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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Vsévolod Garshin: una gozosa recuperación


Gracias a Contraseña, la pequeña editorial aragonesa por su coraje en buscar y descubrir genios olvidados; gracias a José Carlos Mainer, prologuista, por su acertado acercamiento y focalización del tiempo y la figura del apenas conocido en España escritor ruso Vsévolod Garshin (1855—1888); gracias también a la temperada, límpida, y fielmente delicada traducción del original ruso de Sara Gutiérrez; y gracias, finalmente, a ese genio que fue y sigue siendo Vsévolod Garshin que me ha procurado unas horas de lectura inolvidables.

Considerado por el gran Turguénev como uno de sus sucesores naturales en las letras rusas gracias a la originalidad incontestable de su talento, que demostró en una brevísima carrera literaria y vital —se suicidó con sólo 33 años, la edad crítica—, Garshin, nacido en 1855 en Járkov (Ucrania o la pequeña Rusia como se la conocía en su tiempo), en el seno de una familia de barines con antecedentes y consecuentes depresivos —su padre y dos hermanos se suicidaron como él— tuvo una vida marcada por el infortunio de su herencia genética y, tal vez también, por su decisión de alistarse muy joven como voluntario en la guerra ruso turca de la que sin duda alguna volvió con lo que ahora conocemos como shock postraumático debido a las tremendas experiencias que le tocó vivir en ella y que narró magistralmente en su relato Cuatro días, que a su publicación en 1877 obtuvo un éxito instantáneo de crítica y público, empezando a ser considerado junto con Chéjov el relevo de la generación de Tólstoi y, el ya mencionado Turguénev. Tan sólo diecinueve relatos le convirtieron en el escritor más admirado y famoso por sus coetáneos y en una promesa que, desgraciadamente, no se llegó a desarrollar en todo su enorme potencial creativo.

Contraseña ha seleccionado nueve relatos magistrales de este escritor eslavo, representante sobresaliente —y apenas conocido por el lector medio en nuestro país— de la edad de oro de la literatura rusa, para conformar este libro de presentación, titulado La Señal y otros relatos, hermoso desde la portada con una ilustración del gran Alberto Aragón y pleno de la densidad y simplicidad de la prosa de su autor que al lector actual le llamará la atención por su modernidad tanto en la forma como en el contenido. No es de extrañar, porque a diferencia de otros autores rescatados estos últimos años —cuya fosilización es evidente a pesar del tratamiento con bótox de las nuevas traducciones— la obra de Garshin está hecha de ese material inasible que es el genio en estado puro. Su mirada, apenas contaminada, recorre los rasgos característicos de la vida. Los valores que nos muestra son universales, atemporales, a veces dramáticos, y a veces veteados de esa melancólica ironía de la tan traída y llevada alma eslava. Cada relato es un grito de rabia, pero también una declaración de amor al equilibrio universal, a la paz y al entendimiento entre los hombres.

Posiblemente si tuviera que elegir alguno de los relatos —todos ellos absolutas filigranas literarias de enorme perfección— mi opción bascularía entre la salvaje y cruel belleza de Cuatro días, ese monólogo del soldado herido en el campo de batalla y caído junto al enemigo que acaba de matar a golpes de bayoneta que se pregunta de la sinrazón de todo lo que le ha llevado hasta ese momento en que la muerte se arrastra lentamente hacia él durante cuatro días agónicos, y el elogio a la locura y al subjetivismo como vía de redención del protagonista de La flor roja, que encerrado en un vetusto manicomio está empeñado en destruir unas modestas amapolas, que crecen en el jardín de la institución y que para él representan todo el mal que aflige a los seres humanos. Muere logrando su objetivo y creyendo en su locura que ha salvado al género humano de la desgracia.


Ambos relatos, sin duda alguna, están basados en sus propias experiencias como soldado en la guerra ruso-turca el primero, y en su estancia en un manicomio durante dos años a raíz de un episodio psicótico, el segundo. Y ambos reflejan a la perfección su psique atormentada que le hizo gritar al universo a través de unas inolvidables páginas.

La vida de Garshin no fue fácil en ningún momento y su breve obra es tanto un fiel reflejo de las tensiones políticas y sociales de un enorme imperio, gigante de pies de barro, que empezaba a tambalearse, como de una existencia de alguien que nunca logró un proyecto de vida social integrador a pesar de su éxito como literato y el reconocimiento de sus valores. Era un hombre con el alma enferma como lo demuestra esa mirada intensa y desvalida maravillosamente captada en su retrato por el gran pintor ruso de la época, Iliá Y. Repin. Mirada inolvidable que podréis constatar si visitáis el Metropolitan Museum de New York donde se encuentra el cuadro. Inolvidable como esta colección de cuentos irrepetibles que os recomiendo.




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