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El pizarrín

Javier Goñi

Zaragoza gusanera


Déjenme que les diga que ojeo este cartapacio de la revista Turia dedicado al poeta Miguel Labordeta y se me viene a la memoria el chocolate con nata y suizo del Café Niké, calle Requeté Aragonés, entonces, de Zaragoza, mi ciudad, entonces. Miguel Labordeta, poeta postista a su manera, que trató y se carteó con Carlos Edmundo de Ory, y que conoció y trató a Pablo Antoñana, cuando éste, a finales de los cuarenta, estuvo en Zaragoza, en pensiones y facultades. Carlos Edmundo de Ory, Pablo Antoñana, Miguel Labordeta –ahora- caños de una única fuente de los que este pizarrín ha bebido este otoño que nos deja por mera casualidad, o no.


Labordeta con un amigo

Porque hay una geografía de raros y curiosos, andasolos tal vez unos más que otros, y que han confluido, este otoño, en este papel arrugado y confuso. Porque Carlos Edmundo de Ory el otro mes se murió en Francia, porque Pablo Antoñana, que murió el verano de 2009, ha sido recordado por su paisano Miguel Sánchez-Ostiz en una biografía modélica y combativa, y porque Miguel Labordeta, que murió otro día de verano, pero cuarenta años antes que Antoñana, está siendo recordado, estos días, en el último número –el 96- de la revista turolense Turia –Teruel existe, Turia existe.


Miguel Labordeta fue contemporáneo del postismo, ese singular barniz que un puñado de poetas deslenguados y heterodoxos –Carlos Edmundo de Ory, y otros- le pusieron a la más negra baldosa de la posguerra, y lo fue también, aunque más distanciado, del garcilasismo, aquella cosa tan eso de José García Nieto, y otros, y también de la poesía social, aquella arma cargada de futuro, y la poesía, ya se sabe, la carga el diablo, llámese Gabriel Celaya, amigo, y otros. Pero Miguel Labordeta (Zaragoza 1921-1969) fue un poeta diferente, gordo y estupendo (se definió el mismo en una ocasión como “un mamífero bípedo, mono racional, aburrido, escéptico”), que hizo a su aire y a su modo y a su real gana sus libros y sus empresas literarias (fundó la OPI, Oficina Poética Internacional, y la revista Despacho Literario, y cosas más), y mantuvo tertulia abierta, nocturna y noctívaga en el Café Niké, de la calle Requeté Aragonés –entonces-, que desemboca ahora con otro nombre en el Paseo de la Independencia, el Café Niké, el gran café de las comuniones y de las meriendas con chocolate con nata y suizo de las familias de la época de su ciudad natal, Zaragoza. Chocolate con nata y suizo, a media tarde; tabaco, alcohol, sueños y conspiraciones literarias por la noche, en una mesa del fondo, por ahí, no sé: dejó de existir hace tiempo el Café Niké, “de estilo vienés y noviazgo”, como lo recuerda en este número de Turia uno de los supervivientes de aquella tertulia, Fernando Ferrreró, que sitúa allí, en esas mesas de tertulianos letraheridos el “termómetro de la alta temperatura que se disfrutaba en la ciudad”, o –en palabras de Antón Castro en un libro dedicado a Julio Antonio Gómez, poeta, editor, amigo de Labordeta, otro gran personaje, rico y complejo- “el local donde se fraguó una parte de la cultura de la resistencia de la Zaragoza de los 60. La rebeldía soterrada de entonces”.


Julio Antonio Gómez

La rebeldía soterrada de entonces. La de Miguel Labordeta, la de Julio Antonio Gómez, el amigo, el editor, y otros. Julio Antonio Gómez, un personaje legendario , radical y a contracorriente en esa “zaragozana gusanera” –la expresión es de Labordeta que nunca supo, o quiso, alejarse de su ciudad natal y la tomo, aunque se ha repetido mucho, de una antología suya prologada por el Maestro José-Carlos Mainer-, un activista literario que creó revistas, agitó la ciudad, editó a sus amigos, merendaba en el Café Niké con su madre y una criada, tertuliaba con Labordeta, y otros, y andaba siempre paseándose –simpático, gordo, cordial, imponente-, siempre o a veces, con amigos jóvenes, con boxeadores en ciernes, peso pluma, supongo, el peso pesado era él, incluso futbolistas de porvenir y que tuvo que pasar alguna temporada breve en la cárcel de Torrero por escándalo público, esas faltas que venían en los periódicos de la época con las iniciales, hombres mayores sorprendidos en parques públicos con otros hombres, jóvenes de pago o no, amparados todos en la oscuridad penada por la Ley de Vagos y Maleantes, ¡tiempos, aquellos!, esas iniciales que uno, lector de periódicos, todavía recuerda.

Miguel, Julio Antonio, tan iguales y tan distintos –por aquí hay fotos que los muestran-, arrastrando un malditismo que les ponían los otros como esa bola de hierro unida por una cadena al tobillo del preso que aparecían en los tebeos o en las películas cómicas de cine mudo, acharlotadas, sí, pero con mucha acidez; un malditismo, una marginalidad, un olvido, aunque ninguno de ellos, ni los otros, renunciasen a la agitación, a la literatura de espaldas a una ciudad –zaragozana gusanera- que tenía, desde hace unos años ya, la Base americana, y comenzaba entonces a ponerse en marcha el Polo de Desarrollo. La Feria de Muestras que inauguraba el Caudillo. Los años sesenta. Aquellos.

