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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

No hay perro que viva tanto


Pues sí, sigo opinando que el Sur, en novela negra, sigue existiendo. La semana pasada os hablé del italiano Carofiglio y ésta lo hago de un español ganador del premio Getafe de Novela Negra con todos los honores. Y desde luego ambos dando sopas con honda a la invasión pirotécnica vikinga. Y en la reseña que nos ocupa sólo ¡doscientas nueve extraordinarias páginas llenas de estilo y contenido!

Y lo digo absolutamente convencido después de leer y releer el magnífico artefacto literario que nos regala Francisco Balbuena en su última novela No hay perro que viva tanto (Edaf, Voz y Tiempo). Una mezcla literaria que asienta sus reales, por un lado, en un costumbrismo a la manera galdosiana pero pasado por la era del twitteo, y por otro, en una historia de venganza, que a mí particularmente, me remite a Dumas y su Montecristo. Cada vez que Andros o Andrés, el protagonista de la historia, da matarile a uno de los que, de una forma u otra, vejaron y llevaron a la muerte, cuando él era un niño azul a su madre ─una hippy devenida en yonki por circunstancias de la vida─, yo, como lector, aplaudo y me congratulo con la misma ¿inocente? perversidad que lo hacía siendo adolescente con cada esbirro que el Conde iba liquidando.

En un panorama literario ambiguo donde nadie intuye porque caminos puede ir la literatura; donde se debate entre el libro en tinta o el virtual, donde los experimentos nocilleros intentan dar pistas y a veces solo dan patinazos, Francisco Balbuena se descuelga con uno de los ejemplos mejor ensamblados de narración clásica y tecnología, apoyado en este caso en el fenómeno de las redes sociales.

Escrito en primera persona con las frases breves, a veces restallantes, que el formato twitter admite, el protagonista va colgando su peripecia en la pantalla de su iPhone. Pero la asunción de este soporte tecnológico no supone una pérdida de calidad literaria, todo lo contrario: Balbuena asume el riesgo y, con enorme conocimiento semántico, dota a cada personaje del libro de un lenguaje diferenciado que resalta la verosimilitud de todos ellos, habitantes de esa corte de los milagros que es el Rastro madrileño, lugar donde se desarrolla la novela. Una novela que huele a tasca, a fritanga, a ropa vieja, a toda clase de chatarra humana y de la otra, que se muestra los domingos y días festivos por las calles que conforman su perímetro, servida eso sí en el aséptico lenguaje de los bits. Enorme plano secuencia virtualmente desestructurado de toda la galería de patologías sociales de la sociedad actual condensadas en el microcosmos urbano del barrio, asistimos a su devenir conveniente distorsionado por la voz del narrador hasta llegar a su final perfecto en su resolución, extraño y patético a la vez.

“Está en la naturaleza de los bits que el conocimiento degenere, que se impongan los prejuicios sobre la ciencia, que reine la entropía”, escribe en Twitter Andrés Ballester, inspector de policía, conocido otrora como Andrés Amador. Un niño índigo que la vida convirtió en lobo: nuestro protagonista. Un hombre de nuestro tiempo, de todos los tiempos, que funde picaresca y tecnología en las líneas que redacta a diario en la pantalla líquida de su iPhone para sus miles de followers. Confieso que leyendo sus adictivos mensajes me he convertido en uno de ellos, de los más fieles.




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