de tinta. Pues bien, me atrevo a decir que el espinazo de esa turbulenta relación tiene perfecta cabida en esta vita breve. Rimbaud lo llena todo, estas páginas y tantas otras (he desempolvado de mi cementerio de papel, el grueso volumen de Starkie, y también rarezas bibliográficas domésticas como los esbozos, los subrayé mucho en su momento, vedlo: verlo o verlo es cuestión de fe, de Ramón Buenaventura y de Lourdes Ortiz), pero también está perfectamente enfocado, a lápiz, como estos dibujos que le hacía Verlaine a Rimbaud,  dibujos, caricaturas, trazo rápido, a lápiz; está perfectamente perfilado digo Verlaine, que tiene gran interés en su complejidad: acaso ser Verlaine resultó más rico en matices que ser Rimbaud, aunque éste muriera joven y como tal fue el elegido de los dioses.


La vida de los dos –juntos- fue, sí, compleja; su relación, difícil: es muy hermosa la carta que le envía Rimbaud a su amigo, cundo éste le abandona, sin un chelín, en Londres y huye a Bruselas, y cómo aquel corre al puerto a verle partir, cómo le hace señas de que desembarque, que regrese, y cómo, cómo… Luego vendrá el asunto de Bruselas. La bala chapucera. El juicio.

El juicio. Inciso. White legítimamente se indigna con las (increíbles) mediciones poco científicas con las  que los médicos, por requerimiento judicial, examinan pene y ano del pobre y humillado Verlaine para periciar la homosexualidad de la pareja. White se indigna del examen de dilatación anal, como prueba pericial, al que someten a Verlaine, pero advierte al lector que no haga muchos aspavientos: cien años después, en 1987, en Inglaterra, en Cleveland, sometieron al mismo examen acientífico de dilatación anal a un montón de niños, pues los servicios de asistencia social suponían que estaban sometidos a abusos sexuales por parte de sus padres. En fin, lo del pene de Verlaine me lleva al del de Carlos Barral. Verán. Cuenta Josep Maria Castellet en su muy interesante libro de perfiles literarios de escritores amigos, Seductores, ilustrados y visionarios (Anagrama, 2010), que en cierta ocasión estando un grupo de amigos con Barral, en la playa de su pueblo tarraconense Calafell, éste les intentó convencer de que el pene salía reforzado, endureciéndolo a golpes contra una roca marítima, y con ello salía reforzada, igualmente, la incipiente virilidad de aquellos jóvenes catalanes de buenas familias todos ellos. Castellet asegura que Barral puso manos (una, es de suponer) a la obra, aunque nadie le secundó. El señor Castellet es un señor mayor, serio, reciente Premio Nacional de las Letras Españolas y si lo dice es porque así sucedió. Yo lo recojo aquí, tal como lo he leído. Sin ningún añadido.


Y volvemos a White. El poeta niño lo deja todo, se aleja de Verlaine, de los amigos, de la vida social y literaria de París –Rimbaud asustaba, desconcertaba-. Y se va a África. A Abisinia. La historia es conocida: aunque White matiza con rotundidad: traficante de armas, sí, de esclavos nunca. El deterioro de la salud. El dolor atroz. El regreso a Marsella. La muerte. La compañía de su hermana. La madre allá, en las Ardenas. Ah, la madre de Rimbaud, qué novela tiene, habría que tachar todo esto y volver de nuevo, a la primera línea, y empezar con la madre. Lo dejamos, basta con decir: ah, la madre de Rimbaud. Ahí están, con más lujo de detalles, valiosísimos, no digo que no, los libros de Charles Nicholl sobre Rimbaud en África (Anagrama, 2001) o el de Alain Borer sobre Rimbaud en Abisinia (Fondo de Cultura Económica, México, 1991) u otro del propio Borer, Rimbaud de Arabia (Ediciones Alfons el Magnànim, Valencia, 1991), y tantos otros, pero permítanme que les diga que son un prodigio de concisión esas últimas páginas abisinias, y cómo aúlla de dolor Rimbaud, el niño poeta que murió queriendo ser –acaso- otro a los 37 años. Otro. La célebre frase de Rimbaud: Je est un autre, “yo es otro”, que igual vale para un roto que para un descosido.




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