Murió Labordeta el 1 de agosto de 1969, no se levantó de la siesta, los médicos que son poetas sin saberlo –algunos, además, lo son y ejercen- le habían encontrado un aneurisma, esa hermosa palabra atroz, con la que hubiera hecho, sin duda, Labordeta un poema visual, de esos que tanto le gustaban, y aparecen en Los soliloquios, libro póstumo. Su hermano José Antonio Labordeta, que se ha muerto por cierto este otoño, decía entonces, cuando murió Miguel, que éste venía arrastrando ya desde hacía tiempo “una enorme vocación de muerto”.


Si al recordatorio de primera comunión, que se reproduce por aquí cerca, se le pudiera dar la vuelta se comprobaría que pertenece a un niño que por entonces hizo la primera comunión en la Basílica del Pilar y que luego desayunó con la familia –y algunos vecinos- en el Café Niké. Y ese niño, que va ahora, en este accidentado puente del indignante descontrol aéreo, tecleando, letra a letra, el sabor olvidado del chocolate con nata y suizo del Café Niké, siempre ha querido pensar que tal vez la víspera de ese desayuno -la costumbre de la época- hubiera habido en la mesa del fondo tertulia y que hubiera estado, esa noche de humos, alcoholes, sueños y discusiones literarias, Miguel Labordeta, aunque tal vez no, pues por entonces ya iba más, Labordeta, solo, solitario, y escritor, al café Levante, que estaba entonces en el Paseo de Pamplona, cerca de las Facultades; luego se trasladó a una calle cercana, donde está hoy. Al final iba siempre al café de Levante, allí fue la última vez antes de morir. Y apoyado en una mesa, cerca el recado de escribir, un café solo, y un vaso de agua. Y tal vez en ese café, o en otro, o en el cuarto de su casa, la casa de sus padres, escribiera Miguel Labordeta este hermosísimo poema que a mí siempre me pone melancólico y que voy arrastrando, de gaveta en gaveta, de mudanza en mudanza, de papel en papel, procurando no extraviarlo, y que tanto me sigue conmoviendo, incluso ahora que lo estoy copiando:Me registro los bolsillos desiertos

para saber dónde fueron aquellos sueños.
Invado las estancias vacías
para recoger mis palabras tan lejanamente idas.
Saqueo aparadores antiguos,
viejos zapatos, amarillentas fotografías tiernas,
estilográficas desusadas y textos desgajados del Bachillerato,
pero nadie me dice quién fui yo.


Y en este accidentado puente, en el que, usuarios o no, familiares o simplemente indignados ciudadanos, aceptamos sin un (antiguo) estremecimiento la militarización de un colectivo, y además nos parece bien; en este accidentado puente triste –por tantas cosas: pero nadie me dice quién fui yo- y húmedo, frío, uno se refugia en el calor de aquel chocolate con nata y suizo y recorre los libros de Labordeta y de su amigo Julio Antonio Gómez, libros dispersos y olvidados, algunos, pero también reeditados por amigos e instituciones aragonesas, y aquí tengo sus Obras Completas, que no lo son, de 1972, editadas en la mítica colección Fuendetodos, de Ediciones Javalambre, que preparaba el propio Julio Antonio Gómez, y otros: en el bolsín del papel usado alcanzan altos precios: para mi bolsillo, al menos, pero tengo un par de títulos: la edición, preciosa, y otros libros más, en Hiperión, El Bardo, y así, y el número monográfico de Rolde, revista de cultura aragonesa (nº 67-68, enero-junio 1994), y de entre algunos de estos libros, esta tarde, triste, húmeda y gris, aterriza sin sobresaltos, cerca del teclado, un recorte de prensa, un papel que yo debí escribir –yo lo firmo- en otro momento, un papel que –si hay alguien al otro lado ya sabrá perdonar esta injerencia persona- no me resisto a copiar. Un recorte que dice algo así:


Al Café de Levante te llevó tu madre una tarde de febrero, de aquel año en el que, en julio, el Zaragoza le ganó la Copa del Generalísimo al Atlético de Madrid (2-1) y tú obtuviste el primer premio provincial en el concurso escolar de los XXV Años de Paz. Ya verás cómo te gusta, te dijo, y te gustó: novios cariñosos que se rompían al acercarse el camarero; un señor de bigote de fino Imperio leyendo el diario; algunos escribiendo cuartillas como si fueran César González-Ruano, que estuvo en la ciudad y salió, en Heraldo de Aragón, una entrevista a vuelapluma.


La fortuna que fueran a correr esas cuartillas no era excusa como para descuidar el estilo y la elegancia del adjetivo providencial, ése que viene revoloteando, por entre las mesas de mármol, cuando se le necesita. Te gustó el Café de Levante, tu madre yendo por delante, como quien pisa terreno conocido, saludando con una sonrisa amable al camarero, que le había reservado una mesa junto al ventanal, la mejor, dijo, y tu madre sacó del bolso un libro y tabaco, y tú de pie, el cuaderno bajo el brazo, y sin soltar tu plumier, una caja vacía y metálica de Mantequilla de Soria, con tu recado de escribir. Quién sabe si también se traía los papeles y lo de escribir de casa aquel poeta grande y calvo, que quizá esa tarde en que tú te sentiste lo suficiente inspirado como para dar, al poco tiempo, una alegría a tu abuelo, que era afín, por lo de los XXV Años de Paz y otra distinta a tu madre, una alegría literaria, tal vez cargada de futuro, o no. Aquel poeta calvo, al que tu madre conocía de vista, tal vez esa tarde, y si no otra, escribió esos versos que todavía te (re)vuelven:

“(…) Saqueo aparadores antiguos,
viejos zapatos, amarillentas fotografías tiernas,
estilográficas desusadas y textos desgajados del Bachillerato,

pero nadie me dice quién fui yo.”

Miguel Labordeta, y sigo ojeando el último número de la revista Turia.





